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Gratis · elegí una vozSofía, con su pelo color miel y ojos grandes como aceitunas, llegó al edificio "El Mirador" con una maleta llena de sueños y un corazón un poco tímido. Era nueva en el barrio, nueva en el instituto y, sobre todo, nueva en eso de hablar con la gente. Se escondía un poco tras sus gafas de pasta azul y prefería los libros a las conversaciones.
En el mismo edificio vivía Mateo. Mateo era todo lo contrario a Sofía. Era como un torbellino de energía, siempre rodeado de amigos, con una sonrisa que derretía el Polo Norte y fama de ser un poco… bueno, digamos que a Mateo le gustaba mucho la compañía femenina. Era, como decían las abuelas del barrio, un "mujeriego".
Sofía y Mateo se habían cruzado varias veces en el ascensor, en el portal, incluso en los pasillos del Instituto Cervantes, donde ambos estudiaban. Se miraban de reojo, pero ninguno se atrevía a decir nada. Sofía pensaba: "Es demasiado popular, nunca se fijaría en alguien como yo". Mateo, por su parte, pensaba: "Es muy linda, pero parece tan seria… seguro que no le gusto".
Un día, mientras Sofía subía las escaleras con una pila de libros que amenazaban con caerse, Mateo bajaba corriendo, jugando con una pelota de baloncesto. ¡Pum! Los libros de Sofía volaron por los aires, esparciéndose por todo el rellano.
"¡Ay, no! ¡Perdón! ¡Lo siento mucho!", exclamó Mateo, rojo de vergüenza. Se agachó rápidamente para ayudar a Sofía a recoger los libros. Sus manos se rozaron al intentar tomar el mismo libro: "Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas".
"No te preocupes", murmuró Sofía, sonrojándose. "Yo también iba distraída".
"Déjame ayudarte", insistió Mateo, recogiendo los libros con cuidado. "¿Te ayudo a subirlos?" Sofía asintió tímidamente.
Al llegar al piso de Sofía, Mateo le preguntó: "¿Te gustan los cuentos de hadas? A mí me encantan. Siempre me ha gustado Alicia".
Sofía se sorprendió. No se esperaba que Mateo supiera algo sobre Alicia en el País de las Maravillas, ni mucho menos que le gustara. "Sí, me encantan", respondió, sintiendo que un pequeño rayo de sol le iluminaba la cara. "Es mi libro favorito".
"¡Increíble!", dijo Mateo. "¿Sabes? En el instituto están haciendo una obra de teatro sobre Alicia. Yo voy a hacer de el Sombrerero Loco. ¡Sería genial que vinieras a verla!"
Sofía dudó. La idea de estar en un lugar lleno de gente la ponía nerviosa. Pero la idea de ver a Mateo haciendo de Sombrerero Loco era… intrigante. "No lo sé…", dijo tímidamente.
"¡Por favor!", insistió Mateo, con una sonrisa que le iluminaba los ojos. "Será divertido. Y después podemos ir a tomar un helado".
Sofía no pudo resistirse a esa sonrisa. "Está bien", dijo, sonriendo por primera vez de verdad. "Iré".
Los días siguientes, Sofía y Mateo empezaron a hablar más. Se encontraban en el ascensor, en la biblioteca, incluso Mateo la esperaba a la salida del instituto para acompañarla a casa. Sofía descubrió que Mateo no era solo un chico popular y mujeriego. Era divertido, inteligente y, sobre todo, muy amable. Mateo, por su parte, descubrió que Sofía no era solo una chica tímida y callada. Era una persona con un mundo interior fascinante, llena de ideas y sueños.
La noche de la obra de teatro, Sofía se sentó en la primera fila, nerviosa y emocionada. Mateo, disfrazado de Sombrerero Loco, estaba increíble. Su energía era contagiosa y su actuación, ¡hilarante! Sofía no paró de reír en toda la obra.
Al final de la función, Mateo la buscó entre el público. "¿Qué te ha parecido?", le preguntó, con una sonrisa radiante.
"¡Ha sido genial!", exclamó Sofía, aplaudiendo. "¡Has estado increíble!"
Después de la obra, fueron a tomar un helado. Mientras caminaban por la calle, Mateo le tomó la mano a Sofía. Ella se sonrojó, pero no la soltó.
"Sofía", dijo Mateo, mirándola a los ojos. "Me he dado cuenta de que no te conocía de verdad. Eres mucho más que la chica tímida del edificio. Eres… especial".
Sofía sonrió. "Tú también eres especial, Mateo", dijo. "No eres solo el chico popular y mujeriego. Eres… mucho más".
Desde ese día, Sofía y Mateo se hicieron inseparables. Descubrieron que, a pesar de ser tan diferentes, tenían muchas cosas en común. Aprendieron el uno del otro: Sofía le enseñó a Mateo a escuchar y a valorar el silencio; Mateo le enseñó a Sofía a reír y a disfrutar de la vida. Y, sobre todo, aprendieron que las apariencias engañan y que el amor puede surgir en el lugar más inesperado, incluso entre un silencio y una sonrisa robada. Y Mateo, el mujeriego, descubrió que su corazón solo tenía espacio para una persona: Sofía. Y Sofía, la chica tímida, descubrió que tenía una voz que quería ser escuchada, y que Mateo era la persona que la escucharía siempre.
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