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Había una vez, en un recóndito rincón de las montañas, donde el sol besaba la tierra con calidez, una pequeña comunidad Ngäbe que latía al ritmo de la naturaleza. Sus casas, sencillas pero acogedoras, se abrazaban unas a otras, como si compartieran secretos ancestrales. Esta familia, como todas las demás, vivía de lo que la tierra les ofrecía con generosidad: maíz de colores vibrantes, frijoles nutritivos, plátanos dulces y, por supuesto, el cacao, el tesoro más preciado. Pero a veces, la Madre Tierra parecía ponerlos a prueba, y la cosecha no era suficiente para todos. En esos momentos, la comunidad se unía, compartiendo y ayudándose mutuamente, porque sabían que la verdadera riqueza residía en la unión.
Un día, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y rosa, el abuelo de la familia, Don Muria, un hombre sabio con la mirada profunda como las raíces de los árboles, reunió a todos los miembros de la comunidad bajo la sombra protectora de un gigantesco árbol de ceiba. Su voz, llena de sabiduría y experiencia, resonó en el aire como un eco ancestral.
“Hermanos y hermanas”, comenzó Don Muria, “hoy necesitamos trabajar juntos para recoger el cacao que tanto necesitamos. El cacao es nuestro sustento, nuestra alegría, nuestra conexión con la tierra. Pero este trabajo no es fácil, requiere de esfuerzo y colaboración. Si cada uno de nosotros trae una canasta llena de cacao, podremos compartirlo con todos y asegurarnos de que nadie pase hambre. Juntos somos más fuertes, juntos podemos superar cualquier desafío”.
La abuela, Doña Muria, una mujer de corazón tierno y manos hábiles, se levantó con gracia y su voz, suave como la brisa, complementó las palabras de su esposo. “Pero no solo se trata de recoger cacao”, dijo Doña Muria, “también debemos asegurarnos de que nuestros niños estén bien cuidados, que nuestras casas estén limpias y ordenadas, y que todos vivamos en armonía. Debemos cuidarnos los unos a los otros, como una gran familia. Trabajemos juntos, con amor y dedicación, para que nuestra comunidad florezca”.
Y así, la comunidad, inspirada por las palabras de Don y Doña Muria, se dividió en grupos, cada uno con una tarea importante que realizar. Los hombres, con sus machetes afilados, se adentraron en la selva para recoger el cacao maduro de los árboles, trepando con agilidad y cuidado. Las mujeres, con sus manos expertas, prepararon comidas nutritivas para todos los trabajadores, cocinando con amor y alegría. Los niños, con sus pequeñas manos y corazones generosos, ayudaron a llevar las canastas llenas de cacao al centro de la aldea, cantando canciones tradicionales y riendo a carcajadas.
El trabajo fue arduo, pero la comunidad lo realizó con entusiasmo y alegría. Se ayudaban mutuamente, compartiendo historias y risas. Los más jóvenes aprendían de los más viejos, y los más viejos se sentían rejuvenecidos por la energía de los jóvenes. Al final del día, cuando el sol se ocultaba tras las montañas, habían recogido una gran cantidad de cacao, suficiente para alimentar a toda la comunidad. Pero lo más importante es que todos se sintieron más unidos que nunca, como una verdadera familia.
Don Muria, con una sonrisa en su rostro arrugado, se dirigió a la comunidad. “Hoy hemos trabajado como una sola familia”, dijo Don Muria, “Hemos demostrado que cuando nos unimos, podemos lograr grandes cosas. Las juntas de Muria no son solo para trabajar la tierra, sino también para cuidar y fortalecer nuestros lazos. Son una tradición sagrada que debemos preservar y transmitir a las futuras generaciones. Si seguimos ayudándonos unos a otros, si seguimos compartiendo lo que tenemos, siempre tendremos suficiente para todos. El secreto del cacao compartido reside en la unión y la solidaridad”.
Doña Muria añadió: “Recordemos siempre que somos una comunidad, una familia. Debemos cuidarnos mutuamente, respetar nuestras tradiciones y trabajar juntos para construir un futuro mejor para nuestros hijos y nietos. Las juntas de Muria son un símbolo de nuestra unidad y fortaleza”.
Y desde ese día, las juntas de Muria se convirtieron en una tradición sagrada en la comunidad. Cada vez que había trabajo por hacer, la gente se reunía para compartir, colaborar y construir una comunidad más fuerte. Aprendieron que el verdadero tesoro no era el cacao en sí, sino la unión y la solidaridad que surgían al trabajarlo juntos. Las juntas de Muria se convirtieron en un símbolo de esperanza y prosperidad, un recordatorio constante de que juntos, podían superar cualquier obstáculo y construir un futuro mejor para todos.
Los niños, al crecer, transmitieron la tradición a sus propios hijos, asegurándose de que el secreto del cacao compartido nunca se olvidara. Y así, la comunidad Ngäbe, gracias a las juntas de Muria, prosperó y floreció, viviendo en armonía con la naturaleza y en unidad con sus semejantes. Aprendieron que la verdadera riqueza reside en la unión, la solidaridad y el amor al prójimo.
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