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Gratis · elegí una vozDesperté del sueño, un escalofrío me empezó a dar en la nuca, una punzada de inquietud que no tenía nada que ver con el calor del verano. Me vi reflejada en la ventana oscura del autobús mientras traqueteaba por la soñolienta plaza del pueblo. La mujer que me devolvía la mirada no parecía yo. Sus ojos, normalmente brillantes de curiosidad, parecían nublados, atormentados por un secreto que no podía descifrar.
¿Alguna vez te has sentido observado?
El pensamiento surgió, inesperado e inquietante. No era solo la sensación general de ser observado, como la que se experimenta en una habitación llena de gente. Era más profundo, más íntimo, como si algo me escudriñara el alma. Como si la persona reflejada no fuera yo, sino una marioneta manipulada por hilos invisibles.
Entonces recordé los cuentos de la abuela Elena, con rapidez. Siempre los susurraba a altas horas de la noche, una letanía de sombras y susurros, historias de cosas que escapan a nuestra comprensión. Hablaba de los Recolectores de Cuentos.
"Nadie sabe realmente qué son, niña", decía con la voz ronca por la edad y un toque de miedo. "Nadie los ha visto nunca de verdad, al menos no con comprensión. Son almas perdidas, atrapadas entre mundos, enviadas a la Tierra con un propósito: recopilar historias."
La abuela Elena creía que estas almas perdidas estaban atrapadas en el purgatorio, agobiadas por arrepentimientos indecibles y promesas incumplidas. Fueron enviadas a vagar por la Tierra, invisibles, inaudibles (casi siempre), buscando las historias de los vivos, armando un rompecabezas espiritual que albergaba la clave de su redención.
Estos espíritus atormentados, atormentados por los monstruos de sus mentes, encontraron consuelo, un rayo de esperanza, en las historias de otros. Cada relato, cada secreto compartido, era un fragmento de su propia liberación, una oportunidad para el juicio y, quizás, un camino hacia el más allá.
Según la abuela Elena, los Recolectores se movían a través de espejos, invisibles a simple vista, pero eternamente presentes. Eran la razón por la que, a veces, el reflejo parecía ajeno, por la que un escalofrío recorría la espalda sin motivo aparente, por la que una historia brotaba de tus labios con una fuerza inesperada.
Me burlé de la idea, dejándola a un lado como si fueran las divagaciones de una anciana empapada de folclore. Pero la inquietud persistía. Volví a mirarme a la ventana. Esta vez, me concentré a propósito en mi reflejo, esperando que algo cambie.
¡Dios!, muévete Clara, haz algo, dije aterrorizada en voz baja
Mientras las palabras flotaban en el aire, un tenue resplandor onduló en el cristal de la ventana. Parpadeé. Debía de estar cansada. El sol me estaba jugando una mala pasada.
Pero entonces, un susurro rozó mi oído, un sonido entrecortado, casi inaudible. Cuéntame tu historia.
Se me subió el corazón a la garganta. Era ridículo. Una paranoia que rozaba la locura. Sin embargo, no podía negar la sensación escalofriante que invadía el autobús, una sensación de ser escuchado intensa y profundamente.
Miré a mi alrededor, pero los demás pasajeros permanecían ajenos, perdidos en sus propios mundos. Excepto uno. Un jovencito en la parte de atrás, con ojos que parecían demasiado viejos, demasiado cansados para su rostro, me miraba fijamente. Me ofreció un pequeño, casi imperceptible asentimiento.
No sabía por qué, pero algo en sus ojos me dio valor. Cerré los ojos y respiré hondo. ¿Qué historia podía contar? Mi vida no era más que una serie de días ordinarios, marcados por clases, amigos y las interminables tareas del hogar. Pero luego recordé algo que había estado guardando en secreto, un pequeño acto de valentía que había realizado la semana anterior.
Comencé a hablar, en voz baja, casi para mí misma. Le conté al espejo sobre el día en que vi a un niño siendo intimidado en el parque. Normalmente, me habría alejado, demasiado tímida para intervenir. Pero esta vez, algo fue diferente. Algo en la desesperación del niño, en la crueldad de los bravucones, me impulsó a actuar. Caminé hacia ellos, con las piernas temblorosas, y les dije que lo dejaran en paz. Para mi sorpresa, lo hicieron. Se encogieron de hombros y se alejaron, dejándome allí con el niño, que me miraba con gratitud.
Le conté al espejo cómo me había sentido después, no valiente, sino extrañamente... completa. Como si hubiera hecho algo importante, algo que importaba. Y cómo había guardado el secreto, por temor a que mis amigos se burlaran de mí, a que pensaran que era una sabelotodo.
Cuando terminé, el brillo en la ventana regresó, esta vez con más intensidad. Parpadeó y luego se desvaneció, dejando solo mi reflejo familiar, mirándome con una claridad renovada.
Respiré y me desplome en el asiento, ¡¡Que carajos acaba de pasar!!, pense.
El frío había desaparecido. La inquietud se había desvanecido. El chico de atrás también se había desvanecido.
Desde ese día, nunca olvidé la lección del espejo del autobús. Aprendí que todos tenemos historias que contar, secretos que guardar y actos de valentía que realizar. Y que, a veces, solo necesitamos a alguien que nos escuche, incluso si ese alguien es un Recolector de Cuentos atrapado en el reflejo de una ventana.
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