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Gratis · elegí una vozSofía, con su cabello color sol y ojos como el cielo de verano, adoraba la playa. Cada ola que rompía en la arena era una canción, cada concha un tesoro. Un día, mientras construía un castillo de arena lo suficientemente grande para una reina sirena, vio algo inusual. A lo lejos, cerca de las rocas cubiertas de algas, un niño estaba sentado, mirando fijamente al mar.
Se acercó con cautela. El niño, llamado Martín, tenía la piel bronceada y el pelo revuelto por el viento. Llevaba un pequeño silbato de madera colgado al cuello. “¿Qué haces?”, preguntó Sofía, tímidamente.
Martín no se sobresaltó. Simplemente señaló hacia el horizonte. “Espero a la Mariposa Marina”, respondió, con una voz suave como la brisa.
Sofía frunció el ceño. “¿La Mariposa Marina? ¿Qué es eso?”
Martín sonrió, una sonrisa que iluminaba su rostro. “Es un secreto”, dijo. “Pero si prometes no contárselo a nadie, te lo mostraré”.
Sofía asintió con entusiasmo. Le encantaban los secretos.
Martín se levantó y la condujo hasta una pequeña cala escondida entre las rocas. Allí, en la arena, había un dibujo grande y colorido de una mariposa con alas hechas de olas y antenas de coral.
“Esta es la Mariposa Marina”, explicó Martín. “Mi abuelo me contó que cada cierto tiempo, cuando el mar está en calma y el sol brilla con fuerza, la Mariposa Marina aparece y nos lleva a volar por encima del mar”.
Sofía se rió. “Eso es imposible”, dijo. “Las mariposas no viven en el mar, y mucho menos vuelan con niños”.
Martín sacudió la cabeza. “Es real”, insistió. “Solo tienes que creer”.
Sofía, aunque escéptica, quería creer. Se sentó junto a Martín en la arena y miró fijamente el dibujo. El sol brillaba con fuerza, calentando la arena bajo sus pies. El mar estaba en calma, como un espejo azul.
De repente, Martín sopló su silbato de madera. El sonido era suave y melodioso, como el canto de una gaviota. Lo sopló una y otra vez, cerrando los ojos y concentrándose.
Sofía observó con atención. Al principio, no pasó nada. Pero luego, sintió un cosquilleo en los pies. Miró hacia abajo y vio que el dibujo de la Mariposa Marina comenzaba a brillar. Las líneas de arena se iluminaban con una luz dorada.
El brillo se hizo más intenso, envolviendo a Sofía y a Martín en una cálida luz. Sintió como si se levantaran del suelo, flotando suavemente en el aire. Abrió los ojos y vio que estaban volando, por encima de la playa, por encima del mar.
Debajo de ellos, la Mariposa Marina, hecha de olas y coral, batía sus alas suavemente. Era hermosa y perfecta, más allá de cualquier cosa que Sofía hubiera imaginado.
Volaban alto, por encima de los barcos de pesca, por encima de las olas espumosas, por encima de las nubes blancas. Podían ver toda la playa, desde el faro en la distancia hasta el puerto lleno de colores.
Martín sonreía, su rostro radiante de felicidad. Sofía, al principio asustada, ahora reía de alegría. Era una sensación maravillosa, volar libremente por encima del mar.
La Mariposa Marina los llevó a lugares increíbles. Volaron sobre islas desiertas, donde vieron flamencos rosados y tortugas marinas. Volaron sobre ciudades submarinas, donde los peces bailaban al son de la música de las sirenas.
Finalmente, cuando el sol comenzó a ponerse, la Mariposa Marina los llevó de regreso a la playa. Los depositó suavemente en la arena, justo al lado del dibujo. El brillo desapareció, y la Mariposa Marina se desvaneció en las olas.
Sofía y Martín se quedaron sentados en la arena, mirando al mar. Estaban sin palabras, maravillados por lo que acababan de experimentar.
“¿Lo viste?”, preguntó Martín, con los ojos brillantes.
Sofía asintió. “Lo vi”, respondió. “Fue hermoso y perfecto”.
Prometieron guardar el secreto de la Mariposa Marina para siempre. Sabían que era algo especial, algo que solo ellos dos podían compartir.
Desde ese día, Sofía y Martín se reunían en la playa todos los días. Construían castillos de arena, buscaban conchas y, de vez en cuando, cuando el mar estaba en calma y el sol brillaba con fuerza, Martín soplaba su silbato de madera, esperando el regreso de la Mariposa Marina. Y aunque no siempre volvía, sabían que estaba ahí, en algún lugar del mar, esperando el momento adecuado para llevarlos a volar de nuevo.
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