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Gratis · elegí una vozEl 12 de junio del 2001, el sol era un gigante de fuego sobre las calles de tierra de Jinova, un pueblito escondido entre las montañas de San Juan de la Maguana. José Castillo Méndez, un investigador curioso como un gato, llegó al pueblo siguiendo un rumor: un baile sagrado llamado Jucusión. Imaginaba plumas, máscaras y quién sabe qué maravillas.
En la iglesia, silencio. Pero más arriba, entre casas de madera pintadas con cruces verdes, ¡bam!, un sonido alegre: una tambora antigua y un acordeón. José siguió la música como un detective a una pista, hasta que vio un grupo de hombres y mujeres bailando en círculo, ¡bajo la atenta mirada de dos cuadros! Uno era de San Antonio, el santo de los enamorados, y el otro de la Virgen de la Altagracia, la protectora de todos.
Un niño, con los ojos brillantes como canicas, señaló un tercer cuadro. "Ese es el Espíritu Santo", dijo con voz suave. Pero un viejo, arrugado como una pasa, susurró: "No, hijo… esta fiesta es pa’ Olivorio". José, intrigado, sacó su libreta y empezó a tomar notas.
El señor Posendo, con sus 50 años y un acordeón que parecía parte de su cuerpo, explicó que la Jucusión se bailaba dos veces al año: el 21 de enero (día de la Altagracia) y el 13 de junio (San Antonio). "Aquí no se para la música ni pa’ respirar", dijo, mientras sus dedos volaban sobre las teclas, creando una melodía que era una mezcla de merengue, pambiche y… ¿rezos?
Pero el verdadero sabio era el señor Fello, un hombre de piel curtida por el sol y ojos claros como el cielo. Llevaba 60 años dirigiendo el ritual, ¡sesenta años! Su tambora, hecha de un tronco de guázar de más de 52 años, era como un libro de historia sonoro. Él explicó el origen del pueblo: "Antes le decían Jaquimeye por una mujer que siempre venía, pero el nombre verdadero es Jinova, tierra de Liborio".
El señor José Ureña, con 102 años a cuestas, habló de Olivorio Mateo, el mesías de San Juan. "Él le ordenaba al río: ¡Sécate!, y las aguas se abrían. ¡Hasta resucitó a un muerto dándole una patada al ataúd!", contó con una sonrisa pícara. La gente lo seguía como a un santo, porque curaba enfermos y predicaba una fe que olía a tierra mojada.
La señora María, con la bandera marrón de San Antonio ondeando como un abrazo, explicó: "Las procesiones empiezan siempre por la derecha. Llevamos velas, cruces y santos pa’ que bendigan las casas". Al pasar por cada puerta, recitaban:
"Que el Santísimo bendiga este hogar,
que San Antonio traiga lluvia pa’ la siembra,
y la Virgen guarde nuestras almas."
José Castillo, junto con Eduardo, Deysi, Elisabeth, Jose Luis, Agripina, Gertrudis y Leon, sus compañeros investigadores, observaron con atención. Querían entender el secreto de la Jucusión.
Al amanecer del 13 de junio, el señor Fello se detuvo frente a cada casa. Con un gesto lento, como un mago lanzando un hechizo, trazaba una cruz en el aire y murmuraba: "Que Dios parta el agua en esta tierra". Era un rito antiguo, un pacto con lo divino para alejar la sequía, para que la tierra no se secara y las plantas pudieran crecer.
En una esquina, Rafael el tamborero golpeaba su instrumento con una furia sagrada. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Cada golpe era un latido del corazón de Jinova. "¡Esto es el cielo, hombre! ¡Ni el padre puede pararlo!", gritó con los ojos cerrados, sintiendo la música en cada célula de su cuerpo. Se refería al cura del pueblo, que no entendía la Jucusión y la prohibía en la iglesia. Pero el pueblo bailaba igual, porque, como decían, "Liborio es parte de Dios".
José y su equipo descubrieron cosas asombrosas:
1. El Camino de la Cruz: Las procesiones seguían un orden estricto. Primero, el portador de la bandera, luego las velas, el santo y las cruces. Era como seguir un mapa invisible.
2. Los Altares Secretos: En las casas había pequeños altares con imágenes de San Antonio, la Virgen y San Martín de Porres (a quien llamaban "el Niño Espíritu Santo"). Cada altar era un pequeño jardín de fe.
3. Los Colores de la Fe: Las mujeres vestían de marrón con lazos blancos, como el color de la tierra y la pureza. El azul era para la Altagracia, como el color del cielo que la protege.
4. Los Instrumentos Sagrados: El acordeón, la tambora, la güira y la marimba tejían el sonido de la Jucusión, un merengue rezado que elevaba el espíritu. Era como una conversación con el cielo.
Pero el último secreto fue el más sorprendente. Antes de irse, el señor Fello se acercó a José y le dijo en voz baja: "Esto no es solo baile. Es misiones de fe, como las de Ramoncito el Cojo, que recorría estos campos con los santos hace cien años".
Y así, bajo el cielo brillante de Jinova, José entendió que la Jucusión no era solo música y baile. Era la memoria viva de Olivorio, un río que no se secaba, un muerto que resucitaba al compás de la tambora. Era la fe de un pueblo que bailaba para que la lluvia no faltara y la vida continuara floreciendo.
Nota final: Esta crónica se basa en los registros de José Castillo Méndez y sus investigadores empíricos (2001), quienes documentaron la Jucusión antes de que el tiempo la borrara. Hoy, Jinova sigue bailando para que la lluvia no falte.
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