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Gratis · elegí una vozEl profesor Dylan era conocido en toda la escuela "Sol Brillante" por su mal humor. Siempre tenía el ceño fruncido, la voz resonante y parecía que una nube gris lo seguía a todas partes. Los niños le temían un poco, especialmente cuando se acercaban los exámenes. Este año, Hugo, un niño de diez años con una sonrisa contagiosa y un corazón de oro, había reprobado el examen de matemáticas. ¡Reprobado! La noticia resonó por todo el patio. Hugo, que normalmente era el más alegre, caminaba cabizbajo, arrastrando los pies.
"¡No es justo!", murmuró Hugo para sí mismo, sentado bajo la sombra de un gran árbol de mango. "Estudié mucho, pero los números simplemente no entraron en mi cabeza".
Su amiga Sofía, una niña astuta con una coleta trenzada y gafas redondas, se sentó a su lado. "¿Estás seguro de que respondiste todas las preguntas?", preguntó.
Hugo asintió tristemente. "Sí, pero creo que me equivoqué en la última. Era muy difícil".
Sofía pensó por un momento. "Tal vez… tal vez deberíamos hablar con el profesor Dylan. A veces, se equivoca, ¿sabes? Aunque sea gruñón".
Hugo se estremeció. La idea de hablar con el profesor Dylan lo llenaba de nerviosismo. Pero la idea de tener que repetir el año era aún peor. Respiró hondo y asintió.
Al día siguiente, Hugo y Sofía se acercaron al profesor Dylan después de la clase. El profesor estaba sentado en su escritorio, corrigiendo exámenes con un ceño aún más fruncido de lo habitual.
"Profesor Dylan…", comenzó Hugo, con la voz temblorosa. "Quería hablar con usted sobre mi examen de matemáticas".
El profesor Dylan levantó la vista, con los ojos entrecerrados. "¿Qué pasa, Hugo? ¿No estás contento con tu nota?", preguntó con un tono sarcástico.
"No… no es eso, profesor", respondió Hugo. "Es que estudié mucho y creo que tal vez… tal vez hubo un error".
El profesor Dylan suspiró. "Hugo, ya he corregido el examen. Tu nota es la que es. No hay nada que pueda hacer".
Sofía, valiente, intervino. "Profesor, Hugo es muy inteligente. Siempre ayuda a los demás. Por favor, ¿podría revisar su examen una vez más? Tal vez una pregunta no se calificó correctamente".
El profesor Dylan miró a Sofía con sorpresa. Nunca antes un alumno se había atrevido a hablarle así. Dudó por un momento, luego, con un suspiro pesado, tomó el examen de Hugo.
"Está bien", dijo. "Lo revisaré. Pero no prometo nada".
Hugo y Sofía esperaron ansiosamente. Los días siguientes fueron una tortura. Hugo no podía concentrarse en clase y Sofía no dejaba de preguntarle si el profesor Dylan le había dicho algo. Finalmente, un viernes por la tarde, el profesor Dylan llamó a Hugo a su escritorio.
Hugo caminó hacia el escritorio con el corazón latiendo con fuerza. El profesor Dylan lo miró con una expresión que no pudo descifrar.
"Hugo", dijo el profesor Dylan, con un tono de voz inusualmente suave. "He revisado tu examen. Y… tengo que admitir que me equivoqué".
Los ojos de Hugo se abrieron con sorpresa.
"En la última pregunta", continuó el profesor Dylan, "yo… yo no la califiqué correctamente. Tu respuesta era correcta".
La cara de Hugo se iluminó con una enorme sonrisa. "¿De verdad, profesor? ¿Eso significa que aprobé?"
El profesor Dylan asintió. "Sí, Hugo. Aprobaste. Y… me disculpo por mi error".
Hugo no podía creerlo. ¡Había aprobado! Pero lo que más le sorprendió fue la disculpa del profesor Dylan. Nunca lo había visto ser tan amable.
"Gracias, profesor Dylan", dijo Hugo, sinceramente.
El profesor Dylan sonrió levemente. "De nada, Hugo. Y… a veces, incluso los profesores gruñones se equivocan".
Ese día, Hugo aprendió una valiosa lección: nunca rendirse y defender lo que es justo. Y el profesor Dylan aprendió que incluso detrás de una fachada de mal humor, puede haber un corazón que puede cambiar. Desde ese día, el profesor Dylan empezó a sonreír más a menudo, y aunque seguía siendo un poco serio, ya no era tan gruñón. Y Hugo, bueno, Hugo siguió siendo el niño alegre y optimista que siempre había sido, pero ahora con una historia increíble que contar sobre el día en que el profesor gruñón admitió que se había equivocado. El secreto del profesor gruñón era que, en el fondo, también tenía un buen corazón.
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