Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozSara era una niña estudiosa y amable. Le encantaba leer bajo la luz de la ventana y ayudar a sus amigos con sus tareas. Su compañero de habitación, Theodore Nott, era todo lo contrario. Rebelde, desordenado y siempre metiéndose en problemas, parecía disfrutar molestando a Sara más que cualquier otra cosa. O eso creía Sara.
Compartían habitación en la Academia Arcoíris, un lugar mágico donde los niños aprendían a usar sus dones especiales. Sara tenía el don de la Empatía, podía sentir las emociones de los demás. Theodore, en cambio, poseía el don de la Ilusión, podía crear imágenes que parecían muy reales.
Cada mañana, Sara se levantaba temprano para estudiar. Theodore, en cambio, dormía hasta el último minuto, dejando su lado de la habitación hecho un completo desastre. "¡Theodore!", exclamaba Sara, recogiendo calcetines sucios y libros tirados por el suelo. "¡Algún día aprenderás a ser ordenado!".
"¿Y tú, Sara?", respondía Theodore con una sonrisa burlona. "¿Algún día aprenderás a relajarte un poco?".
Sara suspiraba. Era imposible razonar con Theodore. Pensaba que lo odiaba, pero una pequeña parte de ella, muy dentro, sentía algo diferente. Era una curiosidad, una fascinación por su espíritu libre y su sonrisa traviesa.
Un día, una lluvia torrencial azotó la Academia Arcoíris. Todas las clases fueron canceladas y los estudiantes fueron obligados a permanecer en sus habitaciones. Sara estaba emocionada, era la oportunidad perfecta para terminar de leer su libro favorito sobre constelaciones. Theodore, en cambio, parecía aburrido hasta la médula.
"¡Qué aburrimiento!", se quejó Theodore, dando vueltas por la habitación como un león enjaulado. "No hay nada que hacer".
Sara intentó ignorarlo, pero era imposible. El ruido que hacía Theodore la estaba distrayendo de su lectura.
"Theodore, ¿podrías ser un poco más silencioso?", pidió Sara, intentando mantener la calma.
"¿Por qué debería?", respondió Theodore, acercándose a ella con una sonrisa pícara. "¿Acaso la gran Sara se está distrayendo de sus estudios?".
Sara cerró su libro con frustración. "¡Solo déjame en paz!", exclamó.
Theodore se sentó en su cama y comenzó a lanzar pequeñas bolas de papel a Sara. Ella intentó ignorarlo, pero era imposible. Cada bola de papel era como una pequeña picadura de mosquito.
"¡Theodore, basta!", gritó Sara, finalmente perdiendo la paciencia.
Theodore se echó a reír. "¡Me encanta cuando te enfadas, Sara! ¡Te ves tan divertida!".
Sara se levantó de su silla, furiosa. "¡Eres insoportable!", gritó, caminando hacia Theodore. "¡No entiendo por qué siempre me molestas!".
De repente, Theodore se puso serio. Su sonrisa desapareció y sus ojos se llenaron de algo que Sara nunca había visto antes: tristeza.
"Yo...", comenzó Theodore, pero se detuvo. Miró al suelo, avergonzado.
Sara se detuvo en seco. Nunca había visto a Theodore así. Siempre era tan seguro de sí mismo, tan juguetón. Verlo vulnerable la desarmó por completo.
"Yo... no te odio, Sara", dijo Theodore en voz baja. "De hecho... yo...".
Tomó una profunda respiración y la miró a los ojos.
"Me gustas, Sara", confesó Theodore. "Mucho".
Sara se quedó sin palabras. Su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Theodore, el chico que siempre la molestaba, estaba enamorado de ella? Era increíble.
"Pero... ¿por qué siempre me molestas?", preguntó Sara, confundida.
Theodore se encogió de hombros. "No sé", dijo. "Supongo que es mi manera de llamar tu atención. Soy un idiota, lo sé".
Sara sonrió. "Sí, a veces lo eres", dijo. "Pero también eres... interesante".
Theodore la miró sorprendido. "¿De verdad?".
Sara asintió. "Sí. Y quizás... quizás a mí también me gustas un poco, Theodore".
Theodore sonrió, una sonrisa genuina que iluminó toda la habitación. "¿De verdad?".
Sara asintió de nuevo. De repente, la lluvia ya no parecía tan terrible. De hecho, parecía un poco mágica. Se acercó a Theodore y le ofreció su mano. Él la tomó y sus dedos se entrelazaron.
"Tal vez deberíamos dejar de fingir que nos odiamos", dijo Sara.
"Tal vez sí", respondió Theodore, apretando su mano.
Esa tarde lluviosa, en la habitación de la Academia Arcoíris, Sara y Theodore dejaron de ser enemigos. Comenzaron a ser amigos, y quizás, con el tiempo, algo más. Aprendieron que a veces, las personas que más nos molestan son las que más nos importan, y que el amor puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en una tarde lluviosa con un compañero de habitación rebelde y desordenado.
Y Sara descubrió que Theodore no era tan diferente a ella después de todo. Ambos solo buscaban conexión, solo que lo hacían de maneras muy distintas. Ahora, con la verdad al descubierto, podrían construir una relación basada en la honestidad y, tal vez, en el amor verdadero.
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