El Secreto del Salón Oscuro y el Peluche Negro
Un niño descubre que su profesora no es humana y huye de ella. Junto a sus amigos, exploran un lugar misterioso donde se enfrentan a una figura oscura y terrorífica que los persigue, revelando un horror inimaginable.
En el Colegio Sol Naciente, corría un rumor sobre la profesora del último salón. Decían que no era… del todo humana. Era la Señorita Noche, y nadie la había visto a plena luz del día. Yo, en particular, la evitaba a toda costa. Pero un día, después de colgar un cuadro en el pasillo, me dijeron que debía ir a verla. El cuadro, según los demás, había quedado torcido. No quería ir. Sabía, en lo más profundo de mi ser, que la Señorita Noche era algo más, algo peligroso. Y el hecho de que su salón siempre estuviera a oscuras, incluso en los días más soleados, no ayudaba en nada. Aquel día, el cielo era gris y plomizo. Me acerqué al salón, arrastrando los pies. Cada paso me pesaba como una tonelada. La puerta estaba entreabierta, y una rendija de oscuridad emanaba de su interior. Estuve a punto de llamar, pero un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí que no debía acercarme más. Dando media vuelta, salí corriendo, tropezando con mis propios pies. Alcancé a mis amigos, Leo y Sofía, que me esperaban impacientes. "¡Vamos! ¡Hay que salir de aquí!", les dije, sin aliento. Los tres salimos corriendo del colegio, con el corazón latiendo a mil por hora. Yo no dejaba de mirar hacia atrás, temiendo que la Señorita Noche, en alguna forma retorcida, nos estuviera persiguiendo. Después de que cada uno tomara su camino hacia casa, solo quedamos cuatro: Leo, Sofía, Vi y yo. Vi nos propuso explorar un lugar misterioso que conocía. Aceptamos sin dudarlo, cualquier cosa era mejor que volver a casa solo. El camino era largo y confuso, y yo, distraído por las bromas y los coqueteos sutiles de Vi, no presté mucha atención a las indicaciones. Vi se adelantaba, corriendo y riendo, como si quisiera mostrarnos un gran tesoro. Finalmente, llegamos a un claro en el bosque, un lugar umbrío y silencioso, con una atmósfera extraña. Vi, de repente, se puso a jugar conmigo, riendo y corriendo a mi alrededor. Luego, me extendió un peluche negro con una cola larga y retorcida. Era suave y cálido al tacto, pero también me provocaba una sensación inquietante. No sabía qué era, pero sentía una mezcla de ternura y rareza. Vi, sin decir palabra, se fue corriendo hacia una especie de tanquecito oxidado que había en un rincón. Se subió y empezó a moverlo con entusiasmo. Yo sonreí, aliviado de verla tan feliz. Sabía que debíamos irnos, que ese lugar no era seguro. Estaba a punto de decírselo, cuando sentí un escalofrío en la nuca. Me incliné hacia atrás para ver si Leo y Sofía nos alcanzaban. En ese instante, una figura enorme y negra, con un sombrero que ocultaba su rostro, apareció de la nada y… se los tragó. Un grito silencioso se ahogó en mi garganta. El terror me paralizó. Quise gritarle a Vi que nos fuéramos, pero ella ya no estaba en el tanquecito. ¡Había desaparecido! Tiré el peluche al suelo y corrí a buscarla, pero al instante, la figura negra y grande se plantó frente a mí. Sin pensarlo dos veces, tomé la mano de Sofía y corrimos, corrimos como nunca antes, con el corazón latiendo enloquecido. Llegamos a un coche aparcado en la entrada del bosque. Sofía gritó: "¡Suéltame! ¡Suéltame!", sacudiendo su mano para que la dejara entrar primero. Entré yo, cerré la puerta y Sofía arrancó el coche a toda velocidad. Por un largo rato, no vimos a la figura negra. Pensamos que la habíamos perdido, pero de repente, la vimos de nuevo en la carretera, rodeada de más personas. El clima seguía siendo gris y opresivo. Sofía, con los ojos fijos en la carretera, dijo: "Tenemos que seguir adelante, ¡tenemos que esquivarlo!" Vio un espacio pequeño a la derecha de la figura, pensó que podíamos pasar por ahí sin que nos atrapara. Pero fue en vano. La figura negra se movió con una velocidad sorprendente y nos atrapó. Lo último que vimos, antes de que todo se volviera oscuridad, fue su rostro. Tenía barba, y sus ojos, sombríos y penetrantes, revelaban su verdadera identidad. ¡Era un hombre! Un hombre con un sombrero negro, vestido de negro de pies a cabeza, como una sombra gigante pero tangible. Y nos iba a comer.
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