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Gratis · elegí una vozHace cincuenta años, en un pequeño pueblo al pie de los Montes Nublados, se alzaba un castillo antiguo y misterioso. Todos decían que estaba encantado, pero nadie se atrevía a acercarse. Bueno, casi nadie. Un niño llamado Martín, con el pelo revuelto como un nido de pájaro y una curiosidad insaciable, no podía resistirse a la llamada del castillo.
Martín vivía con su abuela, una mujer sabia que contaba historias de caballeros valientes y dragones bondadosos. Ella siempre le decía: "No todo lo que brilla es oro, Martín, y no todo lo que parece peligroso, lo es de verdad". Estas palabras resonaban en la cabeza de Martín mientras se acercaba al castillo.
Un día soleado, armado con una mochila llena de galletas de jengibre (su abuela siempre decía que las galletas curaban cualquier mal) y un mapa dibujado a mano, Martín se adentró en el bosque que rodeaba el castillo. Los árboles eran altos y frondosos, y el aire olía a tierra mojada y musgo. Después de caminar un buen rato, llegó a las imponentes puertas del castillo. Estaban cubiertas de hiedra y parecían cerradas con llave.
Pero Martín no se rindió. Buscó alrededor y encontró una pequeña grieta en la pared. Se deslizó por ella y se encontró dentro del patio del castillo. Todo estaba cubierto de polvo y telarañas. Un silencio sepulcral reinaba en el lugar.
De repente, un ruido fuerte resonó en el patio. ¡CRASH! Martín se escondió detrás de una columna y espió. ¡Allí estaba! Un dragón. Pero no era el dragón feroz que esperaba. Era un dragón pequeño y regordete, con escamas verdes brillantes y una expresión de tristeza en su rostro. Estaba sentado en medio de un montón de escombros, rodeado de platos rotos y copas de cristal.
Martín, olvidando su miedo, se acercó al dragón. "¿Estás bien?", preguntó.
El dragón levantó la vista, sorprendido. "¿Quién eres tú? ¿No tienes miedo de mí?", preguntó con una voz temblorosa.
"Soy Martín. Y no, no tengo miedo. Parece que estás teniendo un mal día", dijo Martín, ofreciéndole una galleta de jengibre.
El dragón dudó por un momento, luego tomó la galleta y la devoró de un bocado. "¡Deliciosa!", exclamó. "Me llamo Draco. Y sí, estoy teniendo un día horrible. Tengo mucha hambre, y cada vez que intento alcanzar algo, ¡lo rompo!"
Martín entendió. Draco era torpe y glotón. "Tal vez te pueda ayudar", dijo Martín. Sacó todas las galletas de jengibre de su mochila y se las ofreció a Draco.
Draco las comió con entusiasmo. "¡Gracias, Martín! Nunca nadie había sido tan amable conmigo. Todos me tienen miedo y me evitan", dijo Draco, con lágrimas en los ojos.
Martín se sentó junto a Draco y le preguntó por qué vivía solo en el castillo. Draco le contó que el castillo había pertenecido a una princesa bondadosa hace muchos años. Ella y Draco eran grandes amigos, pero la princesa tuvo que marcharse y el castillo quedó abandonado. Draco se quedó solo, esperando su regreso.
Martín tuvo una idea. "¿Por qué no buscamos algo más que galletas de jengibre para comer? Podemos explorar el castillo juntos", propuso Martín.
Draco, con una sonrisa, aceptó la idea. Juntos, exploraron el castillo. Encontraron una cocina llena de ollas y sartenes polvorientas. Martín y Draco limpiaron la cocina y encontraron algunos ingredientes para preparar una sopa deliciosa. Draco, aunque torpe, ayudó a remover la sopa con una cuchara gigante.
Mientras comían la sopa, Martín tuvo otra idea. "¿Por qué no invitamos a los aldeanos a venir al castillo? Podemos organizar una fiesta y mostrarles que no eres un dragón peligroso", sugirió Martín.
Draco se mostró reticente al principio, pero Martín lo convenció. Al día siguiente, Martín corrió al pueblo y contó a todos sobre Draco, el dragón glotón pero bondadoso que vivía en el castillo. Al principio, la gente se mostró escéptica, pero la curiosidad pudo más que el miedo. Poco a poco, algunos aldeanos, acompañados por la abuela de Martín, se animaron a ir al castillo.
Cuando llegaron al castillo, Draco los recibió con una sonrisa. Organizaron juegos, bailaron y compartieron comida. Draco, con cuidado de no romper nada, incluso les mostró sus habilidades para volar, dando pequeños paseos alrededor del castillo.
Desde ese día, el castillo ya no fue un lugar abandonado y misterioso. Se convirtió en un lugar de encuentro para los aldeanos y Draco, el dragón glotón que había encontrado un amigo en Martín. El castillo ya no estaba encantado, sino lleno de alegría y amistad. Y Martín, el niño curioso, aprendió que la verdadera magia reside en la bondad y la amistad, y que las galletas de jengibre siempre ayudan a romper el hielo.
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