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Sofía y Tomás eran dos hermanos a quienes les encantaba jugar videojuegos. Sus abuelos, Don Roberto y Doña Elena, siempre les contaban historias de cuando eran niños, pero Sofía y Tomás preferían las aventuras virtuales. Un día, mientras limpiaban el ático, encontraron una caja vieja llena de fotos y objetos extraños. Doña Elena, al verlos, sonrió con nostalgia.
"¡Miren, niños! Esta caja está llena de recuerdos de cuando jugábamos rondas," dijo Doña Elena.
Sofía frunció el ceño. "¿Rondas? ¿Qué es eso? ¿Un juego de mesa antiguo?"
Don Roberto rió. "No, Sofía, las rondas son mucho más que un juego de mesa. Son canciones, bailes, historias... ¡todo en uno! Cuando éramos niños, no teníamos videojuegos ni televisiones sofisticadas. Jugábamos en la calle, en el parque, ¡en cualquier lugar! Y las rondas eran nuestro pasatiempo favorito."
Tomás, curioso, sacó una foto amarillenta. Se veía a un grupo de niños tomados de la mano, formando un círculo. "¿Y de qué se trataban esas rondas?"
Doña Elena se sentó con ellos y comenzó a contarles. "Había una ronda llamada La Farolera. Nosotros éramos faroleros que encendían las luces de la ciudad, cantando y bailando en círculo. Pretendíamos cuidar la ciudad para que estuviera iluminada y segura. Era una forma de aprender sobre el trabajo y la responsabilidad."
Don Roberto agregó: "También jugábamos Arroz con Leche. Se trataba de buscar a la pareja perfecta, alguien que fuera fiel y cariñoso. Era una manera divertida de entender el valor de la amistad y el amor."
Sofía seguía un poco escéptica. "Suena aburrido. ¿No había monstruos ni superpoderes?"
Doña Elena sonrió. "Los monstruos y los superpoderes estaban en nuestra imaginación. En Doña Semana, cada niño representaba un día de la semana y contaba lo que hacía. Era como crear pequeñas historias cada vez que jugábamos. Imaginábamos que éramos jardineros los lunes, panaderos los martes, doctores los miércoles… ¡las posibilidades eran infinitas!"
Tomás comenzó a interesarse. "¿Y qué más jugaban?"
Don Roberto continuó: "El Patio de mi Casa era una ronda muy alegre. Cantábamos sobre las flores y los colores, y cada uno inventaba una acción para acompañar la canción. Era una manera de celebrar la naturaleza y la creatividad."
Doña Elena recordó: "A la Rueda Rueda era una de las más populares. Dábamos vueltas y vueltas hasta marearnos, y al final caíamos al suelo riendo. Era pura diversión y energía! También jugábamos Que llueva, que llueva, pidiendo a la lluvia que regara las plantas. Era una manera de conectar con la naturaleza y entender su importancia."
Sofía, viendo el brillo en los ojos de sus abuelos, comenzó a entender. No se trataba solo de canciones y bailes, sino de crear un mundo de fantasía con la imaginación y la compañía de otros niños.
"¿Por qué ya no juegan a eso?", preguntó Tomás.
Doña Elena suspiró. "Los tiempos cambian, Tomás. Ahora los niños tienen muchas otras opciones. La televisión, los videojuegos, internet... Pero es una pena que se haya perdido esta tradición. Las rondas nos enseñaban a trabajar en equipo, a respetar a los demás, a usar nuestra imaginación, a conectar con la naturaleza… y, sobre todo, a divertirnos de una manera sencilla y sana."
Don Roberto, con una mirada traviesa, dijo: "Pero, ¿quién dice que no podemos recuperarla? ¿Qué les parece si les enseñamos algunas rondas ahora mismo?"
Sofía y Tomás se miraron, un poco indecisos. Dejaron a un lado sus tabletas y, con una sonrisa, aceptaron el reto. Don Roberto y Doña Elena les tomaron de las manos y comenzaron a cantar A la Rueda Rueda. Al principio se sintieron un poco torpes, pero poco a poco se fueron soltando y disfrutando de la música y el movimiento.
Esa tarde, el ático se llenó de risas y canciones. Sofía y Tomás descubrieron que las rondas no eran tan aburridas como pensaban. Eran divertidas, creativas y, sobre todo, les permitían conectar con sus abuelos de una manera especial.
Desde ese día, Sofía y Tomás siguieron jugando rondas con sus abuelos. Incluso invitaron a sus amigos a unirse. Poco a poco, la tradición de las rondas infantiles volvió a florecer en su vecindario. Descubrieron que la verdadera aventura no siempre está en las pantallas, sino en la imaginación y la compañía de los demás. Y entendieron que, a veces, los juegos más antiguos son los que nos enseñan las lecciones más valiosas. Aprendieron que el secreto escondido en las rondas era la alegría de compartir, la magia de la imaginación, y el amor que unía a las generaciones. Ahora ellos también eran guardianes de esa tradición, listos para compartirla con las generaciones futuras.
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