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Había una vez un pequeño pueblo llamado Villaluz, donde los colores parecían más brillantes y las risas más sonoras que en cualquier otro lugar del mundo. Una vez al año, la gran feria llegaba al pueblo, llenando el aire con el dulce aroma de las palomitas de maíz, el algodón de azúcar y el sonido alegre de los organillos. Para el pequeño Lucas, ese era el día más esperado del año.
Esa tarde, Lucas caminaba de la mano de su abuelo entre los puestos de juegos y las luces de colores. Tenía en su bolsillo una moneda que había ahorrado durante meses. Sabía exactamente qué quería: el globo más hermoso de la feria. Al llegar al puesto del vendedor de globos, Lucas quedó maravillado. Había globos rojos como manzanas, verdes como saltamontes y amarillos como limones, pero en el centro, destacaba uno que era diferente a todos los demás. Era un globo de un color plateado tan intenso que parecía estar hecho de luz de luna líquida.
—Ese, por favor —dijo Lucas señalando el globo plateado.
El vendedor, un hombre con una sonrisa amable y ojos chispeantes, le entregó el globo atado a un largo hilo de seda dorada. —Cuídalo bien, pequeño —le susurró—. Este globo tiene sueños de grandeza.
Lucas caminó por la feria sintiéndose el niño más afortunado del mundo. El globo flotaba con elegancia sobre su cabeza, reflejando las luces de la noria y los rostros felices de la gente. Sin embargo, justo cuando cruzaban el puente de madera sobre el riachuelo, una ráfaga de viento traviesa sopló de repente. Lucas, distraído por el vuelo de una mariposa, aflojó un poco su agarre. En un segundo, el hilo de seda se deslizó entre sus dedos.

—¡No! —gritó Lucas, estirando los brazos, pero ya era tarde.
El globo plateado comenzó a subir. Primero pasó por encima de las carpas de la feria, luego superó la copa de los robles más altos y pronto se convirtió en un pequeño punto brillante en el cielo atardecido. Lucas se quedó mirando hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. Su abuelo lo abrazó con ternura y le dijo: —No llores, Lucas. A veces, las cosas que amamos necesitan seguir su propio camino.
Mientras tanto, el globo plateado no sentía miedo. Al contrario, sentía una libertad maravillosa. A medida que ascendía, el pueblo de Villaluz se hacía cada vez más pequeño, hasta parecer un conjunto de juguetes olvidados en el césped. El globo atravesó una capa de nubes esponjosas que se sentían como algodón frío y húmedo. Al salir por el otro lado, se encontró en un lugar donde el cielo ya no era azul, sino de un violeta profundo que se oscurecía por momentos.
El aire se volvió más fino y el silencio era absoluto, pero el globo seguía subiendo, impulsado por una fuerza mágica. De repente, una luz parpadeante se acercó a él. Era una estrella pequeña, de color azul pálido, que curiosa se acercó a olisquearlo.
—¿Qué hace un objeto tan brillante tan lejos de la tierra? —preguntó la estrella con una voz que sonaba como campanillas.

—Vengo de la feria —respondió el globo con orgullo—. Pero siempre sentí que pertenecía a un lugar con más espacio para brillar.
La estrella sonrió y lo invitó a seguirla. El globo plateado ascendió más allá de la atmósfera, donde la oscuridad es tan negra como el terciopelo y las estrellas brillan con una intensidad que ningún humano puede imaginar. Allí descubrió que el espacio no estaba vacío; estaba lleno de polvo de hadas cósmico y cometas que jugaban a las carreras.
La Luna, una gran dama de plata, lo recibió con un beso de luz. —Has llegado justo a tiempo —le dijo la Luna—. Necesitábamos a alguien que guardara los sueños de los niños que miran hacia arriba cada noche.
El globo plateado se instaló cómodamente entre dos estrellas de la constelación de la Osa Menor. Se dio cuenta de que ya no necesitaba el aire para estar inflado; ahora se llenaba de la luz de la galaxia. Se convirtió en un faro para los viajeros espaciales y en un guardián de la noche.
En la Tierra, Lucas regresó a su casa un poco triste, pero esa noche, antes de dormir, se asomó a la ventana de su habitación. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban con fuerza. De repente, notó algo extraño. Cerca de la luna, había una pequeña luz plateada que no parpadeaba como las otras, sino que emitía un brillo constante y cálido, casi como si lo estuviera saludando.
Lucas sonrió y supo, en lo más profundo de su corazón, que su globo no se había perdido. Simplemente había encontrado su verdadero hogar. Desde entonces, cada vez que un niño en Villaluz pierde un globo, los ancianos cuentan la historia del globo plateado que decidió vivir con las estrellas para que ningún niño volviera a sentirse solo al mirar la inmensidad del universo.
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