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Había una vez, en lo más alto de las montañas de los Andes, un lugar donde el cielo y el agua se daban la mano. Era el Lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Allí, sobre unas islas flotantes hechas enteramente de una planta llamada totora, vivía Mateo, un niño de ocho años con una curiosidad tan grande como el mismo lago. Mateo tenía la piel bronceada por el sol andino, el cabello negro siempre alborotado y siempre vestía su poncho favorito con hermosos tejidos rojos y amarillos.
Una mañana, mientras Mateo ayudaba a su abuelo Tomás a reparar la base de su isla, algo brillante llamó su atención entre las cañas de totora. Era una rana, pero no cualquier rana. Era una rana gigante del Titicaca, de color verdoso dorado, con pliegues en la piel que la hacían ver como si llevara un traje demasiado grande. Pero la ranita, a la que Mateo decidió llamar Kusi, no se movía con su alegría habitual. Sus ojos grandes parecían tristes y el agua a su alrededor se veía un poco turbia.
—Abuelo, mira a Kusi —dijo Mateo preocupado—. Creo que el lago está tratando de decirnos algo.

El abuelo Tomás, un hombre sabio que conocía cada rincón del lago, se acercó y suspiró. —El lago es sagrado, Mateo, pero a veces los humanos olvidamos cuidarlo. La limpieza del agua es la vida de Kusi y la nuestra. Si ella está triste, es porque el corazón del Titicaca necesita ayuda.
Decidido a ayudar, Mateo le pidió a su abuelo que lo llevara en su balsa de totora hacia el 'Ojo del Lago', un lugar donde las leyendas decían que el agua era tan pura que podía curar cualquier mal. El abuelo aceptó, y juntos subieron a su embarcación, una balsa tradicional con la proa tallada en forma de cabeza de puma, el animal sagrado que da nombre al lago.
Mientras navegaban, Mateo observaba las aves parihuanas de color rosado volar sobre ellos. El viaje era largo y el sol brillaba con fuerza, pero el aire era fresco. De repente, Mateo vio que en una zona de corrientes se habían acumulado botellas de plástico y restos que no pertenecían al lago. —¡Ahí está el problema, abuelo! —exclamó el niño. Sin dudarlo, Mateo usó una red pequeña para empezar a recoger los desperdicios, trabajando con cuidado para no molestar a los peces que nadaban debajo.

Después de horas de esfuerzo, llegaron finalmente a una zona donde el agua cambiaba de un azul profundo a un turquesa cristalino. Era un lugar mágico, rodeado de montañas con picos nevados que se reflejaban en la superficie como en un espejo perfecto. Mateo puso a Kusi en un pequeño cuenco con agua limpia y la ranita empezó a nadar con energía, sus pliegues moviéndose rítmicamente.
—Mira, abuelo, ¡está bailando! —rio Mateo.
De repente, algo asombroso sucedió. Mientras Kusi nadaba, un grupo de otras ranas gigantes aparecieron desde las profundidades, creando un círculo alrededor de la balsa. El abuelo Tomás sonrió y comenzó a tocar una melodía suave con su zampoña. La música parecía vibrar en el agua, y por un momento, Mateo sintió que el lago mismo le daba las gracias. No era solo por limpiar esa pequeña parte, sino por demostrar que un niño pequeño podía tener el valor de proteger un tesoro milenario.
Al regresar a su isla flotante bajo un atardecer que pintaba el cielo de violeta y naranja, Mateo se dio cuenta de que su aventura apenas comenzaba. No bastaba con un solo viaje; él se convertiría en el Guardián del Lago. Desde ese día, Mateo organizó a los otros niños de las islas Uros para recolectar cualquier residuo y enseñar a los visitantes la importancia de mantener el agua pura.
Kusi se quedó cerca de la isla de Mateo, y cada mañana, cuando el niño salía a saludar al sol, la rana gigante asomaba su cabeza dorada entre las totoras, recordándole que el Lago Titicaca no era solo agua y leyenda, sino un ser vivo que latía con fuerza gracias al cuidado de quienes lo amaban. Y así, entre montañas nevadas y balsas de totora, la leyenda de Mateo, el niño que hablaba con el lago, creció y se extendió por todos los Andes.
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