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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblito bañado por el sol, dos amigos inseparables llamados Mateo y Lucas. Mateo era un chico alegre y risueño, con el cabello como el trigo maduro y ojos que brillaban como estrellas fugaces. Lucas, por otro lado, era más reservado, con una sonrisa tímida y una mirada que escondía un mundo de sueños.
Desde que eran pequeños, Mateo y Lucas compartían secretos, risas y aventuras. Jugaban a las escondidas entre los árboles frutales, construían castillos de arena en la orilla del río y soñaban con viajar juntos a tierras lejanas. Con el tiempo, la amistad de Mateo hacia Lucas se transformó en algo más profundo. Un sentimiento cálido y dulce que lo hacía sonreír sin razón y que lo llenaba de una alegría que no podía explicar. Mateo se había enamorado de Lucas.
Pero Lucas no sentía lo mismo. Para él, Mateo era su mejor amigo, su confidente, su hermano del alma. No veía en Mateo más que una amistad incondicional y un cariño sincero. Mateo lo sabía, pero no podía evitar lo que sentía. Guardaba su secreto en lo más profundo de su corazón, esperando que algún día, tal vez, Lucas pudiera ver el amor que él le ofrecía.
Además, Mateo guardaba otro secreto aún más grande. Un secreto que lo consumía por dentro, que le robaba la energía y que lo hacía sentir cada día más débil. Mateo tenía leucemia. Una enfermedad silenciosa y cruel que lo estaba apagando poco a poco. No quería que Lucas lo supiera. No quería preocuparlo ni lastimarlo. Quería disfrutar de cada momento a su lado, sin que la enfermedad se interpusiera entre ellos.
Un día, Mateo le pidió a Lucas que se mudara con él. Su casa era grande y vacía, y la compañía de Lucas lo haría sentir menos solo. Lucas aceptó encantado. Le encantaba la idea de vivir con su mejor amigo, de compartir risas y confidencias todos los días. Así, Mateo y Lucas comenzaron a vivir juntos. Mateo se esforzaba por ocultar sus sentimientos y su enfermedad. Cocinaba para Lucas, lo acompañaba a sus clases de música, lo escuchaba hablar de sus sueños y aspiraciones. Intentaba ser el mejor amigo del mundo, aunque por dentro se moría de amor y de miedo.
Lucas, por su parte, disfrutaba de la compañía de Mateo. Le encantaba su sentido del humor, su optimismo y su cariño. Poco a poco, comenzó a notar que Mateo estaba más pálido y cansado de lo normal. Le preguntaba si se sentía bien, pero Mateo siempre respondía con una sonrisa y una excusa. Lucas comenzaba a sospechar que algo no andaba bien.
Un día, Lucas encontró un frasco de pastillas en el baño de Mateo. Lo reconoció al instante. Eran medicamentos para la leucemia. El corazón de Lucas se detuvo por un instante. No podía creer lo que estaba viendo. Mateo estaba enfermo, muy enfermo, y no le había dicho nada. Lucas sintió una mezcla de rabia, tristeza y culpa. Rabia porque Mateo le había ocultado la verdad, tristeza por la enfermedad de su amigo y culpa por no haberse dado cuenta antes.
Esa noche, Lucas esperó a que Mateo regresara a casa. Cuando lo vio entrar, lo abrazó con fuerza y le dijo que lo sabía todo. Mateo se quedó sin palabras. No sabía qué decir ni qué hacer. Lucas lo miró a los ojos y le preguntó por qué no le había contado nada. Mateo le explicó que no quería preocuparlo, que quería protegerlo de su dolor. Lucas le dijo que no tenía que protegerlo, que él también quería estar a su lado, apoyándolo en todo momento.
Esa noche, Lucas le confesó a Mateo que él también sentía algo por él. Que durante todos esos años, había estado ciego, que no había visto el amor que Mateo le ofrecía. Le dijo que lo amaba, que quería estar con él para siempre. Mateo no podía creer lo que estaba escuchando. Su sueño se había hecho realidad. El hombre que amaba lo amaba también. Pero su felicidad duró poco. Sabía que su tiempo era limitado, que la enfermedad lo estaba consumiendo rápidamente.
Mateo y Lucas vivieron juntos los últimos meses de la vida de Mateo. Se amaron con intensidad, disfrutando de cada instante como si fuera el último. Paseaban por el parque, se contaban historias, se abrazaban bajo las estrellas. Mateo le enseñó a Lucas a pintar, y Lucas le enseñó a Mateo a tocar el piano. Fueron felices, a pesar de la tristeza que los embargaba.
Un día, Mateo le dijo a Lucas que tenía que irse. Que su cuerpo ya no podía más, que necesitaba descansar. Lucas lo abrazó con fuerza y le prometió que nunca lo olvidaría, que lo amaría para siempre. Mateo sonrió y le dijo que siempre estaría con él, en su corazón. Le pidió que plantara margaritas amarillas en su jardín, para que lo recordara cada vez que las viera. Mateo cerró los ojos y se durmió para siempre, en los brazos de su amado Lucas.
Lucas cumplió la promesa que le hizo a Mateo. Plantó margaritas amarillas en su jardín, y cada vez que las veía, recordaba a su amado Mateo. Recordaba su sonrisa, su alegría y su amor incondicional. Y aunque la tristeza lo embargaba, sabía que Mateo siempre estaría con él, en su corazón, como una margarita amarilla que florece en primavera.
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