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Gratis · elegí una vozRecuerdo al Maestro Gonzales. ¡Uf! Era un señorón gordo, alto, y casi siempre enojado. Si algo no le gustaba, ¡zas!, pegaba con la regla. Daba miedo, sí, pero también aprendí mucho con él. Aunque, debo admitirlo, mi letra nunca fue muy bonita. Parecía una fila de hormigas borrachas después de una fiesta de miel.
Un día, mi papá me sacó de la escuela. No fue un castigo, sino una necesidad. Necesitaba ayuda en la casa. Mi tarea era cuidar las vacas, las cabras, y traer leña del bosque. Al principio, me sentí triste. Extrañaba el olor a tiza y las historias que el Maestro Gonzales contaba, a pesar de sus reglazos. Pero pronto, me adapté a mi nueva vida.
En lugar de leer libros, leía las nubes y los rastros de los animales en la tierra. En lugar de escribir en un cuaderno, dibujaba con un palo en la arena, imitando las letras que recordaba.
Pasaba la mayor parte del tiempo pastoreando en el campo. Las vacas y las cabras eran mi nueva clase, el sol mi lámpara, y el viento mi maestro. A veces, en lugar de ir al campo, íbamos a la capital, a vender nuestros productos. Sajcavillá, mi pueblo, quedaba lejos de la Zona 1, la placita donde vendíamos. Caminábamos horas, cargando canastos llenos de queso, leche, y a veces, hasta leña.
Antes, el estudio no era tan importante como ayudar a la familia. Cada quetzal que ganábamos era un tesoro que llevábamos a casa. Mi papá decía: "El dinero es la mejor letra, hijo. Escribe una buena historia para tu familia."
Un día, mientras pastoreaba cerca del río, encontré algo brillante entre las piedras. Era un libro, mojado y lleno de barro. Lo limpié con cuidado y vi que era un libro de cuentos. ¡Un libro de cuentos del Maestro Gonzales! Seguramente se le había caído a alguien que venía del pueblo.
Sentí una punzada en el corazón. Recordé las historias del Maestro y las letras que intentaba dibujar. Decidí aprender a leer ese libro, aunque mi letra fuera como hormigas borrachas. Cada tarde, después de cuidar a los animales, me sentaba bajo un árbol y trataba de descifrar las palabras. Era difícil, pero no me rendí. Las vacas y las cabras eran mi público, y les leía en voz alta, aunque no entendieran nada.
Un día, mientras caminábamos hacia la capital para vender queso, nos encontramos con el Maestro Gonzales. Estaba más viejo y parecía menos enojado. Me reconoció y se sorprendió al verme.
"¿Qué haces, muchacho?", me preguntó.
"Cuido a las vacas y vendo queso en la capital", le respondí, tímidamente.
El Maestro Gonzales notó el libro que llevaba conmigo. "¿Y eso?", preguntó, señalando el libro.
Le mostré el libro de cuentos que había encontrado. "Lo encontré en el río y estoy tratando de aprender a leerlo", le dije.
El Maestro Gonzales sonrió, una sonrisa que nunca le había visto. "Así que sigues interesado en las letras, ¿eh?", dijo.
Me ofreció enseñarme a leer mejor, sin reglazos ni enojos. Me dijo que la escuela era importante, pero que ayudar a la familia también lo era. Propuso que, después de vender en la capital, me enseñaría en la placita, antes de regresar a Sajcavillá.
Así fue como aprendí a leer de verdad. El Maestro Gonzales me enseñaba con paciencia, y mi letra, poco a poco, dejó de parecer una fila de hormigas borrachas. Descubrí que las letras, como el camino de leña, podían llevarnos a lugares increíbles. Aprendí que no importa dónde estemos, o qué hagamos, siempre podemos encontrar tiempo para aprender y crecer. Y que a veces, los maestros más gruñones tienen un corazón de oro escondido debajo de su enojo. El dinero ayuda, pero el conocimiento te abre un mundo inimaginable. La escuela es un tesoro, si tienes la oportunidad, aprovéchala.
Y aunque mi papá seguía necesitando mi ayuda, ahora también entendía la importancia de la escuela. Me permitía ir a clases algunos días a la semana, y por las tardes, seguía cuidando las vacas y las cabras. Al final, aprendí que no tenía que elegir entre las letras y el camino de leña. Podía tener ambos, y ser feliz con ello.
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