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Doña Elena, con casi ochenta años, estaba inquieta. Su mano arrugada buscaba a tientas en el bolsillo de su delantal. Necesitaba, ¡urgentemente!, fumar su octavo cigarrillo del día. La tos, esa tos áspera y persistente que le carraspeaba la garganta, era su fiel compañera. Su voz, antes melodiosa, ahora era un ronquido parecido al de un viejo oso gruñón. El médico le había advertido mil veces: "¡Elena, esos cigarrillos te están robando la vida!". Pero Doña Elena, testaruda como una mula, respondía con un encogimiento de hombros y una bocanada de humo.
Vivía en una casita pequeña, rodeada de un jardín que, aunque descuidado, aún conservaba rastros de su antigua belleza. Rosas marchitas, claveles descoloridos y margaritas tímidas luchaban por sobrevivir entre la maleza. Doña Elena ya no tenía energías para cuidarlo como antes. El cigarrillo, pensaba ella, le calmaba los nervios y le daba un respiro. Pero en realidad, le estaba robando la alegría y la vitalidad.
Un día, dos niños, Sofía y Tomás, se mudaron a la casa vecina. Sofía, de siete años, era curiosa como un gato y tenía el pelo como el sol. Tomás, de nueve, era más tímido, pero le encantaba leer libros de aventuras. Desde su ventana, observaban a Doña Elena sentada en su mecedora, siempre con un cigarrillo entre los dedos.
"¡Mira, Tomás! La abuelita fuma mucho", dijo Sofía un día. "Mi mamá dice que fumar es malo para la salud".
Tomás asintió, preocupado. A él le gustaba observar a las abejas revoloteando en el jardín de Doña Elena, aunque cada vez veía menos flores.
Un día, Sofía y Tomás decidieron acercarse a Doña Elena. Llevaban consigo una pequeña maceta con una planta de fresas que habían cultivado. Con timidez, se acercaron a la mecedora.
"Buenos días, Doña Elena", saludó Sofía con su voz dulce.
Doña Elena, sorprendida, levantó la vista. Sus ojos, antes opacos, brillaron un poco al ver a los niños. "Buenos días, pequeños", respondió con su voz ronca.
"Le trajimos esta plantita de fresas", dijo Tomás, ofreciéndole la maceta. "Nos gusta mucho su jardín, pero parece un poco triste".
Doña Elena aceptó la planta con una sonrisa torcida. "Gracias, niños. Mi jardín ya no es lo que era", murmuró.
Sofía, sin pensarlo, le preguntó: "¿Por qué fuma tanto, Doña Elena? ¿No sabe que es malo?".
Doña Elena suspiró. "Lo sé, querida. Pero es un vicio difícil de dejar".
Tomás tuvo una idea. "¿Y si le ayudamos a cuidar su jardín? Quizás así se olvida un poco del cigarrillo".
Doña Elena los miró con incredulidad. "¿Ustedes? Pero si son muy pequeños…".
"¡Podemos hacerlo!", exclamó Sofía con entusiasmo. "Podemos regar las plantas, quitar las malas hierbas y plantar flores nuevas".
Doña Elena sonrió de verdad, por primera vez en mucho tiempo. "Está bien, niños. Acepto su ayuda".
Y así comenzó la aventura. Sofía y Tomás, con la supervisión de Doña Elena, comenzaron a trabajar en el jardín. Regaban las plantas, quitaban las malas hierbas y plantaban semillas de flores que los niños habían traído. Doña Elena, al principio sentada en su mecedora, observaba con una sonrisa. Poco a poco, comenzó a unirse a ellos. Al principio, solo recogía algunas hojas secas. Luego, comenzó a desenterrar pequeñas malas hierbas. Y, sin darse cuenta, el tiempo que pasaba fumando se redujo drásticamente.
El jardín comenzó a florecer. Las rosas recuperaron su color, los claveles se erguieron orgullosos y las margaritas inundaron el jardín de alegría. Doña Elena, al ver la belleza que habían creado juntos, sintió una felicidad que hacía mucho tiempo no experimentaba. Su tos se hizo menos frecuente y su voz, aunque aún ronca, sonaba más clara.
Un día, Doña Elena, mientras admiraba las flores con Sofía y Tomás, tomó una decisión. Tiró su último cigarrillo a la basura. "Ya no lo necesito", dijo con una sonrisa radiante. "Tengo este jardín y a ustedes".
Sofía y Tomás la abrazaron con fuerza. Habían ayudado a Doña Elena a encontrar un nuevo vicio, uno mucho más saludable y hermoso: el vicio de la vida y la amistad en un jardín floreciente. El secreto del jardín de Doña Elena no eran las flores, sino el amor y la esperanza que había encontrado en él. Y todo, gracias a la ayuda de dos niños con un gran corazón. Ahora, Doña Elena cuidaba el jardín con ellos y juntos, hacían limonada con las fresas que cultivaban, compartiendo risas y cuentos bajo el sol. Los cigarrillos eran un recuerdo lejano, reemplazados por el dulce aroma de las flores y la alegría de vivir.
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