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Suspiro. No sé por qué te cuento esto, nada. Quizás porque eres lo único que me escucha sin juzgar. Quizás porque necesito sacarlo, después de tanto tiempo. Es gracioso, ¿verdad? Huir así… como si fuera una película.
Verás, cuando estás a punto de entrar a la universidad, todo el mundo te pregunta lo mismo: "¿Qué vas a estudiar? ¿Qué quieres ser?". Y yo… yo no tenía ni idea. Sabía en qué era buena: dibujar, escribir, escuchar a la gente. Y en qué no: matemáticas, hablar en público, seguir instrucciones complicadas. Pero incluso sabiendo eso, sentía que cualquier cosa que eligiera me parecería igual. Los mismos días cansados y aburridos, existiendo por un deseo que ya no se sentía mío. Era como si estuviera viviendo la vida de otra persona.
Un día, simplemente me derrumbé. No fue nada llamativo, ni dramático. Solo una revelación silenciosa en medio de la madrugada, en mi pequeño apartamento alquilado. Me di cuenta de que no quería seguir así. No quería pasar el resto de mi vida sintiéndome vacía.
No tuve que pensarlo mucho. Más bien, no quería pensar en ello. Solo tomé mis cosas, todos mis ahorros de los trabajos que había tenido hasta ahora como mesera, niñera y hasta paseadora de perros. Tomé el primer avión que encontré. No importaba a dónde. Solo quería escapar.
Horas después, estaba en un pequeño pueblito rodeado de bosque. El aire era fresco y olía a pino. Y el atardecer… el atardecer era el más hermoso y puro que había visto en mi vida. El sol se hundía detrás de los árboles, pintando el cielo de naranja, rosa y morado. Era como si el universo me estuviera dando la bienvenida.
Cuando llegué, sentí una oleada de sentimientos que no pude nombrar. Miedo, claro, pero también… esperanza. Una sensación extraña de libertad. Caminé con mi maleta hasta lo que parecía la comisaría. Era una casita de madera con una bandera ondeando en el viento.
Un oficial me recibió. Era un joven de rostro amable y enérgico, que parecía de mi edad. Le expliqué, con la voz temblorosa, que había llegado allí sin saber qué más hacer a continuación. Que no tenía un plan. Que solo quería… empezar de nuevo.
Él no se rió, ni me juzgó. Simplemente asintió y me dijo que me entendía. Luego, me llevó con una señora llamada Elena. Ella tenía una pensión cerca de la plaza del pueblo y amablemente me ofreció un cuarto alquilado. Era pequeño y sencillo, pero tenía una ventana con vistas al bosque. Era perfecto.
Lo demás… lo demás pasó rápido. Empecé a trabajar en una pastelería cercana, horneando galletas y pasteles para los habitantes del pueblo. Luego, también ayudé a una de las familias que tenían su negocio de producción de mermelada para el pueblo, recogiendo frutas y etiquetando frascos. Trabajos simples, sí, pero se sentían como una caricia que me hacía olvidar la vida monótona que llevaba antes.
La gente del pueblo era amable y acogedora. Me invitaban a cenar, me contaban historias, me hacían sentir parte de su comunidad. Poco a poco, empecé a sentirme… yo misma. Empecé a sonreír de verdad.
Dos años después, con el dinero que gané y el que tenía ahorrado, me compré una pequeña casita cerca de la parte del bosque donde el atardecer y el amanecer se veían claramente. Era una casa vieja y necesitaba reparaciones, pero era mía. Y la llené de flores y de luz.
Ahora, sentada en el porche de mi casa en la mañana, viendo el amanecer que nunca me canso de ver, me siento en paz. Ya no hay presiones externas ni expectativas que cumplir. El mundo me pedía mucho, pero yo ahora comprendo que lo que soy y lo que hice es suficiente para mí.
Aún recuerdo a mis padres. No me atreví a visitarlos en todos estos años. Una postal y una carta avisando que estaba bien y feliz fue lo único que me atreví a enviarles. Sé que deben estar preocupados, decepcionados. Pero no podía enfrentarlos. No aún.
La tristeza y la nostalgia se mezclan con la paz de mi actual vida. A veces, me pregunto si hice lo correcto. Si debería haber intentado encajar, seguir el camino que todos esperaban de mí. Pero luego miro el amanecer, respiro el aire fresco, y sé que no cambiaría ninguna de mis decisiones.
Aunque hubo contratiempos y veces en las que pensé que lo mejor sería regresar con mis padres y rogar su perdón, la gente y amigos del pueblo siempre me apoyaron. Ahora soy querida y apreciada, por algunos más que por otros. Recuerdas al joven oficial que me recibió y ayudó cuando llegué? Hoy, por la tarde, iré a mi primera cita con él. Somos como adolescentes descubriendo lo que es amar… de verdad.
Así que sí, nada. Te conté mi secreto. Y me siento… aliviada. Como si me hubiera quitado un peso de encima. Gracias por escuchar. Aunque seas solo el silencio.
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