Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casita de techos rojos y ventanas grandes, dos hermanos llamados Lucas y Mateo. Aunque compartían el mismo cuarto y los mismos juguetes, tenían formas muy distintas de despedirse del sol cada noche.
Cuando las sombras se alargaban y la luna asomaba su cara de queso entre las nubes, la habitación de los hermanos se transformaba. Del lado de Lucas, el aire brillaba con una luz azulada y fría. Lucas estaba atrapado en el hechizo de su tablet. Sus dedos se movían frenéticamente, saltando obstáculos digitales y recolectando monedas brillantes. Aunque sus ojos ardían un poquito y sus párpados pesaban como piedras, no podía detenerse. «Solo un nivel más», se decía a sí mismo, ignorando el bostezo que intentaba escaparse de su garganta.
Del otro lado del cuarto, Mateo seguía un ritual diferente. Con calma, se lavó los dientes hasta que quedaron blancos como la nieve, se puso su pijama de dinosaurios y se deslizó bajo las sábanas frescas. Su mamá entró en la habitación, trayendo consigo el aroma de la lavanda y el silencio de la noche.
—Ya es tarde, mis tesoros. Es hora de cerrar los ojos y viajar al mundo de los sueños —dijo mamá con voz suave.
Mateo sonrió, cerró los ojos y, en pocos minutos, ya estaba navegando en un barco de nubes. Pero Lucas, con la pantalla aún encendida, respondió sin mirar:
—Un ratito más, mamá… todavía no tengo sueño, de verdad.
Pasó una hora, y luego otra. El silencio de la casa era total, roto solo por los ruidos electrónicos del juego de Lucas. Finalmente, el sueño lo venció y se quedó dormido con la tablet sobre el pecho, mientras su cerebro seguía saltando entre luces de colores.
A la mañana siguiente, el sol entró saltando por la ventana. El despertador, con su ruidoso «¡Riiiing!», anunció el comienzo de un nuevo día. Mateo saltó de la cama como si tuviera resortes en los pies.
—¡Buen día, mundo! —exclamó con una sonrisa gigante—. Dormí tan bien que siento que puedo volar.
En la cama de al lado, un bulto bajo las mantas se quejaba. Lucas apagó la alarma con un manotazo torpe y murmuró entre dientes:
—Cinco minutos más… por favor… estoy cansadísimo…
Su mamá apareció en la puerta, ya vestida y lista.
—Lucas, anoche no querías dormir y ahora no quieres levantarte. ¡Arriba, que el desayuno se enfría!
Lucas se levantó despacio. Sentía el cuerpo pesado, como si llevara una mochila llena de piedras. Sus ojos estaban rojos y su mente se sentía llena de niebla. Durante el desayuno, apenas probó su leche, mientras Mateo contaba entusiasmado lo que esperaba hacer en la escuela.
Ya en el colegio, las diferencias se hicieron más grandes. En la clase de Geografía, la maestra, la señora Clara, dibujó un mapa en la pizarra y preguntó con entusiasmo:
—A ver, ¿quién sabe cuál es la capital de la provincia de Chubut?
Lucas, sentado al fondo, ni siquiera escuchó la pregunta. Su cabeza se balanceaba suavemente hacia adelante y sus apuntes eran solo garabatos sin sentido. Estaba allí físicamente, pero su mente seguía medio dormida. En cambio, Mateo levantó la mano con decisión.
—¡Yo lo sé, señora Clara! ¡Es Rawson! —respondió con claridad.
—¡Muy bien, Mateo! Se nota que estás muy atento hoy —dijo la maestra con una sonrisa.
Pero el día no terminaba ahí. Por la tarde, los hermanos fueron a la cancha de fútbol del barrio. Era el momento favorito de la semana. Sin embargo, para Lucas, el campo de juego parecía el triple de grande de lo normal. A los pocos minutos de empezar a correr, sus piernas empezaron a temblar.
—No puedo más… no tengo energía… —jadeó Lucas, sentándose en el pasto mientras los demás seguían la jugada.
Mateo, por el contrario, corría como el viento. Recuperaba balones, hacía pases precisos y disfrutaba de cada segundo.
—¡Vamos, Lucas! ¡Levántate! ¡Es divertido! —le gritaba, pero Lucas solo quería una almohada.
Al regresar a casa esa tarde, Lucas se sentó en el sofá, agotado y un poco triste por haberse perdido la diversión. Miró a Mateo, que todavía tenía fuerzas para ayudar a papá a regar las plantas, y luego miró su tablet, que descansaba sobre la mesa.
En ese momento, Lucas comprendió algo importante. La noche no era solo el final del día anterior, sino la preparación para el día siguiente. Entendió que su cuerpo era como una batería que necesitaba cargarse por completo para poder jugar, aprender y disfrutar.
Esa noche, cuando mamá entró a decir que era hora de dormir, no hubo discusiones. Lucas guardó su tablet en el cajón, se puso su pijama y se acostó al mismo tiempo que su hermano.
—¿Ya no quieres un ratito más? —preguntó Mateo sorprendido.
—No —respondió Lucas, acomodando su almohada—. Mañana quiero correr tan rápido como tú.
Dos maneras de pasar la noche resultaron en dos maneras de vivir el día. Y tú, ¿qué vas a elegir hoy? ¿Las luces de la pantalla o la energía para conquistar el mundo?
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