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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la hermosa provincia de Cotopaxi, en Ecuador, un pequeño pueblo llamado Zumbahua. Zumbahua era famoso por sus coloridas tradiciones, especialmente durante el Día de los Difuntos. Cada año, las familias preparaban altares llenos de deliciosas comidas para recordar a sus seres queridos que ya no estaban. La colada morada, una bebida espesa y morada hecha con frutas andinas, llenaba el aire con su dulce aroma. Los huevos de pan, con sus formas divertidas, adornaban las mesas junto a montañas de papas y… ¡cuyes asados!
En una pequeña casa de adobe, vivía una niña llamada Sumak. Sumak amaba el Día de los Difuntos. Le encantaba ayudar a su abuela, Mamá Rosa, a preparar el altar. Este año, sin embargo, Sumak estaba un poco triste. Su abuelo, Papá José, había fallecido hacía poco, y ella lo extrañaba mucho. Papá José siempre contaba las historias más divertidas y era el mejor asador de cuyes de todo Zumbahua.
"Abuela," dijo Sumak, mientras ayudaba a colocar los huevos de pan en el altar, "¿Papá José podrá ver todo esto desde el cielo?"
Mamá Rosa sonrió con ternura. "Claro que sí, Sumak. Él está aquí con nosotros, en nuestros corazones. Y estoy segura de que puede oler la deliciosa colada morada."
Esa noche, mientras dormía, Sumak tuvo un sueño muy extraño. Soñó que un pequeño cuy, con un sombrero de colores y una sonrisa traviesa, saltaba del altar y le hablaba.
"¡Hola, Sumak!", dijo el cuy. "Soy Kuycito, el cuy mensajero."
Sumak se frotó los ojos, asombrada. "¿Un cuy mensajero? ¿De quién?"
"De tu Papá José, por supuesto!", respondió Kuycito con un guiño. "Me ha enviado para decirte que está bien y que te extraña mucho. También me dijo que no estés triste, porque él siempre estará contigo, en cada recuerdo, en cada canción, y en cada… ¡cuy asado!"
Sumak sonrió. "¿En cada cuy asado?"
"¡Sí!", exclamó Kuycito. "Pero escucha, tengo una misión muy importante. Papá José me dijo que te lleve a un lugar especial, donde encontrarás un pequeño tesoro que él dejó para ti."
Sumak, emocionada, se levantó de la cama y siguió a Kuycito fuera de la casa. La luna brillaba intensamente sobre los campos de papas. Kuycito, con su sombrero de colores, saltaba ágilmente entre las plantas.
"¡Por aquí, Sumak!", gritaba Kuycito. "¡Estamos cerca!"
Después de un rato, llegaron a un pequeño árbol de quinua, el árbol favorito de Papá José. Kuycito señaló con su patita un pequeño agujero en la base del árbol.
"¡Ahí está!", exclamó Kuycito. "¡El tesoro de Papá José!"
Sumak se arrodilló y metió la mano en el agujero. Sacó una pequeña caja de madera. La abrió con cuidado y dentro encontró una flauta de pan hecha a mano, igual a la que Papá José usaba para tocar melodías alegres.
Sumak se emocionó hasta las lágrimas. "¡Es la flauta de Papá José!", exclamó.
Kuycito sonrió. "Él quería que la tuvieras para que siempre recuerdes su música y su alegría."
Sumak abrazó la flauta con fuerza. "Gracias, Kuycito. Gracias, Papá José."
De repente, el cielo comenzó a iluminarse con los primeros rayos del sol. Kuycito comenzó a desvanecerse.
"Debo irme ahora, Sumak", dijo Kuycito. "Pero recuerda, Papá José siempre estará contigo. Y no olvides sonreír, como lo haría él."
Kuycito desapareció en el aire, dejando a Sumak sola con la flauta de pan. Sumak regresó a casa, sintiéndose mucho más feliz. Le contó a Mamá Rosa sobre su sueño y sobre Kuycito, el cuy mensajero.
Mamá Rosa sonrió. "Los sueños a veces nos traen mensajes importantes, Sumak", dijo. "Tu Papá José te amaba mucho, y siempre estará cuidándote."
Ese día, Sumak tocó la flauta de pan en el altar, recordando las melodías que Papá José solía tocar. La música llenó el aire con alegría y amor. Sumak sabía que, aunque Papá José ya no estaba físicamente presente, su espíritu vivía en su corazón y en la música de la flauta. Y cada vez que veía un cuy, incluso en el plato, recordaba a Kuycito, el cuy sonriente de Zumbahua, y sonreía también.
Desde ese día, Sumak continuó celebrando el Día de los Difuntos con alegría y amor, honrando la memoria de su Papá José y compartiendo la tradición con las nuevas generaciones. Y cada año, siempre dejaba un poquito de colada morada y un pedacito de papa para Kuycito, el cuy mensajero.
Y así, la tradición continuó, llevando consigo el amor y los recuerdos de aquellos que se habían ido, pero que siempre permanecerían en el corazón de Zumbahua.
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