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Gratis · elegí una vozEn el corazón del Montevideo colonial, hace mucho, mucho tiempo, vivía un niño llamado Mateo. Mateo tenía la edad de jugar a las escondidas entre las piedras de la Ciudad Vieja, la edad de soñar con barcos piratas y la edad de tener un secreto guardado en el corazón. Su secreto era su amor por la música, especialmente por el sonido del tambor.
Mateo vivía cerca de la Plaza Independencia, aunque en aquel entonces la plaza era muy diferente a como la conocemos hoy. Las calles eran de adoquines, las casas tenían balcones de hierro forjado y el aire olía a mar y a café recién tostado. Cada 19 de junio, la ciudad se vestía de fiesta para conmemorar el natalicio de Artigas, el héroe de la patria.
Mateo esperaba con ansias el 19 de junio. No solo porque era un día de fiesta, sino porque sabía que escucharía el repique de los tambores. Los tambores eran el alma de la celebración, el latido del corazón de la ciudad. Pero Mateo no solo quería escuchar los tambores, quería tocarlos.
Un día, mientras jugaba cerca del Cabildo, Mateo escuchó un sonido diferente. Un sonido suave, casi un susurro, que provenía de una ventana entreabierta. Se acercó con cautela y, asomándose, vio a un anciano sentado en un taburete, afinando un tambor. El anciano tenía el pelo blanco como la nieve y unos ojos que brillaban como estrellas.
Mateo, tímidamente, llamó a la puerta. El anciano lo invitó a pasar. “Me llamo Don Jacinto”, dijo el anciano con una voz amable. “¿Y tú, muchacho?”
“Mateo”, respondió el niño, fascinado por el tambor que Don Jacinto tenía entre sus manos. Era un tambor grande, con la piel tensa y brillante.
“Veo que te gustan los tambores”, dijo Don Jacinto, sonriendo. “Este tambor tiene una historia muy especial. Dicen que acompañó a Artigas en sus batallas.”
Los ojos de Mateo se abrieron de par en par. “¿De verdad? ¿El tambor de Artigas?”
Don Jacinto asintió. “Bueno, eso dicen. Pero lo que sí sé es que este tambor tiene magia. Puede contar historias a quien lo sepa escuchar.”
Don Jacinto le contó a Mateo muchas historias sobre Artigas, sobre su valentía, su amor por la libertad y su lucha por la justicia. Mateo escuchaba con atención, imaginando las batallas, los campamentos y los rostros de los soldados.
Don Jacinto le enseñó a Mateo los ritmos básicos del tambor. Le mostró cómo golpear la piel con suavidad para crear un sonido dulce y cómo golpearla con fuerza para crear un sonido potente. Mateo aprendió rápido, con entusiasmo y dedicación.
Pasaron los días y Mateo visitaba a Don Jacinto todos los días después de la escuela. Juntos, afinaban el tambor, practicaban ritmos y contaban historias. Mateo sentía que Don Jacinto no solo le estaba enseñando a tocar el tambor, sino que también le estaba transmitiendo un legado, una tradición.
El 19 de junio se acercaba. Mateo estaba nervioso y emocionado. Don Jacinto le había prometido que lo dejaría tocar el tambor durante la celebración.
Llegó el gran día. La ciudad estaba llena de gente, de banderas y de música. Los tambores resonaban por las calles, invitando a todos a bailar y a celebrar. Mateo, de la mano de Don Jacinto, se acercó al escenario.
Cuando llegó su turno, Mateo sintió un poco de miedo. Pero al ver la sonrisa de Don Jacinto y al sentir el tambor entre sus manos, su miedo desapareció. Cerró los ojos, respiró hondo y comenzó a tocar.
Sus manos se movían con soltura sobre la piel del tambor, creando ritmos alegres y vibrantes. El sonido del tambor llenó la plaza, contagiando a todos con su energía. La gente bailaba, cantaba y aplaudía al ritmo de la música de Mateo.
En ese momento, Mateo sintió una conexión especial con Artigas, con la historia de su país y con su propia identidad. Se dio cuenta de que el tambor no solo era un instrumento musical, sino también un símbolo de libertad, de unidad y de esperanza.
Después de su presentación, Mateo recibió muchos elogios. Pero lo que más le importó fue la sonrisa de Don Jacinto y sus palabras: “Lo has hecho muy bien, Mateo. Has tocado el tambor con el corazón.”
Desde aquel día, Mateo siguió tocando el tambor. Se convirtió en un gran músico y un embajador de la cultura uruguaya. Nunca olvidó las enseñanzas de Don Jacinto ni la magia del tambor de Artigas. Y cada 19 de junio, Mateo volvía a la Plaza Independencia para tocar el tambor y recordar la historia de su país, la historia de su gente y la historia de su infancia en el Montevideo colonial.
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