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Gratis · elegí una vozEn el corazón de Acacías, Meta, un pueblo lejano bañado por el sol llanero, vivía un niño llamado Samuel. Samuel era un muchacho de espíritu libre, con la piel curtida por el sol y una sonrisa tan brillante como el amanecer en la sabana. Pasaba sus días cuidando de su lindo ganado: vacas de pelaje brillante, terneros juguetones y caballos de crines ondeantes que parecían bailar con el viento. Conocía cada rincón de la finca de su familia, cada árbol de mango y cada arroyo cristalino. Su vida era sencilla, pero llena de la magia del Llano.
Un día, mientras Samuel vigilaba a sus terneros cerca del corral, vio una nube de polvo acercándose por el camino. La curiosidad lo picó y esperó pacientemente a que la nube se disipara. De ella emergió un carro que nunca había visto antes, brillante y reluciente, con ventanas oscuras. El carro se detuvo frente a la entrada de la finca y de él se bajó un niño.
Este niño era diferente a cualquiera que Samuel hubiera conocido. Llevaba una camiseta a rayas, pantalones cortos impecables y zapatos deportivos nuevos. Su cabello estaba perfectamente peinado y sus ojos parecían perdidos en el paisaje. Se acercó a Samuel con una expresión un tanto insegura.
"Hola," dijo el niño, con una voz suave que contrastaba con el fuerte acento llanero de Samuel. "Me llamo Diego. Estoy de vacaciones con mis padres. Nos estamos quedando en la cabaña cerca del río."
Samuel lo miró con desconfianza. Los niños de la ciudad rara vez visitaban Acacías, y mucho menos se acercaban a un niño llanero como él. "Hola," respondió Samuel, con cautela. "Yo soy Samuel. Vivo aquí."
Un silencio incómodo se extendió entre ellos. Diego parecía no saber qué decir, y Samuel no estaba seguro de qué esperar. Finalmente, Diego sacó algo de su mochila. Era una tiza de colores.
"¿Sabes jugar a la rayuela?" preguntó Diego, extendiendo la tiza hacia Samuel.
Samuel frunció el ceño. Nunca había oído hablar de la rayuela. "¿Qué es eso?" preguntó.
Diego sonrió. "Es un juego muy divertido. Te lo voy a enseñar."
Con la tiza, Diego dibujó un diagrama de rayuela en la tierra. Explicó las reglas: lanzar una piedra, saltar en un pie, recoger la piedra y regresar. Samuel observó atentamente, absorbiendo cada detalle.
Al principio, Samuel era torpe. Sus pies grandes y acostumbrados a caminar por el barro no parecían coordinados para saltar dentro de los cuadros. Se tropezaba, se caía y reía de sí mismo. Diego, con paciencia, le mostraba cómo mantener el equilibrio y cómo lanzar la piedra con precisión.
Poco a poco, Samuel empezó a mejorar. Sus saltos se volvieron más firmes, su puntería más precisa. La risa llenaba el aire mientras competían para ver quién llegaba más lejos en la rayuela. Olvidaron sus diferencias y se sumergieron en la alegría del juego.
Pasaron horas jugando bajo el sol llanero. Samuel le enseñó a Diego a silbar como un turpial y a reconocer las huellas de los animales en la tierra. Diego le contó a Samuel sobre la ciudad, sobre los edificios altos, los carros rápidos y los parques llenos de gente.
Descubrieron que, a pesar de venir de mundos diferentes, tenían mucho en común. Ambos amaban la aventura, la risa y la amistad. La rayuela se convirtió en su secreto, en el puente que unió sus dos mundos.
Durante los días siguientes, Diego y Samuel se reunieron todos los días para jugar a la rayuela. Exploraron la finca de Samuel, nadaron en el río y compartieron historias. Se hicieron amigos inseparables.
Pero las vacaciones de Diego llegaron a su fin. El día de la partida, se despidieron con tristeza.
"Voy a extrañarte, Samuel," dijo Diego, con los ojos llenos de lágrimas.
"Yo también te voy a extrañar, Diego," respondió Samuel, sintiendo un nudo en la garganta.
Se abrazaron fuertemente. Diego le regaló a Samuel su tiza de colores como recuerdo.
"Prometo que volveré el próximo año," dijo Diego.
"Te estaré esperando," respondió Samuel.
Diego subió al carro con sus padres y se alejó, dejando una nube de polvo a su paso. Samuel se quedó mirando hasta que el carro desapareció en la distancia.
Samuel regresó a su finca, sintiéndose un poco solo. Pero cuando miró la tiza de colores en su mano, sonrió. Sabía que la amistad que había compartido con Diego era algo especial, algo que duraría para siempre.
Volvió al lugar donde habían jugado a la rayuela y dibujó un nuevo diagrama en la tierra. Saltó y jugó solo, recordando los momentos felices que habían compartido. La rayuela ya no era solo un juego, era un símbolo de su amistad, un recuerdo de que, a pesar de las diferencias, la amistad puede florecer en los lugares más inesperados, incluso en el corazón del Llano. Y Samuel sabía que, aunque Diego estuviera lejos, siempre estarían unidos por el secreto de la rayuela en Acacías.
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