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Abuela Elena suspiró, el dolor la consumía. El cáncer había ganado la batalla. Cerró los ojos, pensando en su hijo, perdido hacía tantos años en el terremoto. De repente, sintió un tirón, un remolino de colores, y… ¡abrió los ojos! No estaba en el hospital, sino en una calle empedrada, rodeada de casas de madera con tejados de alerce. Era Ancud, pero no el Ancud moderno que conocía. Era… 1960. Y se miró las manos. ¡Eran pequeñas! Tenía diez años otra vez, pero con todos sus recuerdos intactos. El terremoto… ¡faltaban pocos meses! Y su hijo, Pedrito, aún era un niño que jugaba en el patio de su casa.
El pánico la invadió. Debía salvarlo. Pero, ¿cómo? No podía simplemente sacarlo de la casa. Algo debía hacer para evitar el fatal accidente. Una voz suave la sacó de sus pensamientos. “¿Necesitas ayuda, niña?” Elena se giró y vio… ¡un Trauco! Era pequeño, con su bastón de madera y su gorro puntiagudo. Elena, aunque asustada, recordó las historias que su abuela le contaba sobre los seres mitológicos de Chiloé.
“Soy… estoy perdida,” mintió Elena. “Quiero encontrar a mi familia.”
El Trauco sonrió, mostrando unos dientes afilados. “Yo te puedo ayudar. Conozco todos los rincones de la isla. Pero a cambio, necesito un pequeño favor…” Elena desconfió. Sabía que los Traucos no eran precisamente bondadosos. “¿Qué clase de favor?” preguntó.
“Solo… un poco de tu tiempo. Para escuchar mis historias,” respondió el Trauco, con una mirada que no le gustó a Elena. Algo no encajaba. Decidió alejarse. Corrió por las calles de Ancud, sintiendo la mirada del Trauco en su espalda. De pronto, tropezó y cayó. Al levantar la vista, vio una figura elegante y brillante: una Pincoya.
La Pincoya, con su largo cabello dorado y su vestido de algas marinas, le extendió una mano. “No confíes en el Trauco,” dijo con voz melodiosa. “Él solo busca engañarte. Yo te ayudaré a encontrar a tu familia.” Elena se sintió aliviada. La Pincoya siempre había sido considerada una protectora de los pescadores y del mar. “¿De verdad me ayudarás?” preguntó Elena, con los ojos llenos de esperanza. “Sí, pero debes seguir mis instrucciones al pie de la letra. El destino es un río caudaloso, y alterarlo puede tener consecuencias impredecibles.”
La Pincoya le explicó que la única forma de salvar a Pedrito era evitar que estuviera en la casa durante el terremoto. Le sugirió que lo llevara a la feria de Castro, al otro lado de la isla, ese día. “El viaje será largo y peligroso,” advirtió la Pincoya. “Pero es tu única oportunidad.” Elena aceptó sin dudarlo. Sabía que debía proteger a su hijo a toda costa. Con la ayuda de la Pincoya, Elena llegó a su casa y convenció a su joven yo (y a sus padres) de hacer un viaje a Castro. Inventó una historia sobre una feria increíble y dulces deliciosos. Su yo de diez años, emocionada, convenció a sus padres.
El día del terremoto, Elena estaba con su hijo, Pedrito, en la feria de Castro. Sintieron el temblor, pero estaban a salvo, lejos de la casa que se derrumbó en Ancud. Elena abrazó a Pedrito con fuerza, sintiendo un alivio inmenso. Había logrado cambiar el destino. Sabía que la Pincoya la había guiado correctamente. De repente, la Pincoya apareció frente a ellos. “Has salvado a tu hijo,” dijo con una sonrisa. “Pero recuerda, cada acción tiene una consecuencia.”
Elena entendió. Aunque había salvado a Pedrito del terremoto, el futuro sería diferente. Pero no importaba. Tenía a su hijo. La Pincoya desapareció en una ola de espuma. Elena miró a Pedrito, quien la miraba con curiosidad. Le sonrió y le tomó la mano. Juntos, enfrentarían el futuro, sin importar lo que les deparara. Sabía que los seres míticos de Chiloé, a pesar de sus intenciones a veces confusas, siempre estarían cerca, velando por la magia de la isla. Y Elena, la niña de Ancud, había aprendido que el amor de una madre es la fuerza más poderosa de todas.
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