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Gratis · elegí una vozEn el lejano oeste del conurbano, donde las casas se extendían como caramelos desparramados y los trenes cantaban melodías tristes, vivía una familia de conejos. Papá Conejo, un hombre fuerte y trabajador, se subía al tren cada mañana para ir a la gran ciudad, dejando atrás a Mamá Coneja y a sus tres pequeños: Orejitas, Colita y Bigotes.
Mamá Coneja era la alegría del hogar. Cantaba mientras hacía la cena, contaba cuentos maravillosos antes de dormir y siempre tenía una zanahoria recién horneada para sus conejitos. Pero últimamente, una sombra de tristeza se había posado sobre su rostro. Papá Conejo llegaba cada vez más tarde del trabajo, olía a un perfume extraño y ya no le contaba historias a los niños.
Orejitas, la más curiosa de los tres, notó que Mamá Coneja a menudo se sentaba bajo el sauce llorón del jardín, con la mirada perdida en el horizonte. El sauce, un árbol sabio y anciano, parecía compartir su pena, inclinando sus ramas como si la abrazara. Un día, Orejitas se acercó al sauce y le susurró: "Sauce, ¿por qué está triste mi mamá? ¿Papá Conejo ya no la quiere?"
El sauce, aunque no podía hablar, dejó caer una de sus hojas sobre la cabeza de Orejitas. La hoja tenía un brillo especial, como si guardara un secreto. Orejitas la guardó en su bolsillo y corrió a contárselo a sus hermanos.
Colita, el más valiente, propuso seguir a Papá Conejo al día siguiente. Bigotes, el más inteligente, sugirió buscar pistas en la estación de tren. Así, al amanecer, los tres conejitos se dividieron. Colita, escondido entre los arbustos, vio a Papá Conejo subir al tren. Pero en lugar de ir a la ciudad, el tren tomó una ruta diferente, hacia un pueblo desconocido. Colita, con el corazón latiendo fuerte, decidió seguirlo.
Mientras tanto, Bigotes, en la estación, encontró un boleto arrugado en el suelo. No era el boleto habitual de Papá Conejo. Este boleto era para un circo ambulante que había llegado al pueblo hacía poco. "¡Un circo!", exclamó Bigotes. "Papá Conejo está yendo al circo, ¡y no nos ha invitado!"
De vuelta en casa, Orejitas, jugando en el jardín, encontró un pequeño objeto brillante enterrado bajo el sauce: un botón de payaso, con los colores descoloridos. La hoja del sauce, el boleto del circo y el botón de payaso... las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
Colita regresó esa noche, agotado pero con la verdad. Vio a Papá Conejo bajarse del tren en un pueblo lejano y entrar en una carpa de circo. Lo vio reír y hablar con una conejita payasa, con una nariz roja y un vestido lleno de lentejuelas.
Los tres conejitos, con el corazón apesadumbrado, le contaron todo a Mamá Coneja. Ella, con lágrimas en los ojos, abrazó a sus hijos. "Lo sé, mis pequeños", dijo. "He estado sintiendo que algo no andaba bien".
Pero Mamá Coneja era una mujer fuerte. Decidió que, aunque doliera, debía hablar con Papá Conejo. Al día siguiente, cuando él regresó del trabajo, ella lo esperó con la mirada firme. Le mostró el boleto, el botón y la hoja del sauce.
Papá Conejo, avergonzado, bajó la cabeza. Confesó que se había enamorado de la conejita payasa y que había estado mintiendo a su familia. Mamá Coneja, con el corazón roto, le dijo que necesitaba tiempo para pensar.
Los días siguientes fueron difíciles. Papá Conejo se mudó al ático y la casa se llenó de silencio. Los conejitos, tristes y confundidos, se refugiaron en el jardín, bajo el sauce llorón. El árbol, con sus ramas caídas, parecía llorar con ellos.
Un día, Mamá Coneja reunió a sus hijos. Les explicó que, aunque amaba mucho a Papá Conejo, no podía perdonarle la mentira y la traición. Decidió que lo mejor para todos era que él se fuera.
Papá Conejo, con el rostro arrepentido, empacó sus cosas y se despidió de sus hijos. Prometió visitarlos a menudo y ser un mejor padre. Se subió al tren, con la mirada perdida en el horizonte, y se fue.
Mamá Coneja, aunque con el corazón adolorido, decidió seguir adelante. Con la ayuda de sus hijos, convirtió su casa en un lugar lleno de alegría y amor. Aprendieron a ser fuertes y a apoyarse mutuamente. El sauce llorón, poco a poco, comenzó a enderezar sus ramas, como si supiera que, después de la tormenta, siempre sale el sol. Y aunque la tristeza a veces regresaba, sabían que juntos podían superar cualquier obstáculo. La familia Conejo, aunque diferente, era más fuerte que nunca.
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