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Gratis · elegí una vozImagina salir todos los días al campo con ese aire fresquito y los hermosos sonidos de la naturaleza, ver todo limpio y puro sin amargura. Eso era una realidad para la gente de mi pueblo. Todos los días salíamos a sacar agua del río para el desayuno, y en la tarde nos encantaba ver los atardeceres. Todos los domingos había una gran feria en la plaza donde vendían juguetes tallados de madera, telas de seda y, lo que nunca podía faltar, las joyas de oro que fabricábamos hechas con amor y paciencia. Éramos reconocidos como los mejores orfebres de la ciudad. Nuestra pequeña mina nos daba frutos cada año. Nunca nos faltó nada gracias a ella; era nuestro mayor tesoro.
Todos los años, como tradición, realizábamos pagos a la tierra para que nuestro pueblo prospere y la naturaleza nos dé sus hermosos bosques. Pero no todo fue color de rosas. Los demás pueblos tenían cólera de nosotros. Murmuraban diciendo… En especial el pueblo… los Umbros.
Siempre murmuraban… hasta que un día planearon realizar una invasión hacia nuestra mina, durante la media noche.
Esa noche yo tenía un fuerte dolor en el pecho. Me levanté y fui a la cocina por una taza de agua. Escuché una voz; era del gobernador de ese pueblo. ¡Pero por qué está aquí! No soporté más y salí a ver. Me quité los zapatos y salí lentito para no hacer ruido. ¡Lo vi! ¡Estaban explotando nuestra mina! Salí corriendo hacia la casa del dirigente. Toqué la puerta con desesperación. Felizmente me abrió. Le conté lo que había visto. Inmediatamente salió corriendo con una escopeta en la mano y me dijo: “Pequeña, no vengas, quédate aquí por favor. No quiero que te pase nada”. Pero no pude aguantar. Pensar que nuestra mina iba a ser destruida por hombres malvados me partía el corazón en pedazos. Tomé fuerzas y salí corriendo hacia la plaza. En el camino vi cómo explotaban nuestra minita de oro. Con dolor seguí mi camino, pero en mis pensamientos me decía: “No lo puedo permitir, no puedo. ¡Si tan solo pudiera hacer algo para salvar mi minita!”. Hasta que escuché una voz desde arriba que decía: “Suyay, Suyay”. Rápidamente miré al cielo, pero no veía nada. Con miedo seguí corriendo, sin embargo, la voz seguía llamándome. Tomé valor y dije: “¿Quién eres?”. “Soy la Naturaleza. La Madre Tierra me mandó para decirte que no sientas miedo, pequeña. Tu hermosa minita no será destruida. Yo me encargaré de que eso no pase. Ve, sigue tu camino, al llegar párate al medio de la plaza y alerta a todos sobre lo que está ocurriendo”. Corrí con todas mis fuerzas, hice lo que me dijo la Naturaleza.
Rapidamente todos salieron de sus casas con armamentos, hacia la mina. Yo estaba cada vez con más miedo, aun así saqué valor y fui junto a ellos. Al llegar vimos al dirigente en el suelo herido, sin fuerzas. Rápidamente llamé a mi hermana, lo llevamos a la casa para curarlo, pero ya era muy tarde, él ya no estaba con nosotros. Nuestro pueblo estaba en una lucha interminable y ya iba a amanecer, pero los Umbros no se rendían.
Hasta que llegó un gran terremoto, como un milagro del cielo, partió la tierra por la mitad. Los Umbros se fueron como unos fantasmas rápidamente. Yo y mi hermana salimos de la casa a ver, con lágrimas en los ojos solté una gran sonrisa que no cabía en mi rostro. Mi mina… ¡estaba intacta! No tenía daño alguno. Aun así, la pesadilla no había terminado, nuestro bello pueblito estaba destruido por el terremoto. Rápidamente mi expresión cambió. Mi hermana se acercó y me dio un fuerte abrazo. Me dijo:
“Suyay, no estés triste, podemos reconstruir todo de nuevo. No olvides que tenemos a la Madre Tierra, ella nos ayudará”.
Al día siguiente salí temprano, subí a un pequeño cerrito mirando las nubes. Empecé a recordar con nostalgia nuestro hermoso pueblito. Me vino el recuerdo de las palabras de la Naturaleza. Miré al cielo y dije: “Gracias, Madre Tierra. No sé qué sería de nuestro pueblito sin ti. Yo sé que tú nos ayudarás a reconstruir cada rinconcito de nuestro hogar”. Una brisa tibia me envolvió suavemente y me dijo: “Yo siempre estaré contigo y tu pueblo”. Era la Madre Tierra. Empecé a preguntarle por qué los demás pueblos no son como el nuestro. Con una voz suave me dijo:
“Ustedes protegen mis arbolitos, no los talan para fabricar cosas materiales, ni explotan su minita con maldad y ambición, no me echan fertilizantes para producir más frutos, me tratan con cariño.
Tu y tu pueblito se merecen esto y mucho más. Recuerda que siempre yo estaré con ustedes, nunca los dejaré de lado”.
Ese día fue inolvidable. Empezamos a reconstruir nuestro hogar y todo volvió a ser como antes. A pesar de la gran pérdida que tuvimos, seguimos adelante.
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