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Gratis · elegí una vozAyer pasé por tu casa, Doña Elena, pero no te vi. La puerta del jardín estaba entreabierta, y sentí una curiosidad enorme. Siempre me ha encantado tu jardín. Es el más colorido y alegre de toda la calle. Hay flores de todos los colores, mariposas revoloteando, y hasta un pequeño estanque con nenúfares y ranas.
Normalmente, siempre te veo regando las flores o hablando con los pájaros. Eres como la guardiana de ese pequeño paraíso. Pero ayer, solo se escuchaba el zumbido de las abejas y el canto lejano de un mirlo.
No pude resistirme. Empujé la puerta suavemente y entré en el jardín. ¡Era aún más mágico de lo que recordaba! Los rosales estaban repletos de rosas rojas, amarillas y rosadas. Las margaritas bailaban con la brisa. Y las hortensias lucían sus pompones azules y morados.
De repente, vi algo brillante escondido detrás de un gran arbusto de lavanda. Me acerqué con cuidado y descubrí… ¡una pequeña caja de música! Era de madera, con incrustaciones de madreperla. La recogí y le di cuerda. Una melodía suave y dulce llenó el jardín. Era una canción que nunca había escuchado antes, pero me resultaba familiar.
Mientras escuchaba la música, vi algo más. Una pequeña llave dorada, colgando de una cinta de seda azul, estaba atada a una rama del arbusto. La llave parecía antigua y mágica.
“¡Qué misterio!”, pensé. “¿Qué abrirá esta llave?”
Decidí investigar. Primero, intenté abrir la caja de música con la llave. Pero no funcionó. La llave era demasiado grande.
Luego, busqué alguna cerradura en los árboles, en las macetas, incluso en el estanque. ¡Nada! Estaba a punto de rendirme cuando vi algo inusual en el tronco de un viejo olivo. Había una pequeña puerta, casi invisible, cubierta de hiedra.
Con el corazón latiendo con fuerza, me acerqué a la puerta y probé la llave. ¡Encajó perfectamente! Giré la llave y escuché un leve clic. La puerta se abrió lentamente, revelando un pequeño pasadizo oscuro.
“¿A dónde llevará esto?”, me pregunté, sintiendo una mezcla de emoción y miedo.
Respiré hondo y entré en el pasadizo. Estaba muy oscuro y olía a tierra húmeda y a flores secas. Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. Vi que el pasadizo conducía a una pequeña gruta subterránea.
La gruta estaba iluminada por la luz tenue que entraba por una pequeña abertura en el techo. En el centro de la gruta, había un pequeño cofre de madera. Me acerqué al cofre y lo abrí.
Dentro del cofre, no había oro ni joyas. En su lugar, encontré un montón de cartas antiguas, un pequeño libro de poemas y un retrato de una joven muy hermosa. La joven del retrato se parecía mucho a Doña Elena.
Empecé a leer las cartas. Eran cartas de amor, escritas por un joven llamado Ricardo. En las cartas, Ricardo le contaba a Elena sobre sus sueños, sus esperanzas y su amor por ella.
También leí algunos de los poemas. Eran poemas hermosos y tristes, que hablaban de la belleza de la naturaleza y de la fugacidad del tiempo.
De repente, escuché un ruido afuera. ¡Era Doña Elena! Salí corriendo de la gruta y cerré la puerta detrás de mí. Volví a colgar la llave en la rama del arbusto y dejé la caja de música donde la había encontrado.
Doña Elena me vio en el jardín y sonrió. “¡Hola, Mateo! ¿Qué haces aquí?”, me preguntó.
Me sentí un poco culpable, pero decidí contarle la verdad. Le conté sobre la caja de música, la llave, la puerta secreta y la gruta con el cofre.
Doña Elena me escuchó con atención, sin interrumpirme. Cuando terminé, sonrió con tristeza. “Ese era mi secreto, Mateo”, me dijo. “Ricardo era mi novio. Murió hace muchos años. Este jardín era nuestro refugio, y la gruta, nuestro lugar secreto.”
Me sentí muy apenado por ella. “Lo siento mucho, Doña Elena”, le dije. “No quería entristecerla.”
“No te preocupes, Mateo”, me dijo. “Gracias por descubrir mi secreto. Ahora sé que Ricardo no ha sido olvidado.”
Doña Elena me invitó a tomar un té en su casa. Me contó más sobre Ricardo y sobre su vida. Aprendí que el jardín era su forma de mantener viva la memoria de su amado.
Desde ese día, el jardín de Doña Elena se volvió aún más especial para mí. Cada vez que lo visito, recuerdo la historia de amor de Elena y Ricardo, y el secreto que guardaba el jardín.
Y cada vez que paso por tu casa, Doña Elena, sé que tu jardín es mucho más que un simple jardín. Es un lugar lleno de amor, recuerdos y magia.
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