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Guille era un pequeño caracol, lento y observador. Vivía en un jardín lleno de flores gigantes y setas coloridas. Su mejor amiga era Domia, una libélula con alas brillantes como el arcoíris. Domia, a diferencia de Guille, era pura energía. Siempre estaba volando de flor en flor, explorando cada rincón del jardín.
Un día, Guille notó algo extraño. Domia, que normalmente picoteaba néctar con delicadeza, *comia* fresas enteras a una velocidad asombrosa. ¡Se las tragaba de un bocado! Y luego, *bailaba perdio*. No era el elegante vuelo que Guille conocía. Era un baile torpe, lleno de giros y caídas, como si estuviera controlada por una fuerza invisible.
"Domia, ¿estás bien?" preguntó Guille, arrastrándose hasta una margarita donde Domia intentaba, sin éxito, posarse.
Domia se rió. Una risa un poco más fuerte y aguda de lo normal. "¡Estoy fantástica, Guille! ¡Nunca me he sentido tan... libre!"
Guille frunció el ceño. Algo no estaba bien. Decidió investigar. Siguió a Domia mientras ella *comia*, *comia* y *comia* fresas. Luego, *bailaba perdio*, dando vueltas alrededor de los girasoles como un trompo descontrolado.
Guille descubrió que Domia solo bailaba así después de comer las fresas más rojas y jugosas que crecían en el lado este del jardín, cerca de un viejo sauce llorón. Un sauce que, según los rumores del jardín, tenía propiedades mágicas.
Se acercó al sauce y, con mucho esfuerzo, trepó por sus raíces retorcidas. Allí, escondido entre las hojas, encontró una pequeña hada llamada Lila. Lila era conocida por sus travesuras y su amor por las bromas.
"¡Hola!" dijo Guille tímidamente. "¿Sabes algo sobre las fresas y el baile de Domia?"
Lila se sonrojó. "Bueno... quizás un poco. Verás, esas fresas están encantadas. Crecen cerca de la raíz mágica del sauce. Cuando alguien las come, siente una necesidad irresistible de bailar. ¡Es muy divertido de ver!"
Guille no estaba de acuerdo. No era divertido ver a su amiga comportarse de manera tan extraña. "Pero Domia no parece ella misma. ¿Hay alguna manera de deshacer el hechizo?"
Lila suspiró. "Supongo que sí. La única manera es darle a Domia una flor de manzanilla blanca antes de que coma las fresas encantadas. La manzanilla actuará como un escudo contra la magia del sauce."
Guille se apresuró a buscar una flor de manzanilla. Era una tarea difícil, ya que las flores de manzanilla eran pequeñas y delicadas, y el jardín estaba lleno de peligros para un caracol. Pero Guille estaba decidido a ayudar a su amiga.
Finalmente, encontró una flor de manzanilla perfecta, blanca y brillante. Corrió (lo más rápido que pudo, claro) de vuelta a Domia. La encontró a punto de comer otra fresa encantada.
"¡Domia, espera!" gritó Guille. Le ofreció la flor de manzanilla. "Come esto primero."
Domia, aunque un poco confundida, confió en su amigo. Comió la flor de manzanilla. Luego, mordió la fresa roja y jugosa. Esta vez, no sintió la urgencia de bailar. Se sintió normal.
"¿Qué pasó?" preguntó Domia, mirando a Guille con curiosidad.
Guille le explicó todo sobre las fresas encantadas y el plan de Lila. Domia se sintió un poco avergonzada por su comportamiento, pero también agradecida con Guille por ayudarla.
Juntos, fueron a ver a Lila. Domia le explicó que su broma, aunque divertida para ella, estaba afectando a su amiga. Lila, sintiéndose culpable, prometió no volver a encantar las fresas.
Desde ese día, Domia volvió a ser la libélula elegante y delicada que Guille conocía. Aprendió a disfrutar de las fresas con moderación y a controlar sus impulsos. Y Guille aprendió que incluso el amigo más pequeño puede ser un gran héroe, especialmente cuando se trata de ayudar a un amigo en apuros. Y aunque Domia nunca olvidó sus bailes descontrolados, prefirió volar con Guille, explorando el jardín a un ritmo más tranquilo y disfrutando de la compañía del otro. La amistad, después de todo, era mucho más divertida que cualquier baile mágico. Y aunque de vez en cuando, Domia sentía un ligero deseo de comer fresas en exceso, la imagen de Guille y la flor de manzanilla siempre la ayudaba a tomar la decisión correcta. Después de todo, un poco de autocontrol es importante, incluso para las libélulas más enérgicas.
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