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Gratis · elegí una vozJulieta y Matías eran los mejores amigos. Siempre compartían risas, juegos y hasta a veces, ¡secretos! Pero un día soleado, todo cambió en la escuela. Era la hora del almuerzo, el momento más esperado por todos los niños. Julieta había preparado un almuerzo delicioso: un sándwich de aguacate con tomate, su fruta favorita (una jugosa fresa roja), y unas galletas de chocolate que su abuela hacía especialmente para ella.
Matías, por otro lado, tenía un sándwich de jamón y queso, una manzana verde y unas galletas de avena. No era que su almuerzo fuera malo, ¡pero el de Julieta siempre parecía más apetitoso! Hoy, en particular, el sándwich de aguacate de Julieta olía irresistiblemente bien.
De repente, mientras Julieta hablaba con Sofía sobre el nuevo libro de aventuras que estaban leyendo, Matías, en un arrebato impulsivo, ¡le robó el almuerzo! Sí, lo hizo. Tomó la lonchera de Julieta y corrió hacia el patio, riendo un poco nerviosamente.
Julieta se quedó boquiabierta. ¡No podía creer lo que acababa de pasar! Su sándwich de aguacate… ¡desaparecido! Sus mejillas se pusieron rojas de furia. "¡Matías! ¡Devuélveme mi almuerzo!", gritó, persiguiéndolo por el patio.
Matías, al ver la expresión de Julieta, se sintió un poco culpable, pero el delicioso olor del sándwich de aguacate lo tentaba demasiado. Se detuvo y abrió la lonchera de Julieta. ¡Qué vista! El sándwich se veía aún más apetitoso de cerca.
"¡Matías, eso no se hace! ¡Es mi almuerzo!", exclamó Julieta, alcanzándolo.
Matías, con la boca llena de sándwich de aguacate, intentó decir algo, pero solo salió un murmullo ininteligible. Julieta estaba furiosa. No solo le había robado su almuerzo, ¡sino que además se lo estaba comiendo!
"¡Eres un ladrón!", gritó Julieta, con lágrimas en los ojos.
Matías, al ver las lágrimas de Julieta, se sintió aún peor. Tragó el bocado a duras penas y dijo: "Lo siento, Julieta. Tu sándwich huele muy bien… y mi almuerzo es un poco aburrido".
Julieta cruzó los brazos y lo miró fijamente. "¡Eso no justifica robar! Podrías haberme pedido un bocado. ¡Pero robar es horrible!"
Matías bajó la cabeza, avergonzado. Sabía que Julieta tenía razón. Había cometido un error. Pero en lugar de disculparse sinceramente, a Matías le ganó el miedo. Temía que Julieta nunca más quisiera ser su amiga. En un acto impulsivo, Julieta, en un momento de ira, decidió vengarse.
"¡Pues ahora todos van a saber tu secreto!", gritó Julieta.
Los ojos de Matías se abrieron de par en par. Su secreto… ¡No! Había confiado en Julieta. Le había contado que a veces, por las noches, todavía dormía con su oso de peluche, el señor Bigotes. Era un secreto muy vergonzoso para él.
"¡No lo harás!", suplicó Matías.
"¡Sí lo haré!", respondió Julieta, decidida. "¡Le diré a todos que duermes con un oso de peluche!"
Matías sintió que el mundo se le venía encima. Su secreto, expuesto a todos… ¡Qué humillación!
Julieta, al ver la cara de angustia de Matías, sintió un poco de remordimiento. Había actuado por impulso, y ahora se daba cuenta de que había ido demasiado lejos.
Antes de que Julieta pudiera decir nada, la campana sonó, indicando el fin del recreo. Los niños comenzaron a regresar a sus clases. Julieta y Matías se miraron en silencio, con la tensión flotando en el aire.
Durante el resto del día, Julieta no pudo dejar de pensar en lo que había hecho. Sabía que había estado mal robar el almuerzo, pero ¿era justo revelar un secreto que alguien le había confiado? Se sentía muy mal.
Matías, por su parte, estaba preocupado. ¿Le contaría Julieta su secreto a todos? No sabía qué hacer.
Al día siguiente, Julieta buscó a Matías. "Matías, lo siento", dijo Julieta. "No debí amenazarte con tu secreto. Estaba enfadada, pero eso no justifica lo que hice".
Matías la miró sorprendido. "Yo también lo siento, Julieta", respondió Matías. "No debí robar tu almuerzo. Fue un error. Tenías razón, debí haberte pedido un bocado".
Julieta le sonrió. "¿Amigos otra vez?", preguntó.
Matías asintió. "¡Amigos!", respondió.
Julieta sacó de su mochila una fresa roja, la misma que tenía en su almuerzo el día anterior. "Toma", le dijo. "Para compensar lo del sándwich".
Matías tomó la fresa y le dio un mordisco. "¡Gracias, Julieta!", dijo.
Ese día, Julieta y Matías aprendieron una valiosa lección: robar y revelar secretos nunca son la solución. La amistad es mucho más importante que un sándwich de aguacate o un oso de peluche. Y lo más importante es pedir perdón cuando uno se equivoca. Y a partir de ese día, Matías le pregunto a Julieta si podia probar de su almuerzo en lugar de robarlo.
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