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Hugo era un niño... bueno, llamémoslo "complicado". Le encantaba hacer rabiar a los demás. Si veía a Sofía con su lazo nuevo, lo pisaba con barro. Si escuchaba a Mateo cantar desafinado, se burlaba a gritos. Pensaba que era divertido, que era una forma de demostrar que él era más fuerte, más listo, más... algo. Pero en el fondo, muy en el fondo, Hugo se sentía solo. No entendía por qué, si él era tan "popular" haciendo reír a los demás (a costa de otros, claro).
Un día, la abuela de Hugo, una señora con el pelo blanco como la nieve y ojos que parecían dos lagos tranquilos, le dijo: "Hugo, cariño, cada vez que haces daño a alguien, te conviertes en algo menos humano". Hugo se rió. "Abuela, ¡qué cosas dices! ¿Menos humano? ¡Soy el más humano de todos! ¡Tengo dos brazos, dos piernas y una cabeza llena de ideas geniales!".
La abuela suspiró. "No me refiero a eso, Hugo. Me refiero al corazón. Cada burla, cada empujón, cada palabra hiriente... todo eso te quita un pedacito de humanidad. Y algún día, te quedarás sin nada". Hugo no le hizo caso. Siguió con sus travesuras, cada vez peores. Le escondía la mochila a Laura, le ponía chinches en la silla a Pablo, incluso le pintó bigotes con rotulador a la foto de la maestra en el tablón de anuncios.
Una noche, Hugo se despertó con una sensación extraña. Su piel picaba, sus huesos crujían, y sentía un dolor punzante en la espalda. Se levantó de la cama y se miró al espejo. ¡Un horror! Su nariz se había alargado y retorcido, sus orejas se habían vuelto puntiagudas y peludas, y de su espalda estaban brotando... ¡escamas verdes! Gritó, un grito agudo y chillón que más parecía el graznido de un cuervo que la voz de un niño.
Intentó volver a la cama, pero sus manos, ahora garras afiladas, rasgaban las sábanas. Caminó torpemente hacia la ventana, y vio su reflejo en el cristal. Ya no era Hugo. Era una criatura horrible, con ojos amarillos y brillantes, y una boca llena de dientes puntiagudos. Era... un monstruo. Recordó las palabras de su abuela. Cada burla, cada palabra hiriente... le habían transformado. El daño que había causado se había materializado en su propia carne.
Desesperado, corrió a buscar a su abuela. La encontró sentada en su mecedora, leyendo un libro a la luz de una lámpara. Al ver a Hugo, o mejor dicho, al monstruo, no se asustó. Le miró con tristeza. "Hugo, ¿ves lo que has hecho? Te has convertido en la fealdad que llevabas dentro". Hugo intentó hablar, pero solo salían gruñidos y chillidos. Señaló su corazón, con la esperanza de que su abuela entendiera.
La abuela asintió. "Sí, Hugo, lo entiendo. Aún queda algo de ti ahí dentro. Pero para volver a ser tú mismo, tendrás que deshacer el daño que has causado". Hugo no sabía cómo hacerlo. ¿Cómo podía reparar todas las lágrimas que había provocado, todas las veces que había hecho sentir mal a los demás? La abuela le dio una pista: "Empieza por pedir perdón. Y no solo con palabras, Hugo. Demuestra con tus actos que estás arrepentido".
Así, Hugo, convertido en monstruo, comenzó su camino de redención. Al principio fue difícil. La gente le tenía miedo y se alejaba de él. Pero poco a poco, con paciencia y esfuerzo, empezó a cambiar las cosas. Ayudó a Sofía a limpiar el barro de su lazo, le regaló a Mateo unos auriculares para que pudiera cantar sin que nadie le molestara, y le devolvió la mochila a Laura, llena de chuches.
Cada buena acción, cada acto de bondad, hacía que una escama verde desapareciera, que una garra se suavizara, que su nariz se acortara un poco. El camino era largo y duro, pero Hugo estaba decidido a volver a ser él mismo, a ser un niño bueno de verdad. Un día, mientras ayudaba a la maestra a colgar los dibujos de los niños, sintió un cambio repentino. Se miró las manos. ¡Eran manos de nuevo! Se miró en el reflejo de la ventana. ¡Era Hugo!
Había vuelto a ser un niño, pero un niño diferente. Un niño que había aprendido la lección. Un niño que entendía que las palabras y los actos tienen consecuencias, y que la bondad siempre es el camino correcto. Hugo nunca más volvió a hacer bullying. Se convirtió en el mejor amigo de todos, y su abuela, con una sonrisa llena de orgullo, supo que el corazón de Hugo, por fin, era completamente humano.
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