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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de fresas y árboles de manzanas, un niño llamado Tomás. A Tomás le encantaban las golosinas. ¡Pero no cualquier golosina! Le fascinaban las piruletas gigantes de colores brillantes, las montañas de caramelos masticables, los ríos de chocolate líquido y las fuentes burbujeantes de refresco azucarado. Las frutas y verduras, por otro lado, le parecían… aburridas. Su plato favorito era una montaña de patatas fritas crujientes, seguido de un pastel de chocolate con mucha, mucha crema.
Cada día, después de la escuela, Tomás corría a la tienda de Don Roberto, un señor bonachón con un bigote blanco y una sonrisa que iluminaba toda la tienda. Don Roberto vendía todo tipo de golosinas, desde las más ácidas hasta las más dulces. Tomás, con sus bolsillos llenos de monedas, compraba siempre la mayor cantidad posible. Sus padres, aunque preocupados, le permitían disfrutar de sus golosinas con moderación, esperando que algún día descubriera el placer de una manzana jugosa o una zanahoria crujiente.
Un día, después de una semana entera comiendo solo golosinas y patatas fritas, Tomás se sintió… raro. No tenía energía para jugar al fútbol, ni para correr con sus amigos. Se sentía cansado y pesado, como si llevara una mochila llena de piedras. Su piel se veía pálida y sus ojos no brillaban como antes.
Preocupado, Tomás fue a ver a su abuela, una señora sabia y cariñosa que siempre tenía un remedio para todo. La abuela lo miró con ternura y le dijo: “Tomás, mi querido nieto, tu cuerpo es como un jardín. Si solo le das golosinas, es como si le dieras solo azúcar a las flores. Necesitan agua, sol y nutrientes para crecer fuertes y hermosas.”
La abuela lo llevó a su huerto, un lugar mágico lleno de colores y olores maravillosos. Le mostró las zanahorias anaranjadas, los tomates rojos, las espinacas verdes y los pimientos amarillos. Le explicó que cada fruta y verdura tenía un poder especial, una vitamina que le daba energía y lo mantenía sano.
“Mira, Tomás,” dijo la abuela, señalando un arcoíris que se formaba después de una lluvia repentina. “Cada color del arcoíris está presente en las frutas y verduras. Si comes un arcoíris cada día, tu cuerpo se llenará de alegría y vitalidad.”
Tomás, intrigado, probó una zanahoria recién sacada de la tierra. ¡Era dulce y crujiente! Luego probó un tomate jugoso, que le explotó en la boca con un sabor delicioso. Poco a poco, fue probando cada fruta y verdura, descubriendo un mundo de sabores nuevos y emocionantes.
Esa noche, Tomás soñó con un arcoíris gigante hecho de frutas y verduras. En su sueño, el arcoíris lo invitaba a jugar y a correr por los campos, llenándolo de energía y alegría. Cuando despertó, se sintió renovado y lleno de vitalidad.
A partir de ese día, Tomás cambió sus hábitos alimenticios. Siguió comiendo algunas golosinas de vez en cuando, pero también empezó a comer un arcoíris de frutas y verduras cada día. Preparaba ensaladas coloridas, bebía zumos naturales y comía fruta fresca como postre.
Pronto, Tomás recuperó su energía y su alegría. Volvió a jugar al fútbol con sus amigos, a correr por los campos y a disfrutar de la vida al máximo. Su piel se volvió más brillante y sus ojos volvieron a brillar con fuerza.
Un día, Don Roberto, el dueño de la tienda de golosinas, lo vio pasar y lo llamó: “Tomás, ¿ya no te gustan mis golosinas?”
Tomás se acercó a Don Roberto y le dijo: “Sí, Don Roberto, me siguen gustando mucho, pero ahora también me gustan las frutas y verduras. He descubierto el secreto mágico del arcoíris frutal.”
Don Roberto sonrió y le dijo: “Me alegro mucho, Tomás. La salud es lo más importante.” Y, para sorpresa de Tomás, Don Roberto le regaló una manzana roja y brillante. “Pruébala,” le dijo. “Es la mejor manzana de mi huerto.”
Tomás mordió la manzana y sintió un sabor dulce y jugoso que le recordó al arcoíris. Se dio cuenta de que la abuela tenía razón: comer sano era como tener un jardín dentro de su cuerpo, un jardín lleno de flores de colores y frutos deliciosos.
Y así, Tomás aprendió que comer golosinas con moderación está bien, pero que comer un arcoíris de frutas y verduras cada día es la clave para tener una vida sana, feliz y llena de energía. Desde entonces, siempre recordó el secreto mágico del arcoíris frutal y lo compartió con todos sus amigos.
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