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Gratis · elegí una vozEn un valle escondido entre montañas altísimas, vivía Sumac, una niña de ojos brillantes como el sol y cabello negro como la noche. Sumac amaba la naturaleza más que a nada en el mundo. Conocía el nombre de cada flor, el canto de cada pájaro, y el susurro del viento entre las hojas. Pero últimamente, algo la preocupaba. La Montaña Cantarina, la montaña más alta y sagrada del valle, ya no cantaba. Su melodía, que antes llenaba el valle de alegría y prosperidad, se había apagado, dejando un silencio inquietante.
Los ancianos del pueblo decían que la montaña estaba triste, que sentía el dolor de la tierra. Los animales se mostraban inquietos, y las cosechas, antes abundantes, ahora eran escasas. Sumac se sentía impotente, pero sabía que debía hacer algo. Inspirada por las historias de su abuela sobre el Warma Kuyay y el respeto por la naturaleza, decidió emprender un viaje a la cima de la Montaña Cantarina para descubrir qué le afligía y devolverle su alegría.
Una mañana, al amanecer, Sumac se despidió de su familia y comenzó su ascenso. Llevaba consigo una pequeña manta tejida por su abuela, un puñado de semillas de quinua y su flauta de carrizo. El camino era empinado y rocoso, pero Sumac no se rindió. Recordaba las palabras de su abuela: "La naturaleza siempre recompensa el esfuerzo y la bondad".
A medida que ascendía, el silencio se hacía más profundo. Ya no se escuchaba el canto de los pájaros ni el murmullo del río. Solo el sonido de sus propios pasos y el latido de su corazón. De repente, un pequeño colibrí de plumaje verde esmeralda se posó frente a ella, revoloteando a su alrededor. Sumac lo reconoció al instante. Era Quilla, el colibrí mensajero de la montaña.
Quilla, con su pequeño pico, picoteó suavemente la mano de Sumac, indicándole que lo siguiera. La niña obedeció, y el colibrí la guio por un sendero oculto entre las rocas. El sendero la condujo a una pequeña cueva, donde encontró el corazón de la montaña: una fuente de agua cristalina que ahora estaba seca y agrietada. Alrededor de la fuente, yacían plantas marchitas y piedras grises, sin vida.
Sumac comprendió entonces la tristeza de la montaña. La falta de agua había enfermado su corazón, apagando su canto y debilitando su espíritu. ¿Pero por qué la fuente estaba seca? Quilla revoloteó hacia una grieta en la pared de la cueva, señalándola con su pico. Sumac se acercó y vio que la grieta estaba obstruida por rocas y escombros, impidiendo que el agua fluyera libremente.
Sin dudarlo, Sumac comenzó a remover las rocas, usando sus manos y las herramientas que había traído consigo. Era un trabajo duro y agotador, pero la niña no se rindió. Pensaba en el valle, en su gente, en los animales y las plantas que dependían de la Montaña Cantarina. Quilla, el colibrí, la animaba con su presencia y le mostraba los puntos más débiles de la obstrucción.
Después de horas de arduo trabajo, Sumac logró remover la última roca. El agua comenzó a brotar de la grieta, primero tímidamente, luego con más fuerza, llenando la fuente cristalina. El corazón de la montaña volvía a latir. Las plantas comenzaron a reverdecer, y las piedras grises recuperaron su color. El colibrí Quilla cantó con alegría, y su canto se unió al murmullo del agua.
De repente, un sonido familiar resonó en la cueva. Era la voz de la Montaña Cantarina, que volvía a cantar. Su melodía, suave y armoniosa, llenó el valle de alegría y esperanza. Sumac sintió una inmensa felicidad. Había logrado devolverle la vida a la montaña.
Sumac regresó al pueblo al día siguiente, recibida con alegría y agradecimiento. La Montaña Cantarina volvió a ser el centro de la vida del valle. El agua fluyó abundantemente, las cosechas fueron generosas, y los animales vivieron en armonía. Sumac se convirtió en una heroína, un ejemplo de valentía y respeto por la naturaleza. Aprendió que incluso la acción más pequeña, cuando se realiza con amor y dedicación, puede tener un impacto enorme.
Desde entonces, Sumac continuó cuidando la Montaña Cantarina y enseñando a los niños del valle la importancia de vivir en armonía con la naturaleza, recordando siempre el secreto que le reveló el colibrí: que el corazón de la tierra, como el corazón de cada ser vivo, necesita amor, cuidado y respeto para seguir cantando.
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