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Gratis · elegí una vozMateo era un niño muy juguetón. Le encantaba construir castillos de arena en la playa, correr tras las mariposas en el parque y trepar a los árboles más altos. Pero a Mateo no le gustaba ir a la escuela. Prefería mil veces jugar que aprender las letras y los números.
Un día, Mateo decidió no ir a la escuela. Le dijo a su mamá que se sentía mal, aunque en realidad estaba perfectamente sano. En lugar de ir a clase, se fue al parque. Allí, construyó un castillo de arena enorme y precioso, con torres altas y fosos profundos. Estaba tan orgulloso de su creación que invitó a sus compañeros de clase, Sofía, Lucas y Ana, a jugar con él.
Cuando Sofía, Lucas y Ana llegaron al parque después de la escuela, encontraron a Mateo muy entretenido con su castillo. "¡Miren! ¡Qué castillo tan increíble!" exclamó Sofía. Mateo sonrió con orgullo. Pero pronto, la alegría se desvaneció. Mateo, en su entusiasmo por jugar, comenzó a comportarse de manera muy egoísta. No dejaba que Sofía pusiera banderas en las torres, le quitaba la pala a Lucas y empujaba a Ana cuando intentaba ayudar a construir los muros del castillo.
"¡Es mi castillo! ¡Yo lo construí!" gritaba Mateo cada vez que alguien intentaba participar. Sofía, Lucas y Ana se sintieron muy tristes y decepcionados. No entendían por qué Mateo se comportaba así. Siempre había sido un poco travieso, pero nunca tan malo.
"Mateo, no seas así. Queremos ayudarte a construir el castillo," dijo Sofía con suavidad. Pero Mateo no escuchó. Siguió gritando y empujando, hasta que, finalmente, Lucas, que era el más tranquilo de los tres, dijo: "Mateo, si vas a seguir comportándote así, no vamos a jugar contigo."
Sofía y Ana asintieron en señal de acuerdo. Estaban muy dolidas por la actitud de Mateo. Sin decir una palabra más, los tres amigos se alejaron y se sentaron bajo un árbol a jugar a las cartas. Mateo se quedó solo, mirando su castillo de arena. Al principio, se sintió victorioso. "¡Ahora el castillo es todo mío!" pensó. Pero pronto, la soledad lo invadió. Ya no era tan divertido construir el castillo solo. No tenía a nadie con quien compartir su creación, ni a nadie a quien molestar.
Pasó el tiempo, y Sofía, Lucas y Ana seguían jugando a las cartas, riendo y divirtiéndose. Mateo los observaba desde lejos, sintiéndose cada vez más miserable. Se dio cuenta de que había cometido un error muy grande. Había preferido jugar a ir a la escuela, y ahora, además, había ahuyentado a sus amigos con su mal comportamiento. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Mateo lloró amargamente. Lloró por haber faltado a la escuela, por haber tratado mal a sus amigos, y por estar solo. Después de un rato, se secó las lágrimas y tomó una decisión. Sabía que tenía que hacer algo para arreglar las cosas. Con el corazón lleno de arrepentimiento, se acercó a Sofía, Lucas y Ana.
"Chicos," dijo con voz temblorosa, "lo siento mucho. Me porté muy mal. No debí gritarles ni empujarlos. Estaba emocionado por el castillo, pero eso no justifica mi comportamiento. ¿Me perdonan?" Sofía, Lucas y Ana se miraron sorprendidos. No esperaban que Mateo se disculpara. Pero al ver la sinceridad en sus ojos y el arrepentimiento en su rostro, sintieron compasión.
Sofía fue la primera en hablar. "Mateo, todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos. Te perdonamos." Lucas y Ana asintieron en señal de acuerdo. Mateo sintió un gran alivio. "Gracias, chicos," dijo. "Prometo que no volverá a pasar. Y mañana mismo volveré a la escuela."
Sofía, Lucas y Ana sonrieron. Sabían que Mateo decía la verdad. Juntos, terminaron de construir el castillo de arena, esta vez trabajando en equipo y ayudándose mutuamente. Mateo aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que ir a la escuela es importante, pero que la amistad y el buen comportamiento son aún más importantes. Y aprendió que pedir perdón es un acto de valentía que puede reparar incluso los errores más grandes.
Al día siguiente, Mateo fue a la escuela con una sonrisa. Saludó a sus compañeros y les dio las gracias por haberlo perdonado. A partir de ese día, Mateo siguió yendo a la escuela y se esforzó por ser un buen amigo. Y aunque todavía le gustaba jugar, siempre recordaba la lección que había aprendido en el parque, junto al castillo de arena. Y todos vivieron felices para siempre.
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