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Había una vez una niña llamada Lucía que vivía en un pequeño pueblo donde las luces de las casas se apagaban temprano para dejar que el cielo contara sus propias historias. Lucía era una exploradora del firmamento. Cada noche, se ponía su pijama de estrellas y subía al ático con su telescopio de latón, lista para saludar a su mejor amiga: la Luna.
Sin embargo, Lucía estaba un poco confundida. —Abuelo—, preguntó una noche, —¿por qué la Luna es tan traviesa? A veces es redonda como una moneda de plata, otras veces parece una uña de luz y, a veces, ¡simplemente desaparece! ¿Acaso tiene una colección de disfraces?—
El abuelo, que sabía mucho de los secretos del cosmos, sonrió y la invitó a sentarse junto a la ventana. —No son disfraces, Lucía. Es un baile. La Luna baila alrededor de la Tierra, y según cómo le dé la luz del Sol, nos muestra una parte distinta de su vestido plateado. A esto lo llamamos las fases de la luna.—
Esa noche, mientras Lucía dormía, el sueño la llevó volando hasta el cielo. Se encontró flotando entre nubes de algodón de azúcar, y frente a ella apareció una figura brillante y bondadosa. Era la Luna en persona, o más bien, en esencia. Estaba envuelta en una sombra oscura y apenas se veía un borde tenue a su alrededor.
—Hola, Lucía—, susurró la Luna con una voz que sonaba como campanas de cristal. —Hoy estoy en mi fase de Luna Nueva. Me estoy escondiendo un poquito para descansar. Estoy justo entre la Tierra y el Sol, por eso no puedes ver mi cara iluminada. Es mi momento de silencio y nuevos comienzos.—

Pasaron los días en el sueño de Lucía. Vio cómo la Luna empezaba a crecer. —¡Ahora pareces una sonrisa!—, exclamó la niña.
—Así es—, respondió la Luna mientras giraba lentamente. —Esto es el Cuarto Creciente. Cada noche me hago un poquito más grande, como si estuviera llenando un vaso de luz gota a gota. Los marineros y los agricultores me observan para saber cuándo sembrar sus sueños.—
Pronto, la Luna se volvió majestuosa. Parecía un gran queso blanco o una perla gigante flotando en el océano negro del espacio. Lucía estaba deslumbrada. Las flores del jardín de su casa se abrían bajo la luz blanca y los búhos ululaban con alegría.
—¡Luna Llena!—, gritó Lucía aplaudiendo.
—Este es mi momento de mayor esplendor—, dijo la Luna con orgullo. —Ahora la Tierra está entre el Sol y yo, y puedo mostrarte toda mi cara brillante. Es cuando los cuentos de hadas se vuelven más reales y el mundo parece estar bañado en magia líquida. Disfruta de esta luz, pequeña exploradora, porque es el regalo de mi baile completo.—

Pero el baile no se detenía. Lucía observó con curiosidad cómo, tras unos días de máxima brillantez, la Luna empezaba a hacerse más delgada otra vez, pero por el lado contrario. Ya no era una sonrisa que crecía, sino una que parecía despedirse.
—Me estoy haciendo pequeñita de nuevo—, explicó la Luna. —Esto es el Cuarto Menguante. Estoy regresando a mi descanso. Es tiempo de soltar lo que no necesitamos y prepararnos para volver a empezar el ciclo. El universo siempre se mueve en círculos, Lucía. Nada desaparece para siempre, solo se transforma para volver con más fuerza.—
Lucía sintió una paz profunda. Comprendió que el cambio no era algo malo, sino una parte hermosa de la vida. No importaba si la Luna era un círculo perfecto o una línea delgada en el cielo; seguía siendo la misma amiga, acompañándola desde las alturas.
Cuando el sol comenzó a asomar por el horizonte, Lucía despertó en su cama. Corrió a su cuaderno de dibujos y comenzó a trazar círculos, semicírculos y pequeñas curvas de luz. Ahora sabía que cada noche, al mirar al cielo, no vería solo una roca brillante, sino el rastro de un baile eterno que le recordaba que siempre hay tiempo para brillar, tiempo para crecer y tiempo para volver a empezar.
Desde entonces, Lucía nunca más se sintió sola en la oscuridad. Sabía que incluso cuando no podía ver a la Luna, ella estaba allí, preparándose para su próxima gran función en el teatro de las estrellas.
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