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Gratis · elegí una vozEn un reino lejano, donde los castillos se alzaban como gigantes de piedra y los jardines florecían con colores imposibles, vivía la princesa Amapola. Era la hija única del Rey Asterio, un hombre bueno pero a menudo absorto en los asuntos del reino. Amapola pasaba la mayor parte de sus días explorando los vastos terrenos del castillo, buscando aventuras entre los rosales y los laberintos de setos.
Amapola tenía una hermana mayor, Lirio, que había fallecido hacía muchos años. Amapola no la recordaba bien, pero su padre a menudo hablaba de ella con una tristeza en los ojos que Amapola no entendía del todo. Sabía que Lirio amaba los jardines más que cualquier otra cosa, y Amapola, en cierto modo, sentía que estaba honrando su memoria al explorar cada rincón verde del castillo.
Un día, mientras seguía a una mariposa azul brillante, Amapola tropezó con una puerta oculta en un muro cubierto de hiedra. La puerta estaba cerrada, pero con un poco de esfuerzo, logró abrirla. Al otro lado, descubrió un jardín secreto, abandonado y cubierto de maleza, pero aún así, con una belleza melancólica que le robó el aliento. En el centro del jardín, había una fuente de piedra seca, rodeada de estatuas de ángeles rotas.
Mientras Amapola examinaba el jardín, un joven apareció entre los árboles. Era delgado y llevaba ropas sencillas, pero sus ojos brillaban con inteligencia y bondad. Se llamaba Cristóbal y trabajaba en las cocinas del castillo. Al principio, Amapola se sintió sorprendida, pero Cristóbal le sonrió con timidez y le explicó que él también conocía el jardín secreto. Le contó que solía venir allí a leer, escapando del bullicio de la cocina.
Amapola se dio cuenta de que Cristóbal era un chico solitario, como ella. Su rostro, sus gestos, todo en él le recordaba a algo... a alguien. De repente, lo supo. Cristóbal le recordaba a su hermana Lirio. No físicamente, sino en su espíritu tranquilo y su amor por la naturaleza. Lirio también se había sentido sola en el castillo, y Amapola siempre había deseado poder haberla conocido mejor.
"Este jardín necesita ayuda," dijo Amapola, mirando a Cristóbal. "Necesitamos devolverle su belleza."
Cristóbal asintió con entusiasmo. Juntos, comenzaron a limpiar el jardín. Arrancaron la maleza, podaron los rosales y limpiaron la fuente. Amapola descubrió que Cristóbal tenía un conocimiento asombroso de las plantas y las flores. Él le enseñó los nombres de cada especie y le explicó cómo cuidarlas.
Con cada día que pasaba, el jardín se volvía más hermoso. Las flores comenzaban a florecer, la fuente volvía a manar agua cristalina y los pájaros cantaban en los árboles. Amapola y Cristóbal se volvieron inseparables. Compartían secretos, sueños y risas en el jardín. Amapola se sentía más feliz que nunca. Había encontrado un amigo verdadero y, en cierto modo, sentía que estaba conectando con su hermana Lirio a través de este proyecto compartido.
Un día, mientras trabajaban en el jardín, el Rey Asterio los encontró. Al principio, se sorprendió al ver a su hija en un lugar tan abandonado, y aún más al verla acompañada de un chico de la cocina. Pero al observar la alegría en el rostro de Amapola y la belleza del jardín que habían creado, su corazón se enterneció. Recordó a Lirio y su pasión por los jardines.
"Este lugar es hermoso," dijo el Rey, con una voz cargada de emoción. "Lirio habría amado este jardín."
Amapola y Cristóbal se miraron con complicidad. Sabían que Lirio estaba allí, en espíritu, compartiendo su alegría.
El Rey Asterio, conmovido por la dedicación de los jóvenes, ordenó que el jardín secreto fuera restaurado por completo. Cristóbal fue nombrado jardinero oficial del castillo y Amapola pasó muchas horas con él, aprendiendo sobre las plantas y la naturaleza. El jardín se convirtió en un lugar de paz y belleza para todo el reino, un testimonio del poder de la amistad y el amor fraternal.
Amapola nunca olvidó a su hermana Lirio, pero a través de su amistad con Cristóbal y su trabajo en el jardín, encontró una forma de honrar su memoria y llenar el vacío que su ausencia había dejado. Y Cristóbal, que siempre se había sentido solo, encontró un lugar al que pertenecer y una amiga verdadera en la princesa Amapola.
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