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Gratis · elegí una vozEn la Escuela de las Estrellas Fugaces, había una clase, el grupo de los Girasoles Saltarines, que era famosa por su energía… ¡demasiada energía! A Carlitos le encantaba imitar a los monos, saltando de silla en silla. A Sofía le fascinaba contar chistes, aunque a veces interrumpía a la maestra. Y a Pedro… bueno, a Pedro le gustaba hacer ruidos de cohetes despegando, ¡incluso durante la lectura!
La maestra, la Señorita Margarita, era un sol de paciencia. Siempre sonreía y les explicaba las cosas con cariño. Pero últimamente, la Señorita Margarita estaba… triste. No lo decía, pero sus ojos ya no brillaban tanto como antes. Los Girasoles Saltarines estaban tan ocupados con sus juegos y bromas que no se daban cuenta.
Un día, la Señorita Margarita les propuso un proyecto especial: ¡crear un jardín silencioso! “Un lugar donde podamos escuchar el susurro del viento y el canto de los pájaros,” explicó con una voz suave. “Un lugar donde podamos encontrar paz y tranquilidad.”
Al principio, los Girasoles Saltarines no entendieron. ¿Un jardín silencioso? ¡Qué aburrido! Carlitos prefirió seguir imitando monos, Sofía intentó contar un chiste sobre un caracol corredor y Pedro… bueno, Pedro hizo un ruido de cohete aún más fuerte.
La Señorita Margarita suspiró. “Chicos,” dijo con tristeza, “el jardín silencioso necesita silencio. Necesita cuidado. Necesita… atención.”
Esa noche, Sofía no pudo dormir. Pensaba en la Señorita Margarita y en su jardín. Recordaba la sonrisa triste que la maestra tenía últimamente. “Tal vez,” pensó Sofía, “tal vez estamos siendo demasiado ruidosos.”
Al día siguiente, Sofía llegó al aula con una idea. “¡Chicos!” exclamó, “¿y si intentamos ser silenciosos por un ratito? Solo para ver cómo es.”
Carlitos, aunque le costó, dejó de imitar monos. Pedro, con un esfuerzo enorme, se aguantó las ganas de hacer ruidos de cohetes. Y Sofía… Sofía se concentró en escuchar el tic-tac del reloj de la pared.
El silencio fue… sorprendente. Podían escuchar el viento soplando suavemente contra la ventana. Podían oír a los pájaros cantando en los árboles. Y podían sentir… una calma que nunca antes habían experimentado.
La Señorita Margarita entró al aula y se quedó sin palabras. Sus ojos brillaron de nuevo. “¡Qué maravilloso!” exclamó. “¡Miren! ¡Ya están floreciendo las primeras flores de nuestro jardín silencioso!”
Juntos, los Girasoles Saltarines comenzaron a trabajar en el jardín. Plantaron semillas de amapolas rojas y margaritas blancas. Construyeron un pequeño estanque para los peces dorados. Y aprendieron a cuidar de las plantas con delicadeza y silencio.
Carlitos descubrió que podía usar sus manos para plantar, no solo para saltar. Sofía aprendió a contar historias sobre las flores, en lugar de chistes ruidosos. Y Pedro… Pedro aprendió a hacer ruidos de la naturaleza, como el murmullo del agua o el canto de los grillos.
El jardín silencioso se convirtió en el lugar favorito de la clase. Allí, aprendieron a escuchar, a observar y a respetar la tranquilidad. Y la Señorita Margarita… la Señorita Margarita volvió a sonreír con todo su corazón.
Un día, mientras regaban las plantas, Carlitos le preguntó a la Señorita Margarita: “Maestra, ¿por qué estabas triste antes?”
La Señorita Margarita sonrió. “Porque sentía que no me escuchaban,” respondió. “Pero ahora, veo que no solo me escuchan, sino que también se escuchan entre ustedes y escuchan al mundo que nos rodea.”
Los Girasoles Saltarines aprendieron que la disciplina no se trataba de estar quietos y callados todo el tiempo, sino de saber cuándo y cómo usar su energía. Aprendieron a respetar a los demás y a encontrar la belleza en el silencio. Y la Señorita Margarita aprendió que incluso los niños más ruidosos pueden florecer en un jardín de paz.
Desde entonces, la Escuela de las Estrellas Fugaces tuvo dos clases famosas: el grupo de los Girasoles Saltarines, por su energía, ¡y el Jardín Silencioso, por su paz y belleza! Y cada vez que los Girasoles Saltarines se sentían demasiado ruidosos, simplemente iban al jardín, escuchaban el susurro del viento y recordaban la lección de la Señorita Margarita: a veces, el silencio es la mejor melodía.
Y Pedro, bueno, Pedro todavía hacía ruidos de cohetes… pero solo en el recreo, ¡y nunca cerca del Jardín Silencioso!
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