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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un reino muy, muy lejano, un majestuoso castillo. No era un castillo común, hecho de piedra gris y torres puntiagudas. Este castillo brillaba bajo el sol, construido con cristal reluciente. Sus paredes eran transparentes, dejando ver salones llenos de espejos y arañas de cristal que tintineaban con la brisa. Pero lo más asombroso del castillo no era su estructura, sino el jardín que lo rodeaba.
El jardín era un laberinto de senderos empedrados, fuentes danzantes y flores de todos los colores imaginables. Árboles frutales colgaban con manzanas doradas y peras plateadas. Pájaros cantores trinaban melodías alegres, y mariposas multicolores revoloteaban entre las flores. En el centro del jardín, protegida por una cúpula de cristal, crecía una rosa muy especial. Era una rosa de color carmesí intenso, con pétalos suaves como la seda y un aroma tan dulce que embriagaba los sentidos. Se decía que la rosa era mágica y que guardaba un gran secreto.
Vivía en el castillo una niña llamada Sofía. Sofía era curiosa e inteligente, con ojos brillantes como estrellas y un corazón lleno de bondad. Pasaba horas explorando el castillo y el jardín, maravillándose con cada detalle. Le encantaba escuchar las historias que le contaba su abuela, la reina del castillo, sobre la rosa encantada. La abuela le decía que la rosa era un regalo de las hadas y que solo florecería para alguien de corazón puro.
Un día, Sofía descubrió un pequeño agujero en la cúpula de cristal que protegía la rosa. El cristal estaba agrietado y roto, y el viento frío soplaba directamente sobre la delicada flor. Sofía sintió una profunda tristeza al ver la rosa temblar bajo el viento. Sabía que si no hacía algo, la rosa se marchitaría y moriría.
Sin dudarlo, Sofía corrió al taller de su abuelo, el viejo jardinero del castillo. Le contó lo que había visto y le pidió ayuda. El abuelo, un hombre sabio y paciente, le dijo que la única forma de reparar el cristal era con lágrimas de alegría. Lágrimas de alegría pura y sincera. Sofía se preguntó cómo podría conseguir lágrimas de alegría. Nunca había llorado de alegría, solo de tristeza o frustración.
El abuelo le sugirió que recordara los momentos más felices de su vida. Sofía cerró los ojos y pensó en el día en que aprendió a montar a caballo, en las risas que compartía con sus amigos, en las noches estrelladas que pasaba escuchando las historias de su abuela. Pero aunque esos recuerdos la hacían sonreír, no lograban hacerla llorar de alegría.
Entonces, Sofía tuvo una idea. Decidió organizar una fiesta para todos los habitantes del reino. Invitó a los niños huérfanos, a los ancianos solitarios, a los campesinos trabajadores y a todos aquellos que necesitaran un poco de alegría en sus vidas. Preparó juegos, música y comida deliciosa. Decoró el jardín con guirnaldas de flores y faroles de colores.
Cuando llegó el día de la fiesta, el jardín se llenó de risas y alegría. Los niños jugaban a las escondidas entre los árboles, los ancianos bailaban al son de la música, y los campesinos compartían historias y canciones. Sofía se sentía feliz al ver a todos disfrutar. Pero aún no había lágrimas de alegría.
De repente, Sofía vio a una niña pequeña, sentada sola en un rincón, con una mirada triste en los ojos. Se acercó a ella y le preguntó qué le pasaba. La niña le contó que había perdido a su familia y que se sentía muy sola. Sofía sintió una profunda compasión por la niña y la invitó a unirse a los juegos. Le presentó a otros niños y la animó a sonreír.
Poco a poco, la niña comenzó a reír y a jugar. Sofía sintió una oleada de calor en su corazón. Ver a la niña sonreír, saber que había logrado llevar un poco de alegría a su vida, la llenó de una felicidad indescriptible. Y entonces, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. No eran lágrimas de tristeza, sino lágrimas de alegría pura y sincera.
Sofía corrió hacia el agujero en la cúpula de cristal y dejó caer sus lágrimas sobre el cristal roto. Al instante, el cristal se reparó, brillando aún más que antes. La rosa carmesí se enderezó y floreció con una belleza deslumbrante. Su aroma se intensificó, llenando todo el jardín de una fragancia embriagadora.
Desde ese día, la rosa encantada floreció para siempre en el jardín de cristal, recordándoles a todos que la verdadera magia reside en la bondad y la alegría que compartimos con los demás. Y Sofía, la niña de corazón puro, se convirtió en la guardiana del jardín, asegurándose de que la rosa nunca dejara de florecer.
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