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Gratis · elegí una vozHugo y sus padres se mudaron a una casita de madera con un jardín enorme lleno de árboles altos y arbustos misteriosos. Dejaron atrás la ciudad ruidosa y los edificios grises por el canto de los pájaros y el aire fresco del campo. Hugo, que tenía siete años y una curiosidad insaciable, estaba encantado.
"¡Esto es como un cuento de hadas!" exclamó, mientras correteaba entre los árboles, explorando cada rincón. Sus padres, ocupados desempaquetando cajas, le sonrieron con cariño. "Ten cuidado, campeón, pero diviértete!", le dijo su padre.
Mientras sus padres organizaban la casa, Hugo se adentró más en el bosque que rodeaba la propiedad. El sol se filtraba entre las hojas, creando manchas de luz danzantes en el suelo. El aire olía a tierra húmeda y a flores silvestres. De repente, una idea traviesa le cruzó la mente.
"¿Cómo se sentirá la brisa fresca en todo mi cuerpo?", se preguntó. Sabía que sus padres no estarían de acuerdo, pero estaban muy ocupados. Además, ¡era un secreto! Con el corazón latiendo con emoción, Hugo se aseguró de que nadie estuviera cerca. Despacio, se quitó la camiseta, luego los pantalones, los calcetines y los zapatos. Por un momento, sintió un poco de frío, pero pronto la brisa cálida del verano lo envolvió. Era una sensación extraña, pero agradable. Caminó unos pasos, sintiéndose libre como un pajarito.
"¡Qué bien se siente!", murmuró, cerrando los ojos y estirando los brazos. Estaba tan absorto en su experimento que no oyó las risas que se acercaban.
"¡Mira, mira!", oyó una vocecita aguda. Luego, otra voz, aún más aguda, se unió a la primera: "¡Está desnudo! ¡Jajaja!"
Hugo abrió los ojos de golpe. Dos niñas, un poco mayores que él, estaban de pie al borde del bosque, señalándolo y riéndose a carcajadas. Eran rubias, con trenzas largas y pecas en la nariz. Parecían duendecillos traviesos. Hugo sintió que la sangre le subía a la cara. La vergüenza lo invadió como una ola gigante.
Instintivamente, se cubrió con las manos, intentando esconder lo que las niñas ya habían visto. Se sentía tan expuesto, tan ridículo. Rápidamente, recogió su ropa del suelo, temblando de vergüenza y de frío. Sin decir una palabra, se vistió lo más rápido que pudo y salió corriendo hacia la casa, dejando atrás las risas burlonas.
Entró en la casa hecho un manojo de nervios, escondiéndose en su habitación. Sus padres, al verlo tan agitado, se preocuparon. "¿Qué te pasa, Hugo? ¿Estás bien?", le preguntó su madre.
"Nada", murmuró, sin querer contarles lo que había pasado. Se sentía demasiado avergonzado.
Al día siguiente, sus padres le insistieron en que saliera a jugar. "Deberías hacer amigos, Hugo. Seguro que hay otros niños por aquí", le dijo su padre.
"Hay dos niñas", respondió Hugo, a regañadientes. "Pero no quiero jugar con ellas. Se rieron de mí".
"¿Por qué se rieron?", preguntó su madre, con curiosidad.
Hugo se puso rojo otra vez. "No importa", dijo, evitando su mirada. No quería revivir el momento humillante.
Sus padres, aunque no sabían la razón exacta, intentaron animarlo. "A veces, los niños se ríen sin querer ser malos. Deberías darles una oportunidad", le aconsejó su padre.
Después de varios días de insistencia, Hugo, a regañadientes, accedió a salir a jugar. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a las niñas del bosque. Con el corazón latiendo con fuerza, caminó hacia el borde del jardín.
Allí estaban ellas, jugando a la comba. Al verlo, dejaron de saltar y lo miraron con curiosidad.
"Hola", dijo Hugo, con voz temblorosa. Esperaba que se rieran de nuevo, pero no lo hicieron.
"Hola", respondió una de las niñas. "Soy Sofía, y ella es mi hermana, Lucía".
Hugo se quedó en silencio, sin saber qué decir. Sofía, notando su incomodidad, sonrió. "Lo sentimos por reírnos ayer", dijo. "No queríamos ser malas. Nos sorprendió verte sin ropa, ¡nunca habíamos visto a nadie hacer eso!"
Lucía asintió con la cabeza. "Fue un poco gracioso", añadió, con una sonrisa tímida.
Hugo se sintió un poco aliviado al escuchar sus disculpas. Aunque todavía se sentía avergonzado, la sinceridad en sus ojos lo tranquilizó. Lentamente, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
"Está bien", dijo. "Yo tampoco debí quitarme la ropa en el bosque".
Después de esa conversación, la tensión se disipó. Hugo, Sofía y Lucía empezaron a hablar, descubriendo que tenían muchas cosas en común. Les gustaba explorar el bosque, contar historias y jugar a las escondidas. Pronto, la vergüenza de Hugo se desvaneció por completo, reemplazada por la alegría de tener nuevas amigas.
Desde ese día, Hugo, Sofía y Lucía se volvieron inseparables. Aprendieron que todos cometemos errores y que la amistad puede superar incluso los momentos más incómodos. Y aunque Hugo nunca más se quitó la ropa en el bosque, siempre recordaría la lección que aprendió: que a veces, las risas traviesas pueden llevarnos a las amistades más inesperadas.
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