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Gratis · elegí una vozMateo no era un caballero de brillante armadura, ni un mago con poderes increíbles. Mateo era el Guardián de los Dragones, y vivía en una cabaña pequeña pero acogedora al pie del Monte Cinder. Su trabajo era cuidar de los dragones que habitaban las cuevas volcánicas de la montaña. No era un trabajo fácil, pero Mateo lo amaba con todo su corazón. Cada dragón era único, con su propia personalidad y peculiaridades. Estaba Ignis, el dragón rojo que siempre estaba buscando problemas (¡generalmente comida!). Luego estaba Aura, la dragona azul que amaba nadar en los lagos termales y cuya voz sonaba como campanillas. Y finalmente, Sol, el dragón dorado, el más viejo y sabio, que pasaba la mayor parte del tiempo meditando en la cima de la montaña.
Un día, Mateo notó algo extraño. Las escamas de los dragones estaban perdiendo su brillo. Ignis ya no era un rojo fuego intenso, Aura era un azul pálido, y las escamas de Sol parecían opacas y grises. Mateo estaba muy preocupado. "¿Qué está pasando?", se preguntó en voz alta. Consultó todos sus libros sobre dragones, pero no encontró ninguna respuesta. Los dragones también estaban tristes. Ignis ya no tenía energía para jugar, Aura no quería cantar, y Sol parecía aún más silencioso de lo habitual.
Mateo decidió que tenía que averiguar qué estaba pasando. Habló con Sol, quien le dijo: "Mateo, algo ha cambiado en la magia de la montaña. La fuente de energía que alimenta nuestras escamas está debilitándose". Sol no sabía la causa, pero sí sabía que si no se resolvía pronto, los dragones perderían su magia por completo.
Mateo se embarcó en una aventura para descubrir qué estaba causando el problema. Siguió un pequeño arroyo que bajaba de la montaña, esperando encontrar alguna pista. Después de caminar durante horas, llegó a un pequeño pueblo al pie de la montaña. Los aldeanos parecían tristes y preocupados. Mateo se acercó a una anciana que estaba sentada en el porche de su casa.
"¿Qué sucede?", preguntó Mateo. La anciana suspiró. "El río que alimentaba nuestros campos se está secando. No sabemos por qué, pero nuestras cosechas están muriendo". Mateo se dio cuenta de que el problema del pueblo y el problema de los dragones debían estar conectados. El río que se secaba probablemente era la misma fuente de energía mágica que alimentaba las escamas de los dragones.
Mateo siguió el lecho seco del río hasta llegar a una cueva oscura y profunda. Con una antorcha en mano, se adentró en la cueva. Cuanto más se adentraba, más fría se volvía la temperatura. Finalmente, llegó a una gran cámara donde encontró la causa del problema: ¡un grupo de trolls codiciosos estaban desviando el agua del río hacia sus propias minas para buscar oro!
Los trolls eran grandes y feos, con verrugas y dientes afilados. Al ver a Mateo, gruñeron y lo amenazaron. "¡Fuera de aquí, humano! Este oro es nuestro", gritó el troll más grande. Mateo no era un guerrero, pero era valiente. "Están robando el agua del río, y eso está causando que la magia de los dragones se desvanezca y que los cultivos del pueblo mueran", dijo Mateo con firmeza. "¡Deben detenerse!".
Los trolls se rieron de él. "¿Qué vas a hacer al respecto, pequeño humano?", se burló otro troll. Mateo sabía que no podía derrotarlos con la fuerza. Necesitaba usar su ingenio. Recordó que los trolls eran muy codiciosos. "Si dejan de desviar el agua, les mostraré un lugar donde hay mucho más oro", dijo Mateo.
Los trolls se miraron entre ellos, dudando. "¿De verdad?", preguntó el troll más grande. "Sí", dijo Mateo. "Pero tienen que prometer que dejarán de desviar el agua primero". Los trolls finalmente accedieron. Mateo los guio fuera de la cueva y los llevó a un lugar en la montaña donde había una pequeña cascada. Detrás de la cascada, Mateo había encontrado una pequeña veta de oro puro hace mucho tiempo.
Los trolls estaban encantados con el oro. Empezaron a cavar y extraer el oro, olvidándose por completo del río. Mateo rápidamente regresó a la cueva y liberó el río. El agua comenzó a fluir nuevamente, llenando el río y llegando al pueblo. Los aldeanos se alegraron mucho y agradecieron a Mateo por su valentía.
Mateo regresó a la montaña y les contó a los dragones lo que había sucedido. Poco a poco, las escamas de los dragones comenzaron a recuperar su brillo. Ignis volvió a ser rojo fuego, Aura volvió a ser azul brillante, y las escamas de Sol brillaban como el sol. Los dragones estaban felices y agradecidos con Mateo.
Desde ese día, Mateo siguió cuidando de los dragones y protegiendo la montaña. Los aldeanos y los dragones vivieron en armonía, sabiendo que siempre podían contar el uno con el otro. Y Mateo, el Guardián de los Dragones, aprendió que incluso la persona más pequeña puede hacer una gran diferencia, siempre y cuando tenga un corazón valiente y una mente ingeniosa.
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