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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la zona de San Gerardo, una casita con paredes viejitas y un horno de barro muy grande en el patio. Allí vivían tres hermanitos muy alegres y traviesos: Ariel, Mauricio y Kevin.
Los días en casa eran divertidos, y el patio siempre estaba lleno de risas y juegos. Los tres inventaban carreras, escondidas y mil aventuras. Pero una tarde ocurrió algo que jamás olvidarían.
Mientras jugaban, escucharon un murmullo extraño que salía del horno. Se miraron sorprendidos y se acercaron con cuidado. Cuando asomaron sus caritas, vieron algo que los dejó con la boca abierta: ¡salteñitas muy pequeñitas que se movían solas dentro del horno!
Parecía que saltaban, reían y bailaban. Ninguno se atrevió a tocarlas, pero los tres estaban tan asombrados que no podían dejar de mirar.
De pronto, descubrieron el misterio. Entre las salteñitas aparecieron duendecillos diminutos, con gorros puntiagudos, delantales hechos de hojas y manitas rápidas. Eran ellos quienes preparaban aquellas salteñitas mágicas. Amasaban la masa en ollitas tan pequeñas como nueces, reían, cantaban y metían las salteñitas al horno como si fuera un gran juego.
Los niños quedaron maravillados. Entonces uno de los duendecillos se les acercó y, con voz dulce y pequeña, les habló:
“Podemos mostrarnos porque ustedes todavía no han sido bautizados. Pero recuerden algo importante: nadie más puede vernos. No hablen de esto con nadie ni avisen a los demás, porque si lo hacen desapareceremos para siempre.”
Los tres guardaron silencio, pero en sus ojos brillaba el asombro. No probaron las salteñitas, solo miraron cómo los pequeños seres saltaban y cocinaban, llenando el horno de risas y chispas mágicas.
Desde ese día, cada tarde los hermanos corrían al patio para espiar a los duendecillos y observar cómo preparaban sus salteñitas encantadas. No era un secreto difícil de guardar, era simplemente un regalo de la infancia que solo ellos podían vivir.
Mauricio era el más curioso. Siempre preguntaba a Ariel y Kevin, en susurros, si creían que las salteñitas sabrían a fresa o a chocolate. Kevin, el más pequeño, simplemente reía y saltaba, imitando los movimientos de los duendecillos. Ariel, el mayor, era el más serio, pero en el fondo, disfrutaba tanto como sus hermanos de aquel secreto mágico.
Un día, mientras observaban a los duendecillos, uno de ellos tropezó y dejó caer una mini-cucharita de madera. Ariel, rápidamente, la recogió antes de que el duendecillo pudiera darse cuenta. La guardó en su bolsillo, sintiendo que era un tesoro.
Esa noche, Ariel, Mauricio y Kevin se reunieron en secreto bajo las estrellas. Ariel sacó la mini-cucharita. Era tan pequeña y delicada que parecía hecha de polvo de hadas. Decidieron que la guardarían como recuerdo de su aventura.
Pero el tiempo pasó. Llegó el día de su bautizo y, con él, un cambio inevitable. Antes de ir, los tres se acercaron al horno con la esperanza de volver a ver a sus amigos mágicos. Sin embargo, adentro solo encontraron el calor tibio del barro y un silencio profundo.
Los duendecillos ya no estaban. Las salteñitas pequeñas tampoco. Solo quedó en el aire la sensación de que habían sido parte de algo muy especial.
Los niños no contaron nada, porque entendieron que había momentos tan mágicos que se guardan en el corazón. Y aunque el horno de su casa en la Zona de San Gerardo volvió a ser un horno común, cada vez que el olor de unas salteñas recién hechas llenaba el aire, ellos recordaban con ternura la tarde en que la magia se sentó a jugar con ellos. Ariel todavía guardaba la mini-cucharita en una cajita especial, como un recordatorio constante de que la magia, a veces, se esconde en los lugares más inesperados.
Con el tiempo, los tres hermanos crecieron y tuvieron sus propias familias. Pero cada vez que se reunían, inevitablemente recordaban la historia del horno mágico y las salteñitas danzantes. Se sonreían, sabiendo que compartían un secreto que nadie más entendería. Y aunque nunca más volvieron a ver a los duendecillos, sabían que la magia, como el amor fraternal, siempre estaría presente en sus vidas.
La historia del horno salteñito se convirtió en una leyenda familiar, transmitida de generación en generación, recordándoles que la imaginación y la inocencia son los ingredientes más importantes para crear momentos inolvidables. Y así, la magia de San Gerardo continuó viviendo en los corazones de aquellos que alguna vez creyeron en ella.
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