Cuento corto para niños

El Secreto de la Laguna Siguacinsa y la Piedra del Diablo

La historia cuenta la leyenda del dios muisca Fu, quien desesperado por los perseguidores, abandonó la Laguna Siguacinsa y arrojó una enorme piedra, hoy conocida como la Piedra del Diablo. Años después, la laguna se convirtió en un centro de culto, y luego, la Isla del Santuario fue un refugio para la bohemia antes de transformarse en un observatorio. La historia entrelaza mitos muiscas, fe religiosa y la belleza natural de la región.

A partir de: Cuenta la leyenda que un día, desesperado por los perseguidores de los muiscas, abandonó el lecho de la laguna en medio de espantosos rugidos y escaló una montaña para arrancar una enorme piedra que cargó sobre sus espaldas. Sin darse cuenta caminó tanto que lo sorprendió la luz del día; preso de la angustia el dios Fu arrojó la piedra en medio del camino que conduce a Sutatausa y que hoy es llamada la piedra del diablo . También, dicen las crónicas, la laguna Siguacinsa nombre como la conocían los indígenas naturales de la zona fue un importante centro de culto donde se ofrecían sacrificios a los dioses y ceremonias rituales para pedir dones o virtudes. 2. El templo de San Isidro, esa construcción elaborada en rafa y teja no solo se destaca por el pequeño campanario que data de la época de fundación del municipio. Hace poco, en Semana Santa, apareció en el altar la imagen del Divino Rostro. Esto ha incitado a miles de creyentes a acudir a la iglesia en busca de milagros. 3. Siendo adolescente Antonio María Domingo Ferro más conocido como El Jetón Ferro visitó la Laguna de Fúquene y en una barquita llegó hasta la Isla del Santuario, cuya belleza natural lo impresionó hondamente. Cuando se gradúa de bachiller su padrino Danilo Sánchez le regala la isla. El, poeta, ferviente partidario del liberalismo y amante de la caza de patos, la convierte en una de las sedes de la bohemia en los años 30 y 40. Hoy en día, este paraíso es un observatorio geomagnético de una empresa norteamericana.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Cuenta la leyenda que, hace mucho, mucho tiempo, cuando los muiscas gobernaban estas tierras, el dios Fu, protector de la Laguna Siguacinsa, se vio desesperado. Los guerreros enemigos lo perseguían sin descanso, queriendo apoderarse de las riquezas de su laguna sagrada. Con el corazón lleno de angustia, Fu abandonó el lecho de la laguna en medio de espantosos rugidos que hicieron temblar la tierra. Escapó a toda prisa, buscando un lugar seguro para proteger a su gente.

Escaló una montaña altísima, con sus pies hundidos en la tierra y sus manos agarradas a las rocas. En la cima, encontró una enorme piedra, más grande que una casa, que parecía dormir. Con un esfuerzo sobrehumano, Fu la arrancó de la montaña, cargándola sobre sus anchas espaldas. Era una carga pesada, pero el amor por su pueblo le daba fuerzas.

Sin darse cuenta, caminó tanto que lo sorprendió la luz del amanecer. El sol, con sus rayos dorados, lo delató. Preso de la angustia, el dios Fu arrojó la piedra con todas sus fuerzas en medio del camino que conduce a Sutatausa. La piedra cayó con un estruendo ensordecedor, dejando una huella profunda en la tierra. Desde entonces, esa enorme roca es conocida como la "Piedra del Diablo", un recordatorio del escape desesperado del dios Fu.

Pero la historia no termina ahí. Dicen las crónicas que la laguna Siguacinsa, nombre como la conocían los indígenas naturales de la zona, era un lugar mágico. No solo era un espejo de agua azul, sino un importante centro de culto. Allí, los muiscas ofrecían sacrificios a los dioses, no de personas, sino de flores, frutos y objetos preciosos. Realizaban ceremonias rituales para pedir dones, virtudes y la protección de sus cosechas. Sus cantos y danzas resonaban en las montañas, llenando el aire de energía y esperanza.

Años después, mucho después de la partida de los muiscas, se construyó el Templo de San Isidro. Esa construcción elaborada en rafa y teja, con su pequeño campanario que data de la época de fundación del municipio, se convirtió en un lugar de fe para los nuevos habitantes de la región. Un día, durante la Semana Santa, algo extraordinario sucedió. En el altar, apareció misteriosamente la imagen del Divino Rostro. La noticia se extendió como el fuego, y miles de creyentes comenzaron a acudir a la iglesia en busca de milagros y consuelo. Se decía que el Divino Rostro escuchaba las oraciones y concedía los deseos de aquellos que tenían fe en su corazón.

Pero la laguna Siguacinsa no olvidó su pasado mágico. Siendo adolescente, Antonio María Domingo Ferro, más conocido como El Jetón Ferro, visitó la Laguna de Fúquene. En una pequeña barquita, navegó hasta la Isla del Santuario, una isla verde y llena de vida. La belleza natural del lugar lo impresionó hondamente. Quedó fascinado por los pájaros que cantaban en los árboles, por el agua cristalina que reflejaba el cielo y por la paz que se respiraba en el aire.

Años más tarde, cuando se graduó de bachiller, su padrino Danilo Sánchez le regaló la Isla del Santuario. El Jetón Ferro, que era poeta, ferviente partidario del liberalismo y amante de la caza de patos, convirtió la isla en una de las sedes de la bohemia en los años 30 y 40. Artistas, escritores y músicos se reunían allí para compartir ideas, crear obras de arte y disfrutar de la naturaleza. La isla se llenó de risas, música y poesía.

Hoy en día, este paraíso, que una vez fue un lugar sagrado para los muiscas y un refugio para la bohemia, es un observatorio geomagnético de una empresa norteamericana. Aunque su uso haya cambiado, la magia de la Laguna Siguacinsa y la historia del dios Fu siguen vivas en la memoria de la gente. La Piedra del Diablo, el Templo de San Isidro y la Isla del Santuario son testigos silenciosos de un pasado lleno de misterio, fe y creatividad. Y quién sabe, quizás, en una noche de luna llena, aún se puedan escuchar los rugidos del dios Fu protegiendo su laguna sagrada.

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Publicado el 14/04/2026

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Apr 14, 20261150🇪🇸 ES
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