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Gratis · elegí una vozOctubre había llegado a Puerto Rico, aunque el sol todavía calentaba con ganas. No era el otoño de hojas rojas y doradas como en los cuentos, pero las brisas eran más frescas y las tardes más cortas. En el vecindario de Doña Elena, los niños esperaban con ansias las fiestas de fin de año, pero este año, algo diferente capturaba su atención.
Sofía, Miguel, y Carmen eran los mejores amigos del vecindario. Vivían en casitas coloridas, con patios llenos de matas de plátano y mangó. A Sofía le encantaba dibujar, Miguel era un experto en construir castillos de arena (aunque no hubiera playa cerca), y Carmen era la cuentacuentos del grupo, siempre inventando historias maravillosas.
Un día, mientras jugaban a las escondidas, Sofía notó algo inusual. Las hojas de un flamboyán gigante, el árbol más viejo del vecindario, comenzaban a caer. No eran hojas secas y marrones, como las que había visto en los libros. Eran hojas verdes, casi brillantes, pero caían en abundancia, creando una alfombra suave bajo el árbol.
"¡Miren!" exclamó Sofía, señalando las hojas. "El flamboyán está perdiendo sus hojas. ¡Pero no es otoño aquí!"
Miguel se acercó, tocando una de las hojas. "Es verdad. Están frescas. ¿Qué estará pasando?"
Carmen, con su imaginación desbordante, sugirió: "Tal vez es un mensaje del espíritu del árbol. Quizás necesita algo."
Los tres amigos decidieron investigar. Sabían que Doña Elena, la vecina mayor, conocía todos los secretos del vecindario y, según decían, hasta hablaba con las plantas. Llamaron a la puerta de su casita azul.
Doña Elena, con su pelo blanco recogido en un moño y sus ojos llenos de sabiduría, les recibió con una sonrisa. "¿Qué les trae por aquí, mis niños?"
Sofía le explicó lo que habían visto con el flamboyán. Doña Elena asintió lentamente. "Ah, sí. El flamboyán está sintiendo el cambio de estación, aunque no lo veamos tan claro como en otros lugares. Él siente el llamado del descanso, el tiempo de prepararse para florecer con más fuerza en la primavera."
"¿Pero por qué tira las hojas verdes?" preguntó Miguel.
"Porque él respeta las épocas," respondió Doña Elena. "Él sabe que necesita renovarse, dejar ir lo viejo para dar paso a lo nuevo. Las hojas verdes que caen no son hojas muertas, sino hojas que alimentarán la tierra para que el árbol sea aún más fuerte."
Doña Elena les explicó que, aunque en Puerto Rico no tuvieran un otoño con colores vibrantes, era importante respetar el ciclo de la naturaleza. Les contó historias de cómo los taínos, los antiguos habitantes de la isla, observaban las estrellas y las plantas para saber cuándo sembrar y cuándo cosechar.
"El flamboyán nos está enseñando una lección importante," dijo Carmen, comprendiendo la sabiduría de Doña Elena. "Nos está enseñando a respetar los tiempos de la naturaleza, incluso cuando no los entendemos completamente."
Los niños regresaron al flamboyán con una nueva perspectiva. En lugar de ver la caída de las hojas como algo extraño, lo vieron como un acto de renovación y respeto. Decidieron ayudar al árbol. Recogieron las hojas caídas y las esparcieron alrededor del tronco, asegurándose de que la tierra estuviera bien nutrida.
Durante los siguientes días, los niños observaron cómo el flamboyán se preparaba para el invierno. Aprendieron que, aunque no hubiera nieve ni frío extremo, la naturaleza seguía su propio ritmo. Descubrieron que la verdadera belleza del otoño en Puerto Rico estaba en la sutileza de los cambios, en la brisa fresca, en las tardes más cortas, y en el respeto por el ciclo de la vida.
Jugaron entre las hojas, no como antes, sino con una nueva conciencia. Ya no solo se trataba de esconderse o construir castillos. Ahora, también se trataba de observar, aprender, y respetar el mundo que los rodeaba. El vecindario de Doña Elena, con su flamboyán sabio y sus niños curiosos, se preparaba para recibir las fiestas con un corazón lleno de gratitud y respeto por la naturaleza, entendiendo el secreto de las hojas de octubre.
Con el tiempo, aprendieron que el respeto por las épocas se reflejaba en todas las cosas: respetar a los mayores, respetar las tradiciones, y respetar el medio ambiente. El flamboyán les enseñó que cada época tiene su propia belleza y su propio propósito, y que al respetar esos tiempos, se construye una comunidad más fuerte y unida.
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