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Gratis · elegí una vozMe llamo Aedán, y vivo en un poblado a orillas del río Anas, que ustedes quizás conozcan como el Guadiana. No sé cuántos años tengo exactamente, porque nosotros, los celtíberos, medimos el tiempo de otra manera, por las estaciones y las cosechas abundantes. Mi pelo es tan oscuro como la noche y mis ojos verdes como los olivares en primavera. Mi padre es un guerrero valiente, y mi madre, una tejedora experta en lana de oveja.
Nuestra casa es redonda, hecha de adobe y paja, con un techo cónico para que la lluvia resbale fácilmente. Por las noches, el fuego crepita en el centro, calentando a toda la familia mientras mi abuela cuenta historias de nuestros antepasados, los celtas que llegaron desde tierras lejanas y los íberos que siempre han cuidado esta tierra.
La vida en el poblado es ajetreada. Los hombres cazan jabalíes en el bosque y cuidan de los caballos, animales fuertes e importantes para nosotros. Las mujeres cultivan el trigo y la cebada, muelen el grano para hacer pan y cuidan de los niños. Yo ayudo en lo que puedo, recogiendo leña, cuidando de las ovejas y aprendiendo a tirar con arco y flecha.
Una de mis cosas favoritas es explorar el bosque con mi perro, Bran. Bran es un perro grande y peludo, de color marrón, con un olfato increíble. Siempre me acompaña en mis aventuras, siguiendo rastros de animales y descubriendo lugares secretos. Un día, mientras seguíamos un rastro de conejo, encontramos una cueva escondida detrás de una cascada.
Entramos con cuidado, y la cueva estaba oscura y húmeda. Bran ladró suavemente, señalando algo en el suelo. Me acerqué y vi que eran pinturas rupestres, dibujos de animales y hombres cazando, hechos hace muchísimos años. Me quedé maravillado, imaginando a los hombres y mujeres que habían vivido aquí antes que nosotros.
Le conté a mi abuela sobre la cueva, y ella me dijo que era un lugar sagrado, un lugar donde nuestros antepasados se conectaban con la naturaleza y los espíritus de la tierra. Me dijo que debía guardar el secreto de la cueva y respetarla siempre.
Otra cosa que me gusta mucho es ir al río Anas. El río es la vida de nuestro poblado. Nos proporciona agua para beber, para regar los campos y para pescar. También nos sirve como camino, navegando en pequeñas barcas hechas de troncos de árbol. Un día, mi padre me llevó a pescar en el río. Me enseñó a lanzar la red y a esperar pacientemente. Después de un rato, sentí un tirón fuerte en la red. ¡Había pescado un pez enorme! Estaba muy orgulloso de mí mismo.
Pero no todo es alegría en la vida del poblado. A veces, tenemos que defendernos de otros pueblos que quieren robarnos nuestras tierras y nuestros animales. Mi padre y los demás guerreros se preparan para la batalla, poniéndose sus armaduras de cuero y sus cascos de bronce. Yo me quedo en el poblado con mi madre y mi abuela, rezando para que los guerreros regresen sanos y salvos.
Un día, llegó un mensajero al poblado con noticias preocupantes. Los romanos, un pueblo poderoso que viene de tierras lejanas, están conquistando toda la península. Dicen que son invencibles y que nadie puede detenerlos. Mi padre y los demás guerreros se reunieron para decidir qué hacer. Algunos querían luchar, otros querían huir. Al final, decidieron enviar una delegación a los romanos para intentar llegar a un acuerdo.
Mi padre fue uno de los elegidos para ir a hablar con los romanos. Lo vi partir con el corazón encogido, pero sabía que estaba haciendo lo correcto. Después de varios días, mi padre regresó con buenas noticias. Los romanos estaban dispuestos a negociar. A cambio de una parte de nuestras cosechas y de nuestra lealtad, nos permitirían vivir en paz en nuestras tierras.
Aunque no me gustó la idea de tener que obedecer a los romanos, entendí que era la mejor opción para proteger a mi familia y a mi poblado. Aprendí que a veces, la paz es más importante que la guerra, y que la diplomacia puede ser más poderosa que las armas.
Con el tiempo, los romanos construyeron ciudades y caminos en nuestra tierra. Trajeron nuevas costumbres y nuevas tecnologías. Algunos celtíberos se adaptaron a la nueva situación, otros resistieron. Pero todos recordamos nuestras raíces y nuestra cultura, transmitiéndolas de generación en generación. Y yo, Aedán, el niño celtíbero, seguiré explorando el bosque, pescando en el río Anas y contando las historias de mi pueblo.
Un día, encontré unas pepitas brillantes en el río. Eran de oro, ¡oro puro! Desde entonces, llamamos a nuestro río el Río Dorado, un símbolo de la riqueza de nuestra tierra y la esperanza de un futuro próspero.
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