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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Mateo que vivía en un pueblito escondido entre los Andes. Cada tarde, Mateo se sentaba en el umbral de su casa, mirando con curiosidad la montaña más alta, Illampu, que siempre tenía un rayo de sol que la iluminaba, como si fuera una corona dorada. Su abuelo, un hombre sabio con arrugas profundas como los surcos de la tierra, le había contado que al dejar una pequeña ofrenda a Illampu, la naturaleza le daría un pequeño regalo como agradecimiento. Le explicaba que la montaña era un ser vivo, un espíritu que observaba y cuidaba de su pueblo. Mateo, aunque pequeño, atesoraba las palabras de su abuelo, guardándolas en su corazón como semillas de esperanza.
Un día, la curiosidad de Mateo se hizo más fuerte que nunca. Quería saber si era verdad lo que decía su abuelo, si Illampu realmente respondía a las ofrendas. Decidió subir la montaña, no para pedir nada grandioso, sino simplemente para ofrecer su respeto y admiración. Con sus pequeñas manos, juntó muchas flores silvestres de colores vibrantes, piedritas suaves y redondas que encontraba en el río, y lanas de colores que su abuela usaba para tejer ponchos. Las puso en un atado cuidadoso, atándolas con una fibra de ichu, como le había enseñado su abuelo. Luego, con el corazón lleno de emoción, comenzó su ascenso.
La subida fue dura. El aire se hacía más frío y delgado con cada paso. Pero Mateo no se rindió. Pensaba en las historias de su abuelo, en los secretos que guardaba Illampu, y eso le daba fuerzas para seguir adelante. Finalmente, llegó a una roca plana, un lugar que parecía especialmente destinado para las ofrendas. Allí, con reverencia, dejó su atado de flores, piedras y lanas. Se despidió de la montaña con una sonrisa y emprendió el camino de vuelta a casa, sintiéndose ligero y feliz.
En la noche, mientras dormía, Mateo tuvo un sueño extraño. Escuchó voces suaves y melodiosas que le hablaban en quechua, la lengua ancestral de su pueblo. Él no entendía las palabras, pero por alguna razón, sabía que era Illampu quien le hablaba. Sentía una conexión profunda con la montaña, un vínculo mágico que trascendía el lenguaje. Las voces le susurraban secretos de la tierra, historias de tiempos antiguos y promesas de abundancia.
Al día siguiente, Mateo no podía esperar para volver a la montaña. Corrió hasta la roca plana donde había dejado su ofrenda. Y allí, ¡oh, sorpresa!, encontró algo maravilloso. Donde antes solo había tierra árida, ahora crecían hierbas dulces y aromáticas, y unas papas más grandes que su mano. Las papas tenían un color morado intenso, como las amatistas que brillaban en el río. Mateo sonrió, con los ojos llenos de asombro y gratitud. “Gracias por el regalo”, le dijo a Illampu, sintiendo la presencia de la montaña a su alrededor.
Recogió cuidadosamente las hierbas y las papas, llenando su pequeño aguayo con los regalos de la naturaleza. Regresó a su hogar corriendo, con el corazón rebosante de alegría. Al llegar, le mostró su tesoro a su abuelo. El anciano, al ver las hierbas y las papas, sonrió con ternura. Lo abrazó fuerte, diciéndole: “Siempre supe que Illampu te escucharía. Tienes un corazón puro, Mateo”.
Desde entonces, cada semana, Mateo subía a Illampu y le dejaba un pequeño regalito a la naturaleza: un puñado de quinua, unas hojas de coca, un poco de agua fresca. Y la tierra siempre le devolvía algo hermoso: un puñado de maíz dorado, unas raíces dulces y nutritivas, o el canto alegre de los pajaritos que venían a comer las semillas que él dejaba. Mateo entendió que Illampu no solo le daba regalos materiales, sino que también le enseñaba el valor de la reciprocidad, el respeto por la naturaleza y la importancia de mantener viva la tradición de su pueblo. Se convirtió en un guardián de la montaña, un mensajero entre Illampu y su comunidad, asegurándose de que el secreto susurrado de la montaña sagrada nunca se olvidara. Y así, Mateo y Illampu vivieron en armonía, unidos por un lazo invisible de amor y respeto mutuo, demostrando que la naturaleza siempre recompensa a aquellos que la honran con un corazón sincero.
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