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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, un niño llamado Mateo que amaba correr entre los campos de trigo. Mateo tenía el pelo castaño alborotado y unos ojos curiosos que siempre buscaban aventuras. Un día, mientras exploraba un campo recién arado, se encontró con un labrador anciano, Don Eusebio, que trabajaba la tierra con un arado tirado por dos bueyes enormes y amables.
Don Eusebio tenía la cara curtida por el sol y las manos llenas de callos, pero sus ojos brillaban con una sabiduría ancestral. Mateo, con su curiosidad innata, se acercó al labrador y le preguntó: "Don Eusebio, ¿qué secreto guarda la tierra para que siempre nos dé comida?"
Don Eusebio sonrió, una sonrisa que arrugó aún más su rostro, y le respondió: "La tierra, Mateo, es un gran tesoro. Pero no es un tesoro que se guarda bajo llave. Es un tesoro que se comparte, que se cuida y que se trabaja con amor."
Mateo, intrigado, se sentó junto al labrador y observó cómo sembraba las semillas. Don Eusebio le explicó que cada semilla era una promesa, una promesa de vida y de abundancia. Le contó cómo la tierra necesitaba ser preparada, cómo las semillas necesitaban agua y sol, y cómo el labrador debía tener paciencia para esperar la cosecha.
"Pero, ¿qué puedo hacer yo?" preguntó Mateo, sintiéndose pequeño e insignificante ante la inmensidad del campo.
Don Eusebio le tendió un puñado de semillas de girasol. "Tú, Mateo, puedes ser un sembrador de alegría. Puedes plantar estas semillas y ver cómo crecen, cómo se levantan hacia el sol y cómo alegran el campo con su color."
Mateo tomó las semillas con cuidado y corrió a buscar un lugar especial para plantarlas. Eligió un rincón cerca de un arroyo, donde la tierra era suave y húmeda. Con sus pequeñas manos, hizo agujeros en la tierra y depositó las semillas, cubriéndolas con delicadeza.
Durante los días siguientes, Mateo regresaba al campo todos los días para regar sus semillas. Les hablaba con cariño, les cantaba canciones y les contaba sus aventuras. Observaba con asombro cómo, poco a poco, las semillas germinaban y pequeñas plántulas verdes asomaban a la superficie.
Don Eusebio, al verlo tan dedicado, le enseñó otros secretos del campo. Le mostró cómo reconocer las malas hierbas, cómo proteger las plantas de los insectos y cómo saber cuándo la tierra necesitaba agua. Mateo aprendió a amar la tierra y a respetar su poder.
Con el paso de las semanas, los girasoles de Mateo crecieron altos y fuertes, sus grandes cabezas amarillas siguiendo el movimiento del sol. El campo se llenó de color y alegría, y las abejas zumbaban felices alrededor de las flores.
Un día, Don Eusebio le dijo a Mateo: "Has hecho un gran trabajo, Mateo. Has demostrado que incluso un niño pequeño puede hacer una gran diferencia."
Mateo se sintió orgulloso de su trabajo. Había aprendido que el secreto del campo no era solo sembrar y cosechar, sino también cuidar, amar y compartir. Había aprendido que la tierra era un tesoro que debía ser protegido por todos.
Cuando llegó el momento de la cosecha, Mateo ayudó a Don Eusebio a recoger el trigo y los girasoles. Juntos, prepararon pan y aceite de girasol, que compartieron con todos los habitantes del valle. La comida era deliciosa y abundante, y todos celebraron la generosidad de la tierra.
Desde ese día, Mateo se convirtió en un defensor del campo. Siguió sembrando semillas, cuidando las plantas y enseñando a otros niños los secretos de la tierra. Y así, el valle siguió siendo un lugar verde y soleado, donde la vida florecía en abundancia.
Con el tiempo, Mateo creció y se convirtió en un joven labrador, tan sabio y bondadoso como Don Eusebio. Nunca olvidó las lecciones que aprendió en el campo, ni el secreto que la tierra le reveló: que el amor y el trabajo son las semillas de la abundancia.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Pero la semilla de la esperanza y el amor por la tierra, siempre estará sembrada.
Cuando Don Eusebio ya no pudo labrar la tierra, le dejo su arado y sus bueyes a Mateo, diciéndole "Ahora te toca a ti, sembrador, cuidar de este valle". Mateo acepto el legado con humildad y gratitud, prometiendo honrar la tierra y compartir sus frutos con todos. Y así lo hizo, durante toda su vida. El valle prosperó bajo su cuidado, y la gente recordaba siempre al niño que sembró girasoles y aprendió el secreto del campo.
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