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Gratis · elegí una vozEn el corazón de la Puna Jujeña, donde los cardones se alzan como centinelas y el viento silba melodías ancestrales, vivía una niña llamada Wara. Wara amaba el Carnaval más que a nada en el mundo. No le importaban tanto los dulces o los juegos, sino la música, los colores y, sobre todo, la energía vibrante del Pujllay, el espíritu del Carnaval.
Cada año, la comunidad de Tilcara se preparaba con esmero. Se elegían las coplas, se afinaban los instrumentos, se confeccionaban los trajes brillantes y se preparaba la chicha, la bebida sagrada. Wara, con sus trenzas negras y ojos brillantes, ayudaba a su abuela, Mama Coca, a tejer cintas multicolores para adornar los trajes. Mama Coca le contaba historias del Pujllay, un espíritu travieso pero bondadoso que traía alegría y prosperidad a la comunidad.
"El Pujllay es como el viento, Wara," decía Mama Coca, "invisible pero poderoso. Vive en nuestros corazones y se manifiesta en la música y la danza. Pero hay que cuidarlo, respetarlo. Si lo olvidamos, la alegría se irá con él."
Este año, sin embargo, algo andaba mal. A medida que se acercaba el Carnaval, la alegría parecía desvanecerse. Los músicos no encontraban la melodía correcta, los colores de los trajes parecían opacos y la chicha no tenía el sabor de siempre. Wara sentía una tristeza profunda, como si el Pujllay se hubiera perdido.
Una tarde, mientras caminaba por el cerro, Wara encontró a un anciano sentado sobre una piedra, con la mirada perdida. Era Don Atilio, el músico más respetado del pueblo.
"¿Qué te pasa, Don Atilio?" preguntó Wara.
"El Pujllay se ha ido, niña," respondió Don Atilio con voz apagada. "Ya no siento la música en mi corazón. Ya no sé cómo tocar para él."
Wara sintió un vuelco en el estómago. Si Don Atilio, el corazón musical del pueblo, había perdido la fe, ¿qué esperanza quedaba? Decidida, Wara se propuso encontrar al Pujllay perdido.
Recordó las historias de Mama Coca. El Pujllay amaba la Pachamama, la Madre Tierra. Amaba la música, la danza, la alegría y, sobre todo, el respeto por las tradiciones. Wara decidió seguir esas pistas.
Primero, fue al río Grande, el río sagrado que atraviesa Tilcara. Allí, cantó una antigua copla que su abuela le había enseñado, una canción de agradecimiento a la Pachamama por el agua que daba vida. Luego, subió al Pucará de Tilcara, la antigua fortaleza inca, y danzó al son del viento, pidiendo al Pujllay que regresara.
Pero nada parecía funcionar. La tristeza persistía en el aire. Desanimada, Wara regresó a casa. Mama Coca la esperaba con una taza de mate caliente.
"¿Qué te preocupa, mi niña?" preguntó Mama Coca.
Wara le contó sobre su búsqueda infructuosa. Mama Coca la escuchó con atención y luego sonrió.
"A veces, Wara," dijo Mama Coca, "buscamos la alegría en lugares lejanos cuando la tenemos justo aquí, en nuestro corazón. El Pujllay no es algo que se pueda encontrar fuera de nosotros. Es algo que debemos crear, alimentar, compartir."
Las palabras de Mama Coca resonaron en el corazón de Wara. De repente, comprendió. No se trataba de buscar al Pujllay perdido, sino de despertar el Pujllay que dormía en cada uno de los habitantes de Tilcara.
Al día siguiente, Wara fue a la plaza del pueblo. Llevaba su quena, una pequeña flauta de caña. Comenzó a tocar una melodía sencilla pero alegre, una melodía que había aprendido de su abuelo. Al principio, nadie le prestó atención. Pero poco a poco, la gente comenzó a acercarse.
Don Atilio, con su guitarra, se unió a la música. Luego, otros músicos se sumaron con sus bombos, erkes y charangos. Los colores de los trajes comenzaron a brillar de nuevo, la chicha recuperó su sabor y la plaza se llenó de risas y alegría.
El Pujllay había regresado. No porque Wara lo hubiera encontrado, sino porque ella había despertado el espíritu del Carnaval en el corazón de su pueblo. La fiesta comenzó, llena de música, danza y la alegría contagiosa del Carnaval Jujeño. Y Wara, con su quena en mano, supo que el secreto del Pujllay no estaba perdido, sino siempre presente, esperando ser despertado.
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