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Cuenta la leyenda que, en un pueblito andino rodeado de montañas altísimas y un cielo azul como nunca has visto, vivía una madre llamada Mama Killa con sus dos hijos, Inti y Nina. Mama Killa era una tejedora maravillosa, sus diseños contaban historias de la luna, el sol y las estrellas. Un día, Mama Killa tuvo que viajar al pueblo vecino para vender sus tejidos en el mercado. Antes de partir, les dijo a Inti y Nina: "Mis queridos hijos, tengo que irme por unos días. Deben cuidar bien de la casa y, sobre todo, darles de comer a los cuyes. ¡Son nuestra pequeña fortuna! Pero recuerden, ¡los cuyes comen solo hierba fresca y granos! ¡No se les ocurra darles la comida de los chanchos!".
Inti, el hermano mayor, era muy responsable. Nina, la hermana menor, era curiosa y un poco traviesa. "¡Sí, Mama!", respondieron ambos al unísono. Mama Killa les dio un beso en la frente y partió. Los primeros días, Inti y Nina cumplieron a la perfección. Recogían hierba fresca en el campo y les daban granos a los cuyes. Los pequeños animalitos, con sus pelajes suaves y sus ojitos brillantes, comían con gusto. Pero un día, Nina, mientras observaba a los chanchos revolcarse en el barro, tuvo una idea. "Inti, ¿por qué los cuyes siempre comen hierba y granos? ¡Los chanchos comen cosas mucho más interesantes, como sobras de comida y frutas! ¡Quizás a los cuyes también les gustaría probar algo diferente!".
Inti frunció el ceño. "Mama Killa nos dijo que no les diéramos la comida de los chanchos. ¡Ella sabe lo que es mejor para ellos!". Pero Nina insistió. "¡Pero Inti, solo un poquito! ¡No creo que les haga daño! ¡Será una sorpresa deliciosa!". Inti, a pesar de sus dudas, cedió ante la insistencia de su hermana. Juntos, tomaron un poco de la comida de los chanchos: cáscaras de papa, restos de choclo y algunas frutas podridas. Lo llevaron a la jaula de los cuyes y se lo ofrecieron. Los cuyes, al principio, se mostraron extrañados. Olieron la comida con desconfianza, pero el hambre era grande y, poco a poco, comenzaron a probarla. Para sorpresa de Inti y Nina, ¡parecía que les gustaba! Comieron con avidez, haciendo ruiditos de satisfacción. Los niños, contentos de haberles dado un festín a sus pequeñas mascotas, repitieron la operación al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Cada día, los cuyes comían más comida de chanchos que hierba y granos.
Pero pronto, las cosas comenzaron a cambiar. Los cuyes, antes gorditos y alegres, se volvieron flacos y tristes. Sus pelajes perdieron brillo y ya no corrían y saltaban como antes. Inti y Nina, al ver a sus cuyes enfermos, se sintieron muy culpables. Sabían que habían desobedecido a Mama Killa y que su curiosidad y travesura habían tenido consecuencias. Una tarde, mientras los niños observaban a los cuyes con tristeza, un anciano sabio del pueblo, Don Jacinto, pasó por su casa. Don Jacinto era conocido por su sabiduría y su amor por los animales. Al ver la tristeza en los ojos de Inti y Nina, les preguntó qué sucedía. Los niños, avergonzados, le contaron toda la verdad. Le explicaron cómo habían desobedecido a Mama Killa y cómo le habían dado comida de chanchos a los cuyes, provocando que se enfermaran.
Don Jacinto escuchó con atención y luego les dijo: "Cada animal tiene su propia dieta y necesidades. Los cuyes son animales delicados que necesitan hierba fresca y granos para estar sanos y fuertes. La comida de los chanchos, aunque parezca apetitosa, es demasiado fuerte para sus pequeños estómagos. Pero no se preocupen, aún hay esperanza. Deben volver a darles hierba fresca y granos, y también prepararles una infusión de hierbas medicinales para ayudarles a recuperarse". Inti y Nina, arrepentidos y decididos a enmendar su error, siguieron al pie de la letra las instrucciones de Don Jacinto. Recogieron la hierba más fresca y los granos más nutritivos. Prepararon la infusión de hierbas medicinales con mucho cuidado y se la dieron a los cuyes. Poco a poco, los cuyes comenzaron a recuperarse. Su pelaje recuperó su brillo, sus ojitos volvieron a brillar y volvieron a correr y saltar por la jaula. Cuando Mama Killa regresó del mercado, encontró a sus hijos cuidando de los cuyes con esmero. Los cuyes, gorditos y felices, la recibieron con ruiditos de alegría. Inti y Nina le contaron toda la verdad a Mama Killa, desde su travesura hasta su arrepentimiento y el valioso consejo de Don Jacinto. Mama Killa, aunque al principio se sintió decepcionada, se alegró al ver que sus hijos habían aprendido una importante lección. Los abrazó con cariño y les dijo: "La curiosidad es buena, pero siempre debemos escuchar a quienes saben más que nosotros. Y siempre debemos recordar que cada animal tiene sus propias necesidades y que debemos respetarlas". Desde ese día, Inti y Nina nunca más olvidaron la lección. Cuidaron de los cuyes con amor y responsabilidad, y siempre recordaron el secreto de los cuyes comelones: ¡solo hierba fresca y granos para estar sanos y felices!
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