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Gratis · elegí una vozRoger Abraham Reynaga Bellido, un chico gordito con pelo trinchudo y una sonrisa que derretía helados, estaba perdidamente enamorado de Valeria Tapia. ¡Perdidísimamente! Pero Valeria, con sus trenzas brillantes y su risa como campanitas, solo tenía ojos para Víctor Bazán, el mejor amigo de Roger. Víctor era alto, deportista y tenía una sonrisa que hacía suspirar a todas las chicas. Roger suspiraba… por Valeria, claro.
Un día soleado, Roger estaba jugando canicas en el parque con Víctor. Valeria, sentada en un banco cercano, leía un libro. Roger, intentando impresionarla, hizo una jugada maestra y ganó todas las canicas de Víctor. “¡Ajá!”, gritó Roger, sonriendo triunfalmente. Valeria apenas levantó la vista del libro. ¡Ay, el desamor!
Víctor, en vez de enfadarse, se echó a reír. “¡Bien jugado, Roger! Pero espera a que mi papá te vea jugando. ¡Él es un experto en todo!”
El papá de Víctor, Don Ricardo Bazán, era una figura peculiar. Siempre olía a… bueno, a algo dulce y herbal que hacía toser a las abuelitas. El rumor en el barrio era que Don Ricardo fabricaba cigarros… de hierbas aromáticas muy, muy especiales. Y, para colmo, ¡Don Ricardo se había postulado como alcalde del distrito de San Isidro!
La campaña de Don Ricardo era… inusual. Prometía plantar árboles frutales en cada esquina, construir parques para perros con piscinas de pelotas y declarar el día del helado obligatorio. La gente estaba dividida. Algunos lo veían como un loco genial, otros como… bueno, un loco a secas.
Roger, a pesar de estar enamorado de Valeria, sentía un gran cariño por Víctor y, por extensión, por Don Ricardo. Una tarde, mientras ayudaba a Víctor a repartir folletos de la campaña, Roger escuchó una conversación preocupante. Dos hombres sombríos, con trajes grises y miradas frías, hablaban en voz baja.
“Si Bazán gana, nuestros negocios se irán al traste”, dijo uno.
“Hay que hacer algo. Algo… definitivo”, respondió el otro.
Roger sintió un escalofrío. ¡Estaban planeando algo malo contra Don Ricardo! Tenía que advertir a Víctor. Corrió a casa de Víctor, jadeando.
“¡Víctor, Víctor! ¡He escuchado a unos hombres que quieren hacerle daño a tu papá!”, exclamó Roger.
Víctor, al principio, no le creyó. “Roger, estás exagerando. Mi papá es un poco… excéntrico, pero nadie le haría daño.”
“¡Te lo juro! ¡Los vi! ¡Estaban hablando de ‘negocios’ y de ‘algo definitivo’!”, insistió Roger.
Valeria, que estaba visitando a Víctor, escuchó la conversación con atención. “Roger tiene razón. Es mejor prevenir que lamentar”, dijo Valeria, sorprendiendo a Roger. ¡Valeria le estaba dando la razón!
Juntos, Roger, Víctor y Valeria decidieron investigar. Esa noche, sigilosamente, siguieron a los hombres de traje gris. Los vieron entrar en un almacén oscuro y abandonado. Con el corazón latiendo a mil por hora, los tres amigos se acercaron a la ventana y espiaron.
Dentro del almacén, los hombres estaban hablando con otro hombre, aún más sombrío, sentado detrás de un escritorio. Sobre el escritorio, Roger vio… ¡una pila de folletos de la campaña de Don Ricardo, pero con la cara de Don Ricardo tachada y pintada con bigotes ridículos!
“Nuestro plan es simple”, decía el hombre detrás del escritorio. “Sabotear la campaña. Difamarlo. Hacer que parezca un payaso. La gente no votará por un payaso.”
Roger, Víctor y Valeria se miraron con horror. ¡No era nada violento, pero era igualmente malvado! Estaban a punto de arruinar la campaña de Don Ricardo.
Roger tuvo una idea. Recordó que Don Ricardo siempre llevaba consigo una cámara fotográfica antigua. Era su tesoro más preciado. Roger susurró su plan a Víctor y Valeria.
Con cuidado, Roger se deslizó por la ventana abierta y, sin hacer ruido, tomó la cámara del escritorio. Luego, salió corriendo a toda velocidad, seguido por Víctor y Valeria.
Los hombres del almacén, al darse cuenta del robo, salieron corriendo tras ellos. ¡La persecución fue épica! Roger, a pesar de ser gordito, corría como un rayo, impulsado por la adrenalina y el amor por Valeria (aunque ella no lo amara de vuelta, al menos por ahora).
Finalmente, lograron escapar y llegar a la plaza principal de San Isidro, donde Don Ricardo estaba dando un discurso. Roger subió al escenario, jadeante, y le entregó la cámara a Don Ricardo.
“¡Don Ricardo! ¡Estos hombres están saboteando su campaña! ¡Están difamándolo!”, exclamó Roger, señalando al almacén oscuro.
Don Ricardo, con la cámara en la mano, sonrió. “No se preocupen, muchachos. Yo ya lo sabía.”
Entonces, Don Ricardo levantó la cámara y… ¡tomó una foto! ¡Una foto de los hombres saliendo corriendo del almacén con caras de pánico! La cámara de Don Ricardo no era una cámara normal. ¡Era una cámara que imprimía las fotos al instante!
Don Ricardo distribuyó las fotos entre la multitud. La gente se echó a reír al ver a los hombres de traje gris en plena huida. La reputación de Don Ricardo, lejos de verse perjudicada, se reforzó aún más. La gente admiraba su sentido del humor y su capacidad para reírse de sí mismo.
Don Ricardo ganó las elecciones. Y, aunque Valeria seguía enamorada de Víctor, empezó a ver a Roger con otros ojos. Admiraba su valentía, su lealtad y su gran corazón. Quizás, pensó Valeria, el amor verdadero no siempre se encuentra donde uno lo busca.
En cuanto a Roger, siguió siendo el mismo chico gordito con pelo trinchudo y una sonrisa que derretía helados. Pero ahora, además, era un héroe local. Y, quizás, algún día, Valeria se daría cuenta de que el amor estaba más cerca de lo que pensaba.
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