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La pequeña Sofía, con sus ojos brillantes como dos luceros, se sentó a los pies de su abuela Teodora. El sol de la tarde pintaba de dorado el humilde hogar de adobe en la comunidad de Santa Rosa. "Abuela, cuéntame una historia", suplicó Sofía, apretando su muñeca de trapo.
La abuela Teodora sonrió, sus arrugas dibujando un mapa de sabiduría en su rostro. "Hoy te contaré la historia de nuestro valle, Sofía. Una historia que casi nadie recuerda, pero que vive en la tierra que pisamos."
"Hace mucho, mucho tiempo, antes de que existieran las casas que conoces, antes de que llegaran los pinos altos que acarician el cielo, este lugar era diferente. Era una hacienda, una tierra de padres, hombres de iglesia que nadie recuerda sus nombres. Ellos cultivaban algo muy especial: la mashua. ¿La conoces, verdad? Esa raíz moradita que te da tanta energía."
Sofía asintió, recordando el sabor dulce de la mashua cocida que su abuela siempre preparaba.
"Sí, hija. Ellos sembraban y cosechaban mashua en abundancia. Pero no había árboles, solo un mar de añojara, esas hierbas silvestres que crecen sin permiso. Por eso, los padres llamaron a este lugar Añojara." La abuela Teodora hizo una pausa, recordando. "Un día, esos padres decidieron vender la tierra. Querían que la gente viviera aquí, que creara un hogar. Buscaron a ocho personas, comuneros valientes, para que repartieran la tierra entre aquellos que quisieran venir."
"¿Y quiénes eran esas personas, abuela?", preguntó Sofía, con los ojos muy abiertos.
"Nadie lo sabe con certeza, Sofía. Quizás venían de Chullcuisa, el pueblo vecino, o de otras comunidades cercanas. Eran desconocidos, pero unidos por el deseo de construir un nuevo futuro. Se mudaron aquí, empezaron a levantar sus casas de adobe, poco a poco. No eran familias, pero el tiempo los unió. Gente de otros lugares se unió a ellos, y la comunidad comenzó a crecer."
La abuela Teodora suspiró suavemente. "Con el tiempo, Añojara se convirtió en un pequeño pueblo. Pero el nombre causaba problemas. La gente lo pronunciaba mal, y algunos se burlaban. Se reían porque Añojara sonaba parecido a una parte del cuerpo. ¡Qué vergüenza!"
Sofía se rió, imaginando la confusión.
"Un día, el pueblo decidió cambiar el nombre. Era el 30 de agosto, el día de Santa Rosa de Lima. Y curiosamente, ¡era la misma fecha en que los padres habían puesto el nombre original! Así que, en honor a Santa Rosa, el pueblo se llamó Santa Rosa. ¡Por eso nos llamamos así, Sofía!"
"¿Y los árboles, abuela? ¿Cuándo llegaron los árboles?", preguntó Sofía, curiosa.
"Ah, los árboles… Eso fue después. El Ministerio de Agricultura, o como le decían antes, Teja Molino, se dio cuenta de que había gente viviendo aquí. Nos regalaron semillas de árboles y pinos. La gente las sembró con mucho cuidado, y poco a poco, el valle se llenó de verde. ¡Mira ahora, Sofía! Tenemos un bosque hermoso."
"Antes, la vida era diferente", continuó la abuela Teodora. "No teníamos tractores ni picos modernos. Usábamos la chakitaklla, una herramienta antigua, para labrar la tierra. Sembrábamos papas nativas, mashua, choclo… Lo que la tierra nos daba. No vendíamos mucho, guardábamos las semillas para el año siguiente. Así nos asegurábamos de tener comida para todos."
"Las casas eran de ichu y adobe, con techos de paja. No había electricidad, ni leña. Cocinábamos con bosta seca y comíamos en platos de barro. ¡Pero éramos felices, Sofía!"
"En Carnaval, la gente se vestía con trajes especiales. Las mujeres usaban faldas negras llamadas baito, y los hombres, trajes blancos llamados chamarra. Bailábamos y cantábamos alrededor del pueblo, celebrando la vida."
"Hablábamos quechua, nuestra lengua ancestral. Aunque ahora, muchos jóvenes prefieren el español… Es importante recordar nuestras raíces, Sofía."
La abuela Teodora hizo una pausa y miró a Sofía a los ojos. "Ahora, Santa Rosa ha cambiado. Tenemos más casas, más gente. Algunos niños van a la ciudad a estudiar, porque aquí no hay colegios grandes. Pero la tierra sigue siendo nuestra madre, y la mashua sigue siendo nuestro tesoro."
"Pero abuela, ¿es verdad lo de la sombra gigante en la carretera?", preguntó Sofía, recordando las historias que había escuchado.
La abuela Teodora sonrió misteriosamente. "Dicen que por las noches, cerca del puente, aparece una sombra gigante. Que si le tienes miedo, se hace más grande. Son solo cuentos, Sofía. Pero es mejor no andar sola por la noche… Por si acaso."
"También dicen que la carretera que se cruza es peligrosa. Que a veces se ven cosas extrañas… Pero son solo leyendas, hija. Lo importante es ser valiente y respetar la tierra que nos da la vida."
Sofía abrazó a su abuela con fuerza. "Gracias por la historia, abuela. Ahora entiendo por qué amamos tanto a Santa Rosa."
La abuela Teodora le devolvió el abrazo. "Recuerda siempre esta historia, Sofía. Es la historia de nuestro pueblo, de nuestra gente. Y es una historia que debemos seguir escribiendo juntos." El sol se escondió tras las montañas, pintando el cielo de colores. En el valle de Santa Rosa, una nueva generación aprendía a amar su tierra y a recordar su pasado.
La abuela Teodora, finalmente, le dio un beso en la frente a Sofía, y le dijo: "Ahora ve a dormir, pequeña. Sueña con los campos de mashua y con los valientes comuneros que fundaron nuestro pueblo. ¡Buenas noches!"
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