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Verónica, o Vero como le gustaba que la llamaran, tenía once años y una coleta que siempre se escapaba de la goma. Le encantaba trepar al viejo árbol de manzanas del parque, un árbol retorcido y lleno de historias que solo ella parecía entender. Un día, mientras estaba sentada en una de sus ramas favoritas, mordisqueando una manzana verde y agria, vio a un niño nuevo en el parque. Estaba solo, mirando al suelo y pateando una piedrita. Vero, con su espíritu aventurero, no pudo evitar sentir curiosidad.
“¡Hola!”, gritó desde su atalaya, la voz resonando entre las hojas. El niño levantó la vista, sorprendido. Tenía el pelo castaño revuelto y unos ojos grandes y marrones que parecían esconder un secreto.
“Hola”, respondió tímidamente.
“¿Eres nuevo por aquí?”, preguntó Vero, bajando cuidadosamente del árbol.
El niño asintió. “Me llamo Mateo. Acabamos de mudarnos”.
Vero sonrió. “Yo soy Vero. Y este es mi árbol. Bueno, es el árbol de todos, pero yo lo cuido”. Le extendió la manzana mordisqueada. “¿Quieres?”.
Mateo la miró con desconfianza. “Ya la mordiste”.
Vero se encogió de hombros. “Por eso es más rica”.
Mateo sonrió por primera vez, mostrando unos dientes blancos y un poco separados. Tomó la manzana y le dio un pequeño mordisco. “No está mal”.
Desde ese día, Mateo y Vero se hicieron inseparables. Pasaban las tardes jugando en el parque, explorando los recovecos del bosque cercano y contándose secretos bajo el árbol de manzanas. Vero, con su energía desbordante, arrastraba a Mateo a sus aventuras. Le enseñó a trepar al árbol, a reconocer las diferentes aves que anidaban en él y a contar historias inventadas sobre las formas que veían en las nubes.
Pero Vero tenía una forma peculiar de llamar a Mateo. Le decía “Niñoo”, con una "o" alargada y burlona. Al principio, Mateo se enfadaba un poco, pero luego se acostumbró. Sabía que era la forma en que Vero demostraba su cariño.
Un día, mientras estaban sentados bajo el árbol, Vero le preguntó a Mateo: “Niñoo, ¿qué quieres ser cuando seas grande?”.
Mateo se quedó pensando un momento. “No lo sé. Tal vez un inventor. O un explorador. ¿Y tú?”.
Vero sonrió. “Yo quiero vivir aquí, en el parque, y cuidar del árbol para siempre”.
Mateo la miró con seriedad. “Eso es imposible, Vero. Creceremos y tendremos que hacer otras cosas”.
Vero se sintió un poco triste. Sabía que Mateo tenía razón, pero no quería que nada cambiara. Quería seguir jugando con él bajo el árbol de manzanas, seguir contándole secretos y seguir llamándolo “Niñoo”.
Con el tiempo, los dos fueron creciendo. Ya no pasaban tanto tiempo en el parque, pero siempre encontraban un momento para reunirse bajo el árbol de manzanas. Hablaban de sus sueños, de sus miedos y de sus primeras experiencias con el amor. Vero se dio cuenta de que, aunque le gustaban otros chicos, nadie la hacía sentir como Mateo. Su “Niñoo” era especial, un amigo incondicional, alguien que la entendía sin necesidad de palabras.
Un día, cuando tenían dieciséis años, Mateo le regaló a Vero una pequeña caja de madera. Dentro había una manzana de arcilla, pintada de verde y rojo. “La hice yo”, le dijo tímidamente. “Para que siempre te acuerdes de nuestro árbol”.
Vero sintió que su corazón latía con fuerza. Abrazó a Mateo con fuerza y le susurró al oído: “Gracias, Niñoo”.
Ese día, bajo el árbol de manzanas, Vero y Mateo se dieron su primer beso. Fue un beso dulce y torpe, pero lleno de amor y de promesas.
Pasaron los años, y Vero y Mateo siguieron juntos. Estudiaron en la misma universidad, viajaron por el mundo y cumplieron sus sueños. Él se convirtió en un famoso inventor, y ella en una reconocida botánica, especializada en la conservación de árboles antiguos.
Un día, Mateo le propuso matrimonio a Vero bajo el mismo árbol de manzanas donde se habían conocido. Vero, con lágrimas en los ojos, aceptó. Y cuando se casaron, plantaron un pequeño manzano en su jardín, un símbolo de su amor eterno.
Y aunque Mateo ya no era un “Niñoo”, para Vero siempre lo sería. El niño que conoció bajo el árbol de manzanas, el niño que la había enseñado a amar y a creer en la magia de la amistad. Y vivieron felices para siempre, recordando siempre el secreto del árbol de manzanas.
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