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Gratis · elegí una vozMargarita vivía en una granja verde y llena de vida. Las vacas mugían canciones matutinas, los pollitos piaban melodías alegres y el sol pintaba de dorado los campos de trigo. Pero Margarita, aunque amaba los animales, soñaba con pizarras y libros, con el olor a tiza y las risas de los niños en un salón de clases. Ella quería ser maestra, una que llenara las cabecitas con cuentos e ideas brillantes.
Sin embargo, su madre tenía otros planes. "Margarita, las gallinas necesitan comer, el establo necesita limpieza, y la cena debe estar lista", le decía cada día, con una voz suave pero firme. Margarita era obediente, muy obediente. Cuidaba de los animales con cariño, les hablaba a los cerditos como si fueran sus amigos, y recogía los huevos con delicadeza. Después, ayudaba a su madre en la cocina, amasando el pan y preparando guisos con las verduras del huerto.
Entre tarea y tarea, Margarita encontraba momentos para soñar. Se sentaba bajo el gran roble del patio, con un libro viejo que había encontrado en el desván, y fingía ser la maestra. A las ovejas les contaba historias de princesas valientes y dragones amigables, y a los conejos les enseñaba a sumar con piedritas.
"¡Oh, cómo quisiera estar en la ciudad!", suspiraba mirando al horizonte, donde las montañas se difuminaban en la distancia. "Quisiera aprender más, leer más, y enseñar a muchos niños".
Los años pasaron como las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Margarita creció, y con ella, su deseo de ser maestra. Un día, finalmente, se armó de valor y le contó a su madre su sueño. Al principio, su madre se mostró reticente. "¿Dejarnos solas? ¿Quién cuidará de la granja?", preguntó con tristeza en los ojos.
Pero Margarita, con lágrimas en los ojos, le explicó que aunque amaba la granja, su corazón pertenecía a la enseñanza. Le prometió que la visitaría a menudo, que nunca olvidaría sus raíces. Finalmente, la madre de Margarita, al ver la pasión en sus ojos, cedió. La abrazó fuerte y le dijo: "Ve, hija mía, y persigue tu sueño. Pero nunca olvides de dónde vienes".
Margarita, con el corazón lleno de alegría, empacó sus pocas pertenencias y se despidió de los animales, prometiéndoles que volvería a visitarlos. Tomó el autobús que la llevaría a la ciudad, con la mirada fija en el futuro.
La ciudad era un mundo nuevo, lleno de luces, ruidos y gente apresurada. Margarita se matriculó en la universidad, estudió con ahínco y pronto se convirtió en una maestra ejemplar. Sus alumnos la adoraban, y ella disfrutaba cada minuto que pasaba en el aula.
Con el tiempo, Margarita se convirtió en una directora respetada. Había cumplido su sueño. Pero a pesar de su éxito, nunca olvidó la granja. Cada fin de semana, tomaba el autobús de vuelta al campo, para visitar a su madre y a los animales.
Se sentaba bajo el gran roble, el mismo donde soñaba de niña, y respiraba el aire puro del campo. Recordaba las canciones de las vacas, el piar de los pollitos, y el calor del sol sobre su piel. Entonces, se daba cuenta de que aunque amaba la ciudad, una parte de su corazón siempre pertenecería al campo.
Un día, mientras estaba en la granja, Margarita tuvo una idea brillante. ¿Por qué no combinar sus dos mundos? Decidió crear un programa educativo para que los niños de la ciudad visitaran la granja y aprendieran sobre la naturaleza, los animales y la importancia de la vida rural.
Su idea fue un éxito rotundo. Los niños de la ciudad se maravillaban al ver las vacas, los pollitos y los cerditos. Aprendían sobre la agricultura, la ganadería y el ciclo de la vida. Margarita se sentía feliz de poder compartir su amor por el campo con las nuevas generaciones.
Con el tiempo, Margarita se retiró de la dirección de la escuela en la ciudad y regresó a vivir a la granja. Dedicó sus días a cuidar de los animales, a cultivar el huerto y a recibir a los niños de la ciudad que venían a aprender. Había encontrado la manera perfecta de unir sus dos mundos, de honrar sus raíces y de seguir enseñando a los niños.
Margarita entendió que el campo y la ciudad no eran opuestos, sino complementos. Que ambos tenían algo valioso que ofrecer, y que lo importante era nunca olvidar de dónde venimos, y seguir nuestros sueños con pasión y dedicación. Y así, Margarita, la niña del campo que soñaba con ser maestra, vivió feliz para siempre, rodeada de animales, niños y el dulce recuerdo de su niñez.
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