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Gratis · elegí una vozOctubre llegó a Puerto Rico, aunque no con los mismos colores que pintaban otros lugares. En el vecindario de Coquí, cerca de la costa, el verde seguía siendo el rey, pero algo mágico estaba a punto de suceder. Los niños del vecindario, Sofía, Miguel y Elena, eran inseparables. Les encantaba jugar a las escondidas entre los árboles de mango y correr por la playa. Pero este año, Octubre trajo consigo un misterio: las hojas. Aunque no eran hojas rojas y doradas como en los cuentos, algunas hojas de almendro comenzaban a caer, tiñendo el suelo de un color ocre suave.
Sofía fue la primera en notar el cambio. "¡Miren! ¡Hojas de otoño!", exclamó, señalando una hoja que flotaba suavemente hasta aterrizar en el suelo.
Miquel, siempre el más curioso, se acercó y la examinó. "Pero no son como las de los libros. Son… ¡cafés!"
Elena, la más observadora, añadió: "Y no hace frío. Todavía podemos ir a la playa a nadar."
A pesar de las diferencias, los niños estaban emocionados. Decidieron que este Octubre sería especial. Crearon su propio juego de otoño. En lugar de saltar en montones de hojas, las recogían cuidadosamente y las usaban para hacer collages. Crearon hermosos paisajes con hojas, arena y pequeñas conchas que encontraban en la playa.
Un día, mientras jugaban, la abuela de Miguel, Doña Carmen, los observaba desde su balcón. Doña Carmen era la persona más sabia del vecindario. Todos la respetaban y acudían a ella en busca de consejo.
"¡Hola, niños!", gritó Doña Carmen. "Veo que están disfrutando del otoño a su manera."
Los niños corrieron hacia ella, mostrando sus collages.
"¡Miren, Doña Carmen! ¡Estamos celebrando el otoño en Puerto Rico!", dijo Sofía con entusiasmo.
Doña Carmen sonrió. "Me alegra mucho verlos respetar las estaciones. Cada época del año es especial, incluso aquí, donde no tenemos inviernos nevados. El otoño en Puerto Rico es diferente, pero no menos hermoso. Es tiempo de preparación, de agradecer por la abundancia y de prepararnos para la brisa fresca que pronto llegará."
Doña Carmen les contó una historia sobre los árboles de almendro. Les explicó que las hojas que caían eran una señal de que el árbol se estaba preparando para dar nuevos frutos. Les dijo que, al igual que los árboles, ellos también debían prepararse para el futuro aprendiendo y creciendo.
"El otoño no solo se trata de hojas de colores", dijo Doña Carmen. "Se trata de respetar los ciclos de la naturaleza, de aprender de ella y de adaptarnos a los cambios. Y ustedes, mis niños, están haciendo eso precisamente."
Las palabras de Doña Carmen resonaron en los corazones de los niños. Se dieron cuenta de que el otoño en Puerto Rico era único y especial a su manera. Decidieron honrar la estación ayudando a Doña Carmen a recoger las hojas caídas para usarlas como abono para su jardín. También se comprometieron a cuidar el vecindario, recogiendo la basura que encontraban en la playa y plantando flores en los jardines.
Con el paso de los días, más hojas comenzaron a caer. El vecindario se llenó de un suave aroma a tierra húmeda y a almendras. Los niños continuaron jugando y aprendiendo, respetando las épocas del año y apreciando la belleza única de su hogar.
Un día, mientras jugaban a las escondidas, Miguel encontró algo brillante entre las hojas. Era una pequeña semilla de almendro. La recogió con cuidado y se la mostró a Sofía y a Elena.
"¡Miren! ¡Una semilla!", exclamó Miguel.
"Podemos plantarla", sugirió Elena.
"¡Sí! ¡Y veremos cómo crece un nuevo árbol de almendro!", añadió Sofía.
Los niños plantaron la semilla con la ayuda de Doña Carmen. La regaron y la cuidaron con esmero. Sabían que tomaría tiempo, pero estaban emocionados de ver cómo la pequeña semilla se convertía en un árbol fuerte y hermoso, al igual que ellos estaban creciendo y aprendiendo en su propio vecindario de Coquí, celebrando el otoño a su manera, respetando las épocas y jugando con alegría.
Y así, Octubre en el vecindario de Coquí se convirtió en una época de aprendizaje, respeto y alegría. Los niños aprendieron que la belleza se encuentra en todas partes, incluso en las cosas más simples, como una hoja que cae. Aprendieron a respetar los ciclos de la naturaleza y a apreciar la singularidad de su hogar. Y, sobre todo, aprendieron que jugar y aprender juntos, con respeto y cariño, era la mejor manera de celebrar cualquier época del año.
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