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Mateo llegó al patio de recreo con la mochila saltando en su espalda. Estaba emocionado por jugar al fútbol con Pedro y sus amigos. ¡Era viernes, y los viernes siempre jugaban un partido épico!
Pero hoy, algo era diferente. Cuando Mateo se acercó, Pedro levantó una mano. "Lo siento, Mateo," dijo Pedro, con una mirada que no parecía muy sincera. "Hoy solo jugamos nosotros."
El corazón de Mateo se hundió. Se sintió como si le hubieran dado un balonazo en el estómago, ¡pero sin balón! Se quedó allí, parado, mirando cómo Pedro y sus amigos comenzaban a pasar el balón entre ellos, riendo y corriendo. Se sintió ofendido, excluido, como si fuera invisible.
Respiró profundo tres veces, como le había enseñado su abuela cuando se sentía triste o enojado. Uno, dos, tres… El aire llenó sus pulmones y lo ayudó a calmarse un poco. Sabía que quedarse allí, con los hombros caídos, no lo haría sentir mejor. Así que, decidió que buscaría otra cosa que hacer.
Se alejó de la cancha de fútbol, con la cabeza gacha al principio, pero luego la levantó. ¡El patio era grande! Había muchos otros niños y niñas jugando a diferentes cosas. Vio a Sofía y a Lucia saltando a la cuerda, a Carlos dibujando con tiza en el suelo y a Elena leyendo un libro bajo la sombra de un árbol.
Mateo se acercó a Sofía y Lucia. "¿Puedo jugar con ustedes?" preguntó, sintiéndose un poco nervioso.
Sofía y Lucia se miraron y sonrieron. "¡Claro!" dijo Sofía. "Justo estábamos pensando en turnarnos para saltar doble."
Mateo nunca había saltado doble antes, pero estaba dispuesto a intentarlo. Lucia le explicó cómo hacerlo, y después de algunos intentos fallidos, logró saltar la cuerda dos veces seguidas. ¡Se sintió muy orgulloso! Se unió a las risas y los saltos, olvidándose por completo de Pedro y sus amigos.
Después de un rato, se cansó de saltar y vio a Carlos, aún concentrado en su dibujo. Se acercó y vio que estaba dibujando un enorme dragón con alas de colores.
"¡Wow, Carlos! ¡Qué dragón tan impresionante!" dijo Mateo.
Carlos sonrió. "¿Te gusta? Estoy dibujando un dragón que escupe arcoíris."
"¡Genial! ¿Puedo ayudarte?" preguntó Mateo.
"¡Claro! Puedes dibujar las escamas," dijo Carlos, ofreciéndole una tiza de color verde.
Mateo y Carlos trabajaron juntos en el dragón, añadiendo escamas, fuego de arcoíris y hasta un castillo diminuto en la punta de la cola. Se divirtieron mucho inventando la historia del dragón y cómo protegía el castillo.
Cuando sonó la campana para volver a clase, Mateo se sentía mucho mejor. Había pasado un recreo divertido, haciendo nuevos amigos y descubriendo cosas que nunca había hecho antes. Se dio cuenta de que no necesitaba jugar al fútbol con Pedro y sus amigos para ser feliz. Había un mundo lleno de posibilidades y amigos esperando a ser descubiertos.
De camino a la clase, vio a Elena, aún sentada bajo el árbol, leyendo su libro. Se acercó y le preguntó de qué trataba.
Elena le contó sobre la historia de una niña que viajaba por el mundo en busca de aventuras. Mateo se sintió fascinado y prometió que la próxima vez le pediría prestado el libro.
Al día siguiente, Mateo llegó al patio de recreo sabiendo que, pasara lo que pasara, encontraría algo divertido que hacer. Vio a Pedro y sus amigos jugando al fútbol, pero esta vez no se sintió ofendido. Les sonrió y siguió su camino.
Ese día, saltó a la cuerda con Sofía y Lucia, dibujó un barco pirata con Carlos y leyó un capítulo del libro de Elena. Descubrió que la amistad y la diversión se encontraban en muchos lugares diferentes, y que la clave era estar abierto a nuevas experiencias y a conocer gente nueva.
Mateo aprendió una gran lección: que la verdadera amistad no se impone, sino que se comparte con aquellos que te valoran y te aceptan tal como eres. Y que, a veces, un pequeño rechazo puede abrir la puerta a un mundo de posibilidades aún más emocionantes.
Desde ese día, Mateo siempre buscó la sonrisa compartida, la alegría de jugar con quien realmente quería compartir su tiempo y su amistad. Y descubrió que, al final, el patio de recreo era un lugar mágico lleno de amigos esperando a ser descubiertos, solo hacía falta estar dispuesto a buscarlos.
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